Por Orlando V. Pérez Cabrera
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Cuba, encrucijada del mundo, llave de las Américas, ha sido, por consecuencia, una tierra de tránsito y de estancia de gente de la más remota y disímil procedencia, y ello ha traído como resultado el profundo mestizaje racial y cultural que se ha ido entretejiendo a lo largo de su historia. Aborígenes del subgrupo arauco-antillano, blancos europeos (principalmente españoles), negros africanos, chinos, entre otros, fueron aportando a lo largo de más de cinco siglos, cada etnia con su idiosincrasia y su cultura, sus propias viandas para el cocido de lo que justamente Fernando Ortiz ha dado en llamar “ajiaco criollo”, mientras que denominó “transculturación” al complejo proceso de interacción dialéctica derivado del choque violento de culturas producido en esta parte del mundo a partir del 12 de octubre de 1492.
Una lengua común llamada español o castellano, impuesta por los colonizadores, ha fungido como un esperanto dentro de la disímil congregación de razas provenientes de los más opuestos rincones del globo terráqueo; lengua que se ha ido alimentando de los diferentes aportes brindados por los seres que han ido poblando esta plataforma insular hasta conformar la identidad del cubano.
De este amasijo de razas que han convergido en el crisol de nuestra cultura nacional, tal vez sea la proveniente de la China la de trayectoria menos conocida. El hecho de que los chinos en Cuba no sobrepasaran nunca el 1% de la población total, su condición de conglomerado reconcentrado en sí mismo –con su tendencia a la preservación de la autóctona cultura, las costumbres, la idiosincrasia– y el limitado aporte al enriquecimiento del caudal idiomático de la lengua nacional, hacen de ellos “raras avis”, cuando no víctimas de un pintoresquismo hilarante y centro de frases que han engrosado el gracejo popular, tales como: “Tiene un chino atrás”, “Búscate un chino que te ponga casa”, “Me la puso en China”, “Engañado como un chino”, etc.
Las primeras migraciones chinas a Cuba se produjeron a partir de junio del año 1847, debido a que el régimen colonial español se encontraba cada vez más presionado por las naciones industrializadas, principalmente Inglaterra y Francia, a consumar, mediante decretos impositivos, la abolición de la esclavitud y cortar su cordón umbilical: la trata negrera como abasto de mano de obra barata para la industria azucarera en nuestro país, al punto de que el avistar las naves de la Marina de Guerra de Gran Bretaña, mientras se acercaban a los barcos negreros en alta mar, impulsaba a su tripulación a echar por la borda a “las piezas de ébano” a las aguas abisales del océano a fin de no ser descubiertos (y de ese modo borrar las huellas de la transgresión), en lo que ha constituido uno de los más bárbaros genocidios en la historia de la humanidad.
La inmigración china mantuvo un una curva de alzas y bajas hasta principios de los años 50 del pasado siglo XX. España inició entonces en 1847 la introducción de chinos en Cuba, algunos de ellos provenientes de California (en los EE. UU.) bajo el eufemístico término de “colonos”, a fin de sustituir con ellos la carencia de mano de obra esclava producida por la presión de las naciones que habían iniciado la revolución industrial. La triste realidad es que dichos colonos fueron tan maltratados como los propios negros africanos, y a veces corrieron peor suerte. Así, tales inmigrantes fueron un peldaño necesario entre el esclavo y la futura clase obrera.
Lentamente, dichos inmigrantes –muchos de ellos “ilegales”– se fueron integrando a la dinámica de la sociedad cubana; una buena cantidad de ellos, sintiéndose ya cubanos, se incorporaron bravamente al Ejército Libertador durante las contiendas por la independencia patria a partir del levantamiento de Demajagua, iniciado por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868. De modo que durante todo el largo y sangriento período de aquella lucha libertaria que culminó con la intervención norteamericana en 1898, los chinos pelearon con arrojo al lado de los negros esclavos libertos y del resto de los cubanos en pos de la independencia patria; algunos de ellos, llegaron a obtener importantes graduaciones dentro del Ejército Mambí; una vez terminada la guerra, se incorporaron humildemente a las faenas cotidianas de la agricultura y el comercio, sin ninguna exigencia egoísta.
Los chinos que llegaban a Cuba hablaban multiplicidad de dialectos, con los cuales fueron creando una jerga intermedia en suelo cubano para satisfacer las necesidades de comunicación interpersonal en su política de autoaislamiento, jerga que poco a poco se fue permeando con las interferencias de la lengua dominante, el español, en el contexto social y familiar. Miles de inmigrantes procedentes de China, nunca llegaron a expresarse correctamente en lengua castellana, aunque sí mostraban suficiente capacidad de comprensión.
