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Cumanayagua, Cuba,
   

TESTAMENTO SOBRE UNA LOSA

CUBARTE

 

Por Jorge L. Machado

Eran pasadas las once de la noche de un desolado día de enero, cuando por fin apareció el tan esperado ómnibus. Era fría: un aire duro y penetrante soplaba del norte; apenas pequeños grupos de personas, desafiando las bajas temperaturas, pernoctaban en los cafés y clubes nocturnos más cercanos, de donde provenían voces y risotadas mezcladas con una indefinible música. Sin embargo, el ómnibus venía repleto, como casi siempre.     Llegó hasta la parada rechinando los neumáticos contra el contén de la acera para recibir otra carga más de ansiosos pasajeros.

    En la siguiente parada, una señora gorda se puso de pie, y sin mirar, como si hubiera adivinado el agotamiento que me consumía, con un gesto indicativo me comunicó que ocupara el asiento que ella iba a dejar vacío.

    No sé cuándo cerré los ojos; pero casi enseguida los abrí al sentir el roce de una mano sobre mis cabellos. En el pasillo central, pegado a mí, un señor de camisa marrón sostenía en sus brazos, la boca en un rictus de agobio, a un niño de unos cuatro años, de pelo castaño suave y grandes ojos negros que me miraban suplicantes. Cerré de nuevo los míos, mas no pude dominar la curiosidad por clavar de otra vez mi vista en su rostro. Los suyos casi se le cerraban, también por el cansancio. Un rato después, pedí al señor que me alcanzara al niño para sentarlo sobre mis piernas, de frente a las luces que cruzaban en sentido contrario. Cerré una vez más los ojos hasta sumirme en un profundo y confuso sueño... No sé si fue bueno o malo lo que soñé: sólo estoy convencido de que un ser superior me acompañaba en aquel penoso e increíble viaje.

    Unos golpecitos en el hombro me despertaron, y la voz del conductor que me increpaba: “¡Oiga, señor, se le gastó la moneda!” Y ante mi incontrolable somnolencia, insistió: “Ya llegamos a la última estación y tenemos que guardar este cacharro ahora mismo.”

    Cuando logré despabilarme, me pude percatar, para asombro mío, de que sólo quedábamos en el interior del carro, a más de los dos conductores, el niño y yo.    Comprendí la ardua labor que me esperaba en el intento de devolver aquella criatura a sus familiares. Pensé llevarlo a la Estación de Policía más cercana; pero deseché la idea, pues de inmediato me di cuenta de que un lugar como ese, a aquella hora, y con un frío tan intenso, se haría muy difícil para un ser tan pequeño.

    Fue así como opté por llevármelo para la casa. Una vez en ella, registré con ansiedad sus bolsillos y comprobé que no portaba ningún documento que permitiera su identificación.     No con poco esfuerzo, logré de nuevo ver sus grandes ojos negros. En vano le pregunté cómo se llamaba, o el nombre de papá y mamá y dónde era que vivía; el niño, con temor, sólo me miraba. Después de innumerables pruebas, llegué a una