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Cumanayagua, Cuba,
     

LA ANUNCIACIÓN: UN BRINDIS POR LA TOLERANCIA

CUBARTE
 

 

                                                                      Ámense por encima de las diferencias
                                                                             De la secuencia final del filme

Por Jorge Luis Lanza

Con la cinta La Anunciación (2008), el maestro Enrique Pineda Barnet regresa a la gran pantalla luego de largos años de ausencia, al retomar temas de gran trascedencia en nuestra sociedad, como la tolerancia y la emigración, cuya consecuencia más visible es la escisión familiar.
    En La Anunciación nos encontramos a una familia cubana como tantas, conformada por una madre seudoepirista interpretada por Verónica Lynn, quien reúne a sus hijos en un pequeño y lúgubre apartamento para leerles el testamento de su padre, lo que deviene un motivo para el reencuentro. El resto del elenco está integrado por la actriz Broselía Hernandez (Barrio Cuba, Mata que dios perdona), quien interpreta el personaje de Margarita, esa hija que regresa de EE.UU. después de muchos años de separación. Desgarradora resulta esta emotiva escena cuando ambas se abrazan y paralelamente la cámara nos muestra un primer plano del rostro frío de Ricardo, ese otro hijo que necesita limar las asperezas, brillante desempeño de Héctor Noas en ese papel, actor que desde una cinta como La Pared hasta Los dioses rotos, nos ha convencido; Ismael Diego (Habana Blues), quien interpreta a Mayito, y Roberto Díaz López como Cristóbal, quien pese a su corta edad nos sorprende, pues no es la primera vez que un niño hace gala de notables dotes histriónicas en la gran pantalla.
    La principal grandeza de La Anunciación estriba en la profundidad de sus parlamentos, en la valentía de sus textos, al realizar un ajuste de cuentas con el pasado que marcó a toda una generación que fue víctima de los rencores provocados por el dramático éxodo del Mariel; recordemos esa poética escena en que Margarita le dice a su madre: “A mí no me despidieron con flores”.
    La principal virtud de la cinta radica no sólo en la valentía de lo que se dice, sino en cómo se dice, en la sutileza de la provocación y en su capacidad para sugerir verdades que al decirlas directamente matarían su trascendencia, la esencia de su significado, con el cual no sólo se identificaría determinada generación, sino también la que representa el personaje de Mayito, trovador y contestario como la gran mayoría de los jóvenes en la Cuba de hoy, quien realiza agudas críticas a esa obsesión por el control en nuestra sociedad.
    Además, posee modestos pero notables valores estéticos, como una acertada fotografía que al igual que la escenografía contribuyen a plasmar la atmósfera de angustia y desasosiego que se respira en el filme, un despliegue visual muy cercano a la plástica, que deviene una sutil referencia a una cinta como Madagascar (1994), a mi juicio, una de las pocas obras de la cinematografía cubana donde recursos expresivos de la plástica se funden con el lenguaje fílmico para devenir un texto paradigmático en ese sentido, además de recibir influencias directas de un cuadro de la pintora cubana Antonia Eiriz que posee igual título, lo que deviene una referencia evidente del cineasta, y con este guiño intertextual le rinde homenaje a una de las más importantes artistas de las artes plásticas cubanas.

    Quizás la diferencia entre ambas cintas estribe en que responden a contextos diferentes, pues Madagascar perteneció a un período de apertura y provocación, sólo que recurría a un lenguaje más metafórico, incluso hasta hermético, pero La Anunciación aparece en un contexto como el actual, que no ha cambiado en nada pero donde la crítica es más directa, más evidente, incluso más hiriente e incisiva. Precisamente uno de sus principales méritos estriba en sus sutilezas para confrontar con el discurso oficial al cual en estos tiempos le resulta casi imposible eludir ciertos temas que no se han borrado de la memoria de la Nación, y que en el cine cubano siempre estarán presentes, gracias a esa condición hereje que el espectador cubano demanda en estos convulsos tiempos.
    Entre las limitaciones más reiteradas y cuestionables en La Anunciación se encuentran ese marcado matiz teatral que lejos de aportarle le resta al filme, pues el cine utiliza una estructura dramatúrgica distinta al teatro, con silencios no tan prolongados, ritmo al cual no está acostumbrado el espectador cubano medio, algo que se ha visto en cintas anteriores; recuérdese La pared, de Alejandro Gil, y El viajero inmóvil, de Tomás Piard. En fin, estamos ante un filme necesario en estos tiempos, sincero y humanista hasta la médula, una obra que apuesta por la impostergable tolerancia en la sociedad cubana actual. Como todo buen filme, muchas son las interrogantes que operará en la mente del espectador luego de ver cinta.

 

Jorge Luis Lanza Caride (Cruces, 1978). Licenciado en Estudios Socioculturales. Crítico de cine. Trabajos suyos han sido publicados en Conceptos y Ariel, así como en diferentes sitios web especializados, tanto en Cuba como en el extranjero.


 

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