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La presencia de los chinos en Cumanayagua, que es el tema principal que nos ocupa, comenzó a manifestarse desde el siglo XIX, en que ya esta Villa constituía un grupo poblacional algo significativo. Ello se evidenciaba fundamentalmente en los campos de los alrededores, en las faenas agrícolas. Pero tendrían que llegar las décadas del 20 y del 30 del siglo XX para que dicha presencia se hiciera más evidente, haciéndose notoria hasta finales de la década del 50. Es mi parecer que fue entre finales de la década del 20 y principios de la del 30 cuando mayor cantidad de chinos hicieron su arribo a nuestro pueblo entrerriano, toda vez que esa fecha coincide con el levantamiento de diferentes prohibiciones por decretos presidenciales que se habían producido unos años antes: “Posterior a la I Guerra Mundial (1914-1918) EE. UU. levantó las prohibiciones para los inmigrantes chinos… A finales de los años 20, la colonia china había aumentado a más de 24 mil personas” (Jiménez Pastrana).
Los chinos en Cumanayagua –y es este un rasgo peculiar de su presencia en Cuba– fueron tomando cada vez posiciones más estratégicas en el dominio de los pequeños comercios, principalmente bodegas– aunque también algunos de ellos se dedicaron a la hortaliza de manera permanente, en las que eran verdaderos especialistas, así como a la compra-venta de productos comerciales, en su condición viajeros por los campos de los alrededores, con su pesada carga a ambos lados de una larga percha que hacían descansar en sus hombros.
Para corroborar el aserto baste hacer una simple enumeración, muy lejos de ser exhaustiva: en Rafelito, se encontraba la tienda del chino Enrique; en la calle Napoleón Diego, frente a la Estación Terminal de Ómnibus, se encontraba el establecimiento de Vicente Cuan; en calle Real, la de Julio Sian Pen, frente adonde se ubica la actual peluquería, en una casa de fachada antigua –este chino un día amaneció muerto, con un contundente golpe en la cabeza, y su caja fuerte asaltada–; el chino Chea, casi enfrente a
Sian Pen, tuvo fonda, bodega y hospicio, que luego fueron adquiridos por Ramón San, convirtiendo la primera, con el devenir de los años, en uno de los establecimientos más concurridos de este pueblo; cerca del Café París, se encontraba “La mariposa”, atendida por un chino pequeño y solícito, cuyo nombre se pierde en los recovecos de la memoria colectiva; la tienda del chino Pancho se ubicaba en el local que ahora ocupa “El Piropo”, a mano izquierda, a la entrada de El Prado, como quien va de sur a norte; luego, en
Paseo de Martí, esquina a Candelaria, se encontraba la bodega de Francisco, por todos conocida como tienda del chino Andrés, que era su ayudante; en la esquina de Paseo de
Martí y Mandinga, dando el frente hacia el portal del antiguo Casino Español, hubo también una tienda de chinos, antes de colocar allí su barbería un hombre alto y nervudo apodado Tinito; José Cuan tuvo una tienda casi frente al Parque, en Paseo de Martí, esquina a 7ma. –luego José se fue a trabajar con Ignacio Chen a una fábrica de turrones que se hizo muy próspera y la bodega fue ocupada primero por Calixto Chen, y a su muerte, por otro chino que tenía por nombre Calixto. En la calle Cienfuegos, frente al
Telecorreos, tenía su bodega Enrique Chiong, que luego heredó su esposa Candita Manzano; en esa misma calle tuvieron sus respectivas bodegas Fernando Chen, en esquina Paraíso –bautizada después como la Tienda de Arango–, y Fernando Chen, en la esquina de Trejo…
Entre los chinos hortelanos, el más distinguido fue sin dudas Rafael, con una plantación en El Guajiro, cabe a la inexplicablemente desaparecida línea de ferrocarril. Otro importante cantero podía encontrarse por detrás de las oficinas de la Empresa Municipal Agropecuaria (EMA), en el barrio Rafelito.
