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Cumanayagua, Cuba,
   
POEMAS DE MARCELA PREDIERI
CUBARTE

 

 

HAY QUE ENSUCIARSE LOS OJOS

Hay que ensuciarse los ojos
y ver sus cuellos que se arquean
a abrasar la muerte

Hay que mirarlos
como árboles amarrados a sus huérfanos
entre el polvo y las barajas

A ellos
        de hembra alguna
que tienen precio de orgía
y besan  en el agua
        las huellas del deseo que saben mutilar
que sólo conocen la lengua de su espejo

que no pueden evitar
ser soga de mendiga colgada a sus monedas
pan en la boca de un tigre
nudillos al borde de no importa qué
                                             plegaria manoseada

Hay que saber desnudarles el pellejo
sepultar sus rodillas
masticarlos como a hostias
desgastarlos como a un centavo ciego
y dejarlos inmóviles de tiempo
para ver lo que esconde la sepultura de sus cejas
y descubrir por fin
que lloran como cualquier mortal
y que como a cualquier mortal
la madre los traiciona

Y serán tan bellos cuando lloren
cuando los veamos morder
con oficio de Dios
ese miedo de pájaro a subirse a los ojos de los gatos
mientras yo los araño

 

ME DECIDO A HABLAR

Me decido a hablar
No pude ser jamás espejo de otra cara

Había en la mesa cuatro panes entonces
era todo reír guijarros y turrones
         mientras mi madre lloraba la muerte de los trenes
Bebíamos del frío y de la lluvia
y no era poco mirarnos
o aprender de las caricias del trigo
               sobre las frentes afiebradas

Las procesiones del Corpus
             vestían sus pabilos de júbilo
y el altar nos llamaba al regocijo de ser fieles

No estabas
-no voy a hablar de pormenores-
La sombra hechizaba la maleza
y daba lo mismo ser piedad o furia

Pero aquella sombra de los cálices
         no seríamos jamás
                                  después
como nunca antes

Por eso ahora
que hace ciénagas que el viento
     no puede desbebernos de la sangre
que hace cuatro imágenes
         que el Cristo ha dejado de llorarnos
que hace tanto que mi lengua
         no se pegotea a tu amor de hombre pasajero
apaguemos los cirios
           que el luto del sagrario
                se cubra de esperma para una creación nueva
que hable
que ningún perfil  se arrobe de monedas que no serán pagadas

No hay redención posible

Seamos Judas otra vez
y ya nunca dejemos de mirarnos

Hartas de bondad las manos de los párrocos
            hartos de llorar mis rodillas sin peso
comulgan con mis ojos a cuestas

Qué mejor ultraje
que cubrirme de tierra
y no resucitar
               para que Dios se quede con las ganas

 

INVIERTA UN HIJO  (fragmento)

Soy gemelo a mí mismo en otra muerte
un salto al infinito vacío de sus ojos
un pájaro lleno de silencios

Sólo la noche
hembra madre del destierro
nos devuelve al seno del cansancio
Estoy desfigurado de mi ser
Hoy el cuervo acelera los retornos

Yo
espejo en los ojos de aquellas madres
que recibían a sus muertos
vi bajar en guirnaldas
de los trenes cuerpos enhebrados
Ya no asustaba a las vecinas
que en los ataúdes sembraran crisantemos
Era setiembre en casa de mi padre
Y las mujeres cargaron sus semillas

Recuerden
he enterrado
esa desesperación incesante de volver sin mí
Estoy en cópula con las llaves del infierno
Mirame
Yo sabía del aroma de azahar en los naranjos 
Pero estoy muerto
y he visto el rostro de Dios llorando sangre
Dame Señor un poco de tus náuseas
un poco de tu llanto o tu vergüenza

El tiempo cauteriza el hedor de la carne
pero hay una bestia en mí
insaciable de coágulos y exilios

Ante un sol verdugo afiebrado de sentencias
la guerra zurce prolija nuestras llagas
No sé si pueda recordar

 

NADIE ME VERÁ DE ESPALDAS

Huérfana de cautela o ceremonias
voy hacia el génesis

Ya no hay razón para maniatar al grito
atrincherar la verdad tras una mueca
ser escrupuloso títere del hambre
un selecto imbécil del silencio

Por eso me revelo
trasmuto con terquedad de hormiga
todo antiguo anonimato

La mano del juego comanda los destinos
y me invita a no irme al mazo

Hay cuatro barajas sin jugar
una es la muerte

 

DESAPARECIDO

Todavía sangra entre las baldosas
la mano del último gesto
                         esa historia cotidiana
de espanto y levadura
                         un olor quizás ajeno
a la nariz de la tarde

Mientras hombres en fardo
abotonan insignias en fiesta de tenazas
el sol recuesta su cansancio
                                    cara al pueblo

(hay algo absurdo
en los nudillos apretados de los débiles)

Hermano intacto:
                        tu nombre aún late
bajo el cobijo de la ausenci

Marcela Predieri  (Buenos Aires, Argentina, 1960). Reside en Mar del Plata desde 1991. Premio Lobo de Mar a la Cultura (2003). Coordinadora de “DELAPALABRA” (Sitito: www.delapalabra.com.ar; contacto: delapalabra@hotmail.com).Ha publicado los siguientes poemarios: Sangre de Amarras, (Ed. Nuevo Milenio, 1989); Invierta un hijo (Ed. Nuevo Milenio, 1991),  La Pancarta (Ed. Martín, 2000) y  Los Andamiajes del Miedo (Ed. Martín, 2002). Es directora de la revista La Avispa y colaboradora del diario La Capital, de Mar del Plata.

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