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Por
Omar García
El planeta
Tierra, tercero en orden del Sistema Solar, constituye el entorno en que,
producto de un largo y azaroso proceso evolutivo, se ha desarrollado la
especie humana, cuya mutante organización social ha dejado marcas
de un devenir histórico llamado civilización. El hombre,
ser social por excelencia, desde sus orígenes hasta nuestros días,
ha ido dando pasos de avance, primero en la convivencia, y luego en la
conquista del entorno en que ocurre su existencia.
Para tal conquista se ha valido de su inteligencia superior, y de su capacidad
para un complejo proceso de socialización. Ello le ha valido imponerse
a los demás seres vivos del entorno natural, y para ello se ha
servido de los aportes teóricos de la ciencia y el aprovechamiento
de la experiencia acumulada, lo cual se ha visto materializado en la invención
tecnológica, revertida en un cada vez mayor dominio de la naturaleza,
y de su modificación, materializada en el paisaje cultural. De
manera que desde la aparición del homo sapiens sobre la faz de
la tierra, esta se ha visto modificada por él de manera cada vez
más galopante.
Toda esa experiencia acumulada se ha ido archivando a lo largo de la historia
como característica privativa del ser humano, y ello constituye
su memoria individual y colectiva. De igual forma, el hombre es el único
ente en el globo terráqueo con capacidad para la expresión
espiritual, materializada fundamentalmente en el lenguaje; de manera que
en ella se ven reflejadas las artes, las técnicas, la producción
de bienes materiales y espirituales. A todo ese conjunto de bienes se
le conoce como cultura.
El entorno cultural creado por el hombre ha dado lugar a la formación
de grandes comunidades humanas principalmente centradas en ciudades, algunas
de las cuales son verdaderas megalópolis. Ello es signo de desarrollo
y dinamismo, pero a la vez representa una concentración de equipos,
maquinarias e industrias que constantemente están contaminando
el ambiente natural y produciendo daños irreparables a la naturaleza.
Ello se complejiza por el hecho de que dicho desarrollo económico
y tecnológico proviene en lo esencial de sociedades que estimulan
el consumismo y el despilfarro indiscriminado de los recursos y materias
primas extraídos de esa misma naturaleza. Los intereses creados
por las transnacionales siempre pondrán freno a cualquier intento
sensato de personalidades e instituciones que han tomado conciencia de
los peligros cada vez más serios que afrontamos todos los seres
humanos.
La situación se hace cada vez más alarmante, y ya se sabe
cómo la emisión de gases contaminantes ha producido un agujero
de tamaño continental en la capa de ozono; el sobrecalentamiento
de la atmósfera está produciendo deshielos galopantes en
los casquetes polares, lo cual empieza a provocar un aumento indetenible
del nivel del mar y la consiguiente amenaza de inundación de las
islas y las zonas más bajas de los continentes; la tala indiscriminada
de los bosques está produciendo la desertificación de áreas
que hasta hace unas décadas eran muy fértiles. Esta situación
también provoca la desaparición del hábitat de innumerables
especies, lo cual, junto con la caza y la pesca indiscriminadas de diferentes
especies terrestres y marinas para satisfacer las ambiciones de ganancias
desmedidas, lucro y ostentación, ha provocado que, cada minuto
que el reloj hace avanzar sus manecillas, una nueva especie desaparezca
para siempre sobre la faz de la Tierra. A propósito, me viene a
la mente ahora esa canción de Roberto Carlos, en que, con imágenes
muy fuertes y tétricas, este autor avizora un futuro en que las
nuevas generaciones solo conocerán a las ballenas por las páginas
ilustradas de los libros. Pero de todos los peligros, el mayor es el armamentismo
y las constantes guerras a que ha estado sometida la humanidad desde sus
orígenes, con la agravante de que dichas guerras son cada vez más
destructivas, provocando la diseminación de emanaciones radioactivas,
tanto o más destructivas que las explosiones mismas.
No está libre de esos peligros nuestro contexto más inmediato,
la comunidad donde desarrollamos nuestras vidas, muchas veces de manera
tan apacible, que algunos seres no ven, como dice Silvio Rodríguez,
“más allá de sus narices”. Pues sí. Nuestro
entorno también se deteriora, nuestras aguas cada vez más
se contaminan, el crecimiento de nuestra ciudad es brutal, descontrolado.
Aunque no contamos con grandes industrias, las pocas que tenemos contribuyen
a la contaminación ambiental, al igual que la ausencia de un sistema
apropiado de desagüe de las aguas albañales. De manera que
considerable parte de los líquidos que se liberan en los hogares
como resultado de las necesidades de supervivencia, así como muchos
desechos sólidos, van a parar a los arroyos que atraviesan nuestra
pequeña ciudad, los cuales se ven feos, desprotegidos, malolientes,
llenos de basuras. Otro tanto está pasando con los ríos
que nos cruzan (el Arimao y el Hanabanilla), los cuales, aunque no se
aprecian visiblemente contaminados, ya comienzan a arrastrar en sus aguas
el resultado del vertimiento de los nuevos barrios que se levantan hacia
el sureste de nuestra villa entrerriana.
Pero la naturaleza, aparentemente mansa un día y otro, y otro más,
como acertadamente expresara Federico Engels, toma venganza de cada uno
de los abusos que el hombre comete contra ella. Es por ello que al inicio
de la temporada ciclónica del pasado año 2008 la tormenta
Fay, que después se disipó en el límite entre las
provincias centrales y occidentales, produjo las más grandes inundaciones
hasta entonces conocidas en nuestra municipalidad, y el arroyo de El Tejar,
normalmente manso y permisivo, desbordó sus aguas al paso de dicha
tormenta de manera terrible, invadiendo con sus infectas aguas una buena
parte de los hogares que yacen en sus márgenes.
Se sabe que el hombre moderno está como atrapado en sus propias
redes. La civilización tiene dos caras: una buena y otra mala.
Cuesta mucho trabajo deshabituar a la gente y concientizarla de los peligros
que corre la humanidad y todo el legado histórico-cultural acumulado
durante milenios. Mas no podemos desfallecer.
Por eso soy de los que piensan que la salvación mediante el saneamiento
del entorno está en nuestras manos. Pienso que, como Dante perdido
en la selva oscura, también podemos encontrar la salvadora mano
de un Virgilio que nos guíe. Esa mano, indudablemente, tiene dedos
que pertenecen a la cultura. La acción cultural en bien de la comunidad
podría influir en el estado de conciencia del individuo y su entorno.
De manera que, con proyectos encaminados a hacer evidente lo que antes
estaba oculto para las mentes oscurecidas, un gran trecho se podría
recorrer en el camino a la preservación de nuestro verde planeta.
Muy bien podría estimularse a los creadores artísticos -sin
imponerles metas ni traer, como dice el refrán, “el rábano
por las hojas”; sin obligarlos a temas y asuntos- para que en sus
obras reflejen el estado actual y una visión del estado deseado.
Las obras de arte tienen la virtud de reflejar tanto ideas como sentimientos.
Por eso, un poema, una canción, una obra pictórica, una
pieza teatral bien logrados transmiten, mediante poderosas imágenes
artísticas, pensamientos y sentimientos con mayor carga sugestiva
que el más profundo tratado o el panfleto más acabado sobre
el tema del cuidado del entorno. Así, podría pensarse en
la estimulación mediante concursos atractivos, en que el poderoso
movimiento de creadores del Municipio se vea involucrado.
Otro tanto debe pensarse en el proceso de socialización de la obra
de arte. El resultado de la creación artística tendrá
que socializarse, y hacer partícipe y ente activo en el acto de
creación a la mayor cantidad posible de población. Todo
esto tal vez parezca a los más escépticos, e incluso a los
más entusiastas, una utopía. Pero las más grandes
y bellas utopías han sido siempre la salvación de la especie
humana.
Omar
Águila Entenza (Cruces, 1958). Licenciado en Educación
en la Especialidad de Geografía. Graduado de la Escuela Nacional
de Cuadros. Se desempeña como profesor adjunto en el Centro Universitario
Municipal (CUM). Ha hecho investigaciones sobre el cuidado del medio ambiente.
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