La generalidad de los chinos que emigraban a Cuba, o eran solteros, o venían sin sus esposas, pus el propósito era hacer algún dinero aquí y luego regresar para paliar la difícil situación económica que habían dejado allá. Muchos de ellos, por diversas razones, quedaron para siempre en suelo cubano, añorando a los familiares que nunca más volvieron a ver, y con los cuales, dada la lejanía y lo precario de las comunicaciones entonces, perdían todo tipo de contacto. Ello producía en algunos, verdaderas crisis de conciencia, tal como sucedió con Ramón San –según nos cuenta una de sus hijas–, quien, enloquecido por un tiempo, asediado por la idea fija de haber abandonado a sus padres, insistía una y otra vez de manera delirante en su propósito de retornar a China. De manera muchos de ellos decidieron prolongar la soltería por tiempo indefinido. Pero otros se casaban y constituían familias, juntando su sangre amarilla a la criolla, con lo cual se producía un proceso de mayor integración a la sociedad cubana. Entre los que se casaron en Cumanayagua, tenemos a Ramón, Evaristo, Enrique, Ignacio, Francisco…; otros, impulsados por la necesidad biológica de ayuntamiento, preferían relaciones furtivas de las cuales vieron la luz hijos bastardos, según leyes vigentes en la época.
Uno de los acontecimientos más espectaculares escenificados por los chinos en Cumanayagua, fueron las fiestas para la celebración del fin de la II Guerra Mundial en el año 1945. Se dice que con fuegos artificiales formaron las banderas de todos los países aliados, las cuales iban cayendo en cascadas desde los altos de la Casa Ramírez , espectáculo jamás presenciado en nuestra ciudad, ni antes ni después. También, en el colegio de la calle Escuela, hicieron un pozo mágico, en el que los niños pescaban juguetes que ellos les regalaban. El añorado tren fue recogiendo a los chinos de los campos de los alrededores, haciendo su entrada triunfal en la estación entre pitazos, y completamente engalanado con globos, banderas y suntuosos adornos ostensibles de la finura y delicadeza del arte popular chino.
Realmente, los chinos estaban celebrando además, con la rendición incondicional de Japón el 11 de agosto de 1945, el fin de la invasión japonesa a China y la consecución de su total soberanía. Por tal razón, muchos chinos que vivían en Cumanayagua por aquel entonces decidieron regresar a la tierra natal, imbuidos por el entusiasmo que tal acontecimiento les producía, y ello influyó notablemente en el decrecimiento de dicha población asiática en nuestra comunidad.
Se supone que por la década de los años 50, habitaban en el territorio de Cumanayagua alrededor de 50 ó 60 chinos, entre comerciantes, hortelanos, vendedores ambulantes, etc. Muchos son los cuentos graciosos que han circulado alrededor de ellos, relacionados en lo específico con el modo tan austero de vida que ejercitaban y por lo enredado que hablaban la lengua castellana. Otros, por el género de actividad y hábitos que practicaban, resaltando entre ellos el chino Tifi –beodo consumado y ocurrente–, o el chino Pinto (vendedor de pescados), que apareció ahorcado en su casa; o el chino Loco, cuyo mote surgió producto de que el buen humor lo conducía a jugar con los niños metiéndoles miedo, y al cual, al aparecer muerto una mañana en su cuartito de soledad, un compañero suyo de la misma etnia entrado en tragos le exigía, como si aún tuviera la facultad de hablar, que le dijera “dónde gualda tú dinelo”, mientras le removía cuerpo frío e inerte. (Es fama que eran muy ahorradores, y un mito, que escondieran considerables sumas monetarias hechas rollitos en insospechados rincones.) Pero muy pocos recuerdan cómo algunos de ellos fueron a la quiebra dada su generosidad, pues abrían créditos y más créditos que casi nunca los clientes pagaban. También, entre ellos se ayudaban mutuamente, así como se sabe del caso de comerciantes criollos que lograron florecer gracias a los empréstitos que algún chino le hacía. Se sabe que el chino Ignacio, que tenía tienda en el desaparecido poblado de Siguanea, alcanzó justa fama de ser generoso y solidario con los desposeídos.
Una cosa es cierta, y era su laboriosidad. Prácticamente, nunca se enfermaban, abrían todos los días sus comercios, hacían su función de hortelanos o de viajantes comerciales de sombra a sombra los siete días de la semana. Cuidadosos de sus negocios, tenían gran habilidad para las cuentas y nunca se dejaban engañar, aunque por lo general confiaban en sus empleados y estimulaban a los aprendices con pequeñas sumas de dinero cuando estos se las ganaban.
La colonia china en Cumanayagua prosperó tanto, que en ella se fundó una sucursal de la Unión China , que radicó primero en el local que ahora ocupa la funeraria y después, en una edificación sita en Paseo de Martí No. 111, entre Ojo de Agua y calle 5ta. Allí fue donde yo la conocí en mi niñez, que corrió por toda la década del 50 y primeros años de la del 60 del pasado siglo XX; siempre su puerta entreabierta me causó un vivo misterio.
