Por Orlando V. Pérez
El disparo que mató a John Lennon aquel aciago 8 de diciembre
de 1980, no sólo conmovió la conciencia de la insensible
Nueva York, sino la de todos los seres que entienden cómo la
existencia humana es mucho más que vivir por vivir. Y es a partir
de ese momento que su figura se alza en toda su genial y contundente
estatura, y el mundo adormilado e indiferente se percata, presa de asombroso
horror, de la envergadura de la pérdida: el tiempo en su decursar,
inexorable juez, ha hecho justicia, al colocarlo en el pedestal a que
sólo ascienden los inmortales; por eso, al volver la vista atrás,
la humanidad toda podrá percatarse de su deuda con un auténtico
artista, por la significación que tiene el aserto, por casi todos
aceptado, de que en materia de música habrá que hablar
de antes y después de los Beatles.
La personalidad de Lennon es contrastante en más de un sentido;
sátiro acérrimo y mordaz, la alta sociedad londinense
no tuvo más remedio que aplaudirle sus exabruptos, y aunque Norteamérica
mojigata instó a los jóvenes a hacer piras públicas
al estilo fascista para incinerar las ya para entonces famosas placas
de los inquietos chicos de Liverpool a mediados de la década
del 60, en los momentos actuales se tienen como clásicos -a la
altura de Mozart o Beethoven- de esa época de oro de la música
pop-rock, tanto por los que ya peinan canas y se ven atrapados por la
agridulce red de la nostalgia, como por los imberbes que aún
posan un pie en la niñez, y aspiran a tragarse al mundo con rebeldía
contumaz.
Nunca olvidó el poeta de In His Own Write su humilde origen,
su condición de hijo abandonado a la suerte de una tía,
que aunque cariñosa, no estaba apta para comprender cabalmente
los primeros atisbos de aquel genio voluntarioso; tal vez por esta razón,
de algún modo también se desarrolló en él
una conciencia social que husmeaba el mal y hacía expresar el
descontento por medio de la música: “Power To The People”,
“Denle a la paz una oportunidad”, “Todo lo que necesitas
es amor”, “Imagina”... son, entre otros títulos,
el recuento de un artista obsedido por el afán de justicia y
la necesidad de brindar amor como única fórmula para alcanzar
el emporio de la dicha, y cuyos sueños lo empujaban a enarbolar
la utopía de un mundo respirable en que prevaleciera, como sustituto
del cornetín de la guerra, el canto de las aves mañaneras:
“Tú podrás decir que soy un soñador, pero
no el único”. Esa era su divisa, y decidió junto
a su amada Yoko Ono, aun a riesgo de las imputaciones de una sociedad
moralista, demostrar que era mejor hacer el amor que la guerra; para
ello, expusieron, en la cubierta de un disco, la intimidad de sus cuerpos
desnudos.
Tal vez la animadversión que por algunos años prevaleció
hacia los Beatles entre cierta oficialidad en nuestro país encargada
de decidir los destinos de la difusión artística, se deba
-más que al cultivo del rock por parte del cuarteto (tenido en
aquella época
como “un subproducto enajenante del arte capitalista”) y
su coqueteo con el movimiento hippie- precisamente a la posición
pacifista de Lennon, cuando por entonces la consigna era “crear
muchos Viet Nam”; sin embargo, el decursar de la vida y de la
historia se ha encargado de esclarecer los conceptos y poner las cosas
en su justo lugar, y resulta muy elocuente la foto que enlaza a Fidel
con la del guitarra rítmica del más afamado cuarteto de
la historia, el día en que fue develada la escultura de José
Villa a la memoria Lennon en un parque del Vedado.
Soy de los que opinan que si en alguna nación han quedado prendidos
de manera indeleble al rostro de su cultura los ecos de la beatlomanía,
es en Cuba, decantada ella al paso de los años, tamizada por
la música, la escultura, la pintura, la literatura y el amor
esencial que une a los hombres de toda la humanidad:
FRENTE A LA ESTATUA
¿Te sientas junto a él
a contar tus penas,
llorar tus lástimas,
endosarle tus fracasos,
infundirle tus cervales miedos?
No pretendas
adueñarte de nuevo de sus gafas
como último amuleto.
Mucho menos exprimir
su pulmón resucitado.
Mírale de cerca,
bien fijo a los ojos,
y notarás qué sensación de lejanía;
o de lejos tal vez,
y chocarás con su cercano aliento.
Él es
palabras que gritan,
aman,
se rebelan.
John Lennon es ya un símbolo que cobra relevancia de cotidianidad
en nuestro ámbito. Su música está, más que
en los discos, en las plazas; su imagen altiva de miope que se burla,
fustiga y hace reflexionar desde su arte, es ya tan cercana como la
de un familiar querido que no se necesita evocar con lagrimeos: porque
camina, nada, vuela en su paisaje.
Este artículo fue leído por el autor en el homenaje a
Los Beattles en la Casa de Cultura Habarimao, la noche del 8 de diciembre
de 2008.
Orlando V. Pérez Cabrera
(Cumanayagua, 1950). Máster en Educación. Poeta, narrador e
investigador sobre temas de la comunidad. Ha publicado, entre otros, Señales
(poesía, Editorial Mecenas), Versos Salvajes (poesía,
Editorial Vitral) y El último gol (Narrativa, Editorial
Mecenas). Trabajos suyos aparecen publicados tantos en revistas
nacionales como extrajeras.