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Cumanayagua, Cuba,
 

CULTURA Y ENTORNO

CUBARTE

 

Por Omar García

El planeta Tierra, tercero en orden del Sistema Solar, constituye el entorno en que, producto de un largo y azaroso proceso evolutivo, se ha desarrollado la especie humana, cuya mutante organización social ha dejado marcas de un devenir histórico llamado civilización. El hombre, ser social por excelencia, desde sus orígenes hasta nuestros días, ha ido dando pasos de avance, primero en la convivencia, y luego en la conquista del entorno en que ocurre su existencia.
Para tal conquista se ha valido de su inteligencia superior, y de su capacidad para un complejo proceso de socialización. Ello le ha valido imponerse a los demás seres vivos del entorno natural, y para ello se ha servido de los aportes teóricos de la ciencia y el aprovechamiento de la experiencia acumulada, lo cual se ha visto materializado en la invención tecnológica, revertida en un cada vez mayor dominio de la naturaleza, y de su modificación, materializada en el paisaje cultural. De manera que desde la aparición del homo sapiens sobre la faz de la tierra, esta se ha visto modificada por él de manera cada vez más galopante.
    Toda esa experiencia acumulada se ha ido archivando a lo largo de la historia como característica privativa del ser humano, y ello constituye su memoria individual y colectiva. De igual forma, el hombre es el único ente en el globo terráqueo con capacidad para la expresión espiritual, materializada fundamentalmente en el lenguaje; de manera que en ella se ven reflejadas las artes, las técnicas, la producción de bienes materiales y espirituales. A todo ese conjunto de bienes se le conoce como cultura.
    El entorno cultural creado por el hombre ha dado lugar a la formación de grandes comunidades humanas principalmente centradas en ciudades, algunas de las cuales son verdaderas megalópolis. Ello es signo de desarrollo y dinamismo, pero a la vez representa una concentración de equipos, maquinarias e industrias que constantemente están contaminando el ambiente natural y produciendo daños irreparables a la naturaleza. Ello se complejiza por el hecho de que dicho desarrollo económico y tecnológico proviene en lo esencial de sociedades que estimulan el consumismo y el despilfarro indiscriminado de los recursos y materias primas extraídos de esa misma naturaleza. Los intereses creados por las transnacionales siempre pondrán freno a cualquier intento sensato de personalidades e instituciones que han tomado conciencia de los peligros cada vez más serios que afrontamos todos los seres humanos.
    La situación se hace cada vez más alarmante, y ya se sabe cómo la emisión de gases contaminantes ha producido un agujero de tamaño continental en la capa de ozono; el sobrecalentamiento de la atmósfera está produciendo deshielos galopantes en los casquetes polares, lo cual empieza a provocar un aumento indetenible del nivel del mar y la consiguiente amenaza de inundación de las islas y las zonas más bajas de los continentes; la tala indiscriminada de los bosques está produciendo la desertificación de áreas que hasta hace unas décadas eran muy fértiles. Esta situación también provoca la desaparición del hábitat de innumerables especies, lo cual, junto con la caza y la pesca indiscriminadas de diferentes especies terrestres y marinas para satisfacer las ambiciones de ganancias desmedidas, lucro y ostentación, ha provocado que, cada minuto que el reloj hace avanzar sus manecillas, una nueva especie desaparezca para siempre sobre la faz de la Tierra. A propósito, me viene a la mente ahora esa canción de Roberto Carlos, en que, con imágenes muy fuertes y tétricas, este autor avizora un futuro en que las nuevas generaciones solo conocerán a las ballenas por las páginas ilustradas de los libros. Pero de todos los peligros, el mayor es el armamentismo y las constantes guerras a que ha estado sometida la humanidad desde sus orígenes, con la agravante de que dichas guerras son cada vez más destructivas, provocando la diseminación de emanaciones radioactivas, tanto o más destructivas que las explosiones mismas.
    No está libre de esos peligros nuestro contexto más inmediato, la comunidad donde desarrollamos nuestras vidas, muchas veces de manera tan apacible, que algunos seres no ven, como dice Silvio Rodríguez, “más allá de sus narices”. Pues sí. Nuestro entorno también se deteriora, nuestras aguas cada vez más se contaminan, el crecimiento de nuestra ciudad es brutal, descontrolado. Aunque no contamos con grandes industrias, las pocas que tenemos contribuyen a la contaminación ambiental, al igual que la ausencia de un sistema apropiado de desagüe de las aguas albañales. De manera que considerable parte de los líquidos que se liberan en los hogares como resultado de las necesidades de supervivencia, así como muchos desechos sólidos, van a parar a los arroyos que atraviesan nuestra pequeña ciudad, los cuales se ven feos, desprotegidos, malolientes, llenos de basuras. Otro tanto está pasando con los ríos que nos cruzan (el Arimao y el Hanabanilla), los cuales, aunque no se aprecian visiblemente contaminados, ya comienzan a arrastrar en sus aguas el resultado del vertimiento de los nuevos barrios que se levantan hacia el sureste de nuestra villa entrerriana.
    Pero la naturaleza, aparentemente mansa un día y otro, y otro más, como acertadamente expresara Federico Engels, toma venganza de cada uno de los abusos que el hombre comete contra ella. Es por ello que al inicio de la temporada ciclónica del pasado año 2008 la tormenta Fay, que después se disipó en el límite entre las provincias centrales y occidentales, produjo las más grandes inundaciones hasta entonces conocidas en nuestra municipalidad, y el arroyo de El Tejar, normalmente manso y permisivo, desbordó sus aguas al paso de dicha tormenta de manera terrible, invadiendo con sus infectas aguas una buena parte de los hogares que yacen en sus márgenes.
    Se sabe que el hombre moderno está como atrapado en sus propias redes. La civilización tiene dos caras: una buena y otra mala. Cuesta mucho trabajo deshabituar a la gente y concientizarla de los peligros que corre la humanidad y todo el legado histórico-cultural acumulado durante milenios. Mas no podemos desfallecer.
    Por eso soy de los que piensan que la salvación mediante el saneamiento del entorno está en nuestras manos. Pienso que, como Dante perdido en la selva oscura, también podemos encontrar la salvadora mano de un Virgilio que nos guíe. Esa mano, indudablemente, tiene dedos que pertenecen a la cultura. La acción cultural en bien de la comunidad podría influir en el estado de conciencia del individuo y su entorno. De manera que, con proyectos encaminados a hacer evidente lo que antes estaba oculto para las mentes oscurecidas, un gran trecho se podría recorrer en el camino a la preservación de nuestro verde planeta.
    Muy bien podría estimularse a los creadores artísticos -sin imponerles metas ni traer, como dice el refrán, “el rábano por las hojas”; sin obligarlos a temas y asuntos- para que en sus obras reflejen el estado actual y una visión del estado deseado. Las obras de arte tienen la virtud de reflejar tanto ideas como sentimientos. Por eso, un poema, una canción, una obra pictórica, una pieza teatral bien logrados transmiten, mediante poderosas imágenes artísticas, pensamientos y sentimientos con mayor carga sugestiva que el más profundo tratado o el panfleto más acabado sobre el tema del cuidado del entorno. Así, podría pensarse en la estimulación mediante concursos atractivos, en que el poderoso movimiento de creadores del Municipio se vea involucrado.
    Otro tanto debe pensarse en el proceso de socialización de la obra de arte. El resultado de la creación artística tendrá que socializarse, y hacer partícipe y ente activo en el acto de creación a la mayor cantidad posible de población. Todo esto tal vez parezca a los más escépticos, e incluso a los más entusiastas, una utopía. Pero las más grandes y bellas utopías han sido siempre la salvación de la especie humana.

 

Omar Águila Entenza (Cruces, 1958). Licenciado en Educación en la Especialidad de Geografía. Graduado de la Escuela Nacional de Cuadros. Se desempeña como profesor adjunto en el Centro Universitario Municipal (CUM). Ha hecho investigaciones sobre el cuidado del medio ambiente.

 

 
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