(Ya por esa época, la comunidad china autóctona había decrecido considerablemente, hasta que a mediados de la década del 60, al fallecer el representante autóctono que a la sazón habitaba el inmueble como su propia casa y cuidaba de los vestigios de la Unión , esta es clausurada y las preciosas vajillas y otros objetos de inestimable valor cultural y ornamental que había allí tomaron un paradero desconocido.) Por dicha vía recibían periódicos, revistas, cartas y quién sabe cuánta información más sobre China. Pero también esta institución les permitía sentirse más respaldados, mejor acompañados y realizados culturalmente en medio de un tipo de sociedad con la cual no se sentirían completamente identificados por la diferencia de idiomas, de costumbres, de cultura, etc.
De todos los establecimientos de chinos, los que más vivamente recuerdo son la tienda de Francisco y Andrés (a menos de dos cuadras de mi casa y la que acudía casi a diario a comprar la magra factura de víveres que mi madre encargaba) y la fonda “La Entrada”, de Ramón San, comúnmente llamada Fonda de La China, apelativo dado a su esposa Zoila, quien aun siendo cubana de nacimiento, a la muerte del marido, al hacerse cargo de la dirección de los negocios, hereda también el gentilicio que apunta al origen asiático.
Era para mí un motivo de inefable regocijo el que mi padre llevara a la familia a comer allí. Me llamaba la atención que, pese a la gran cantidad de comensales que acudían, Nelba y Gladys se las ingeniaban para lograr una atención rápida y esmerada. Felipe era el chef de cocina, Julia era la cobradora, mientras Benito se encargaba del abasto de las mercancías (eran los vástagos del matrimonio de Ramón y Zoila). Varias características sobresalían en ese criollo restaurante: limpieza, calidad y variedad de los platos, precios módicos, buen trato, horario abierto, etc. Aun si acudías algún día sin dinero, no dejabas de comerte tu plato de comida. La especialidad de la casa, era la comida criolla, matizada por algunos ingredientes chinos: arroz congrí, bisté de cerdo, yuca con mojito y ensalada, con su correspondiente cerveza Hatuey, Polar o Cristal humeando de frío. “ La Entrada ” o Fonda de la China abrió sus puertas diariamente durante más de 20 años, desde 1946, hasta 1968, en que este y muchos otros negocios fueron intervenidos al calor de la llamada ofensiva revolucionaria.
Al mirar a nuestro alrededor sería imposible encontrar a un solo chino de origen andando por las calles de Cumanayagua, o asomando su frágil figura detrás de un mostrador, o pregonando este o aquel producto. Pareciera que el tiempo, con su plumero implacable, borrara todas las huellas de su presencia en estos lares. Sin embargo, ellos dejaron semillas sembradas al fecundar el vientre de muchas cumanayagüenses.Y como dice Haydée Cuan, entre las cenizas queda el rescoldo de su paso por esta tierra. Aquí forjaron familias y están sus descendientes, entremezclando la fuerte marca genética de los ojos rasgados, y queda un aire que respira la nostalgia, proveniente de una cultura milenaria, porque también ellos, junto a otros inmigrantes y nativos, han forjado la historia de un pueblo que palpita en su nervadura.
Entrevistas a:
Leonor Consuegra Blanco
Haydée Cuan Consuegra
Antonio Becerra Carranza
Eduardo González López
Tomás Águila Hernández
Odalys San León
Gladys San Pérez
Blasa Cabrera Cárdenas
Bibliografía consultada
Biblioteca Premium. Microsoft, 2006.
Jiménez Pastrano Juan: Los chinos en la historia de Cuba (1847-1930). Editorial
de Ciencias Sociales, Ediciones Políticas, La Habana, 1983.
Valdés Bernal, Sergio: Lengua nacional e identidad cultural del cubano.Editorial
Ciencias Sociales, La Habana, 1998.
Nota: Este trabajo de investigación obtuvo la categoría de Destacado en el Forum Municipal “Cultura y Desarrollo” dentro del MINCULT, celebrado viernes 28 de junio del 2008 en Cumanayagua.
Orlando V. Pérez Cabrera
(Cumanayagua, 1950). Máster en Educación. Poeta, narrador e
investigador sobre temas de la comunidad. Ha publicado, entre otros, Señales
(poesía, Editorial Mecenas), Versos Salvajes (poesía, Editorial
Vitral) y El último gol (Narrativa, Editorial Mecenas). Trabajos
suyos aparecen publicados tantos en revistas nacionales como extrajeras.