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Por José Santana
Desde los primeros tiempos de la conquista y la colonización la bahía de Jagua, en la ciudad de Cienfuegos, se convirtió en un importante sitio para el contrabando. Mucho tuvo que ver su posición geográfica ubicada en el centro-sur de Cuba, con su gran ventana al Mar Caribe y la considerable profundidad de su aguas, además de su extensión territorial y la existencia de una región pantanosa surcada por estrechos, canalizos y una tupida vegetación, lo que la convirtieron en un lugar idóneo para la práctica de actividades contrabandistas. Atendiendo a todas estas condiciones algunos navegantes la llamaron “El gran puerto de Las Américas”.
Sus aguas interiores en el pasado la visitaron importantes navegantes, entre ellos Cristóbal Colón durante su segundo viaje a América en 1494; Sebastián de Ocampo, en 1509; Diego Velásquez, en 1514; Pánfilo de Narváez; Pedro de Rentería y el propio padre Bartolomé de las Casas, entre otros hombres de mar. A este abrigado puerto vinieron a carenar, en busca de refugio por diferentes razones (para reparar sus naves, para buscar abastecimientos y hasta para protegerse del frío), algunos corsarios y piratas de gran renombre como Jacques de Sores, Guillermo Bruce, Juan El Temerario, Francis Brake, Thomas Baskerville y Alberto Girón.
El alijo en la bahía de Jagua surge debido a patrones feudales impuestos por España, donde crean un sistema legislativo para regir las relaciones comerciales de los nuevos territorios colonizados. Para fiscalizar tales relaciones, los ibéricos crean en 1503 la Casa de Contratación de Sevilla, centro que a partir de entonces monopolizó todas las actividades económicas entre la
Metrópolis y sus colonias. Ello trajo consigo, que dichas severas restricciones impuestas a los comerciantes establecidos en Cuba creara un creciente descontento. Esta legislación impone limitaciones al desarrollo del comercio, el que solo se puede efectuar a través del puerto de Sevilla. Todo esto trajo como consecuencia que aquellos barcos que en ocasiones visitaban esta ensenada se negaran a transportar productos elaborados por los comerciantes locales. De la misma manera, no descargaban sus beneficios, y todo esto creó las condiciones para que se encontrara una vía idónea para desarrollar la actividad contrabandista en estos mares caribeños, lo que de hecho, constituyó una necesidad para el desarrollo económico del área, en que también tuvieron gran participación los cumanayagüenses, al ser esta zona un área productora de carne, cuero y artículos de talabartería. Datos que aportan las investigaciones realizadas en torno al tema, coinciden en afirmar que el desarrollo económico de aquella época dependió casi exclusivamente de esta actividad clandestina.
Durante el transcurso de los años la bahía de Cienfuegos ha sufrido cambios como resultado del progreso. A su entrada se levanta una imponente construcción: El Castillo de Jagua, realizada por los españoles como parte de un programa nacional de protección de los puertos y ciudades importantes, precisamente del ataque de corsarios, piratas y bucaneros. En esta edificación actualmente se desarrollan disímiles faenas de índole histórica, cultural y económica. En la alimentación de sus constructores estuvieron presentes nuestros productos cárnicos. Existe un acta capitular conservada en el museo de Trinidad que estipula cómo en el año 1732 al hato de Cumanayagua se le autoriza la venta de ganado vacuno para la alimentación de los constructores de tan emblemática obra a la entrada de la bahía de Cienfuegos.
También existen evidencias de un tardío proceso de transculturación indoeuropea, llamando la atención las herramientas de factura primitiva elaboradas de fragmentos de botellas de vidrio, y esto es motivo de asombro para los arqueólogos por ser esta una realidad desconocida hasta entonces por los especialistas en arqueología. Aún esto resulta una interrogante para dar una adecuada explicación de las causas que condujeron a los aborígenes de Jagua a la utilización del vidrio oriental y a la confección de tales herramientas; es incuestionable la existencia de grupos humanos muy tardíos que subsistieron desde finales del siglo XVIII hasta las primeras décadas del siglo XIX, sobre todo si nos basamos en la antigüedad de los recipientes de vidrio utilizados por ellos.
¿Sería acaso descabellado considerar la posibilidad de que estos grupos aborígenes proporcionaran casabe, carne y viandas a los navegantes europeos y recibieran a cambio algunos artículos, entre ellos el vidrio, para ellos más valioso que el mismo oro? De ser cierta esta hipótesis, esto significaría un paso de avance en seres humanos de la comunidad primitiva, los que ya para esa época debieran encontrarse sumamente transculturalizados.
Sin dudas tal situación nos pone ante la necesidad de revisar las concepciones hasta ahora vigentes sobre la desaparición física de nuestros primeros pobladores y sobre la extensión cronológica espacial del proceso de transculturación aborigen en su choque con el mundo europeo en determinadas regiones del archipiélago cubano.
José Santana Isaac (Potrerillo, Cruces, 1960). Licenciado en Educación en la Especialidad de Geografía. Ha participado en diferentes eventos científico-pedagógicos. Actualmente se desempeña como profesor de la Facultad Obrero-Campesina del municipio de Cumanayagua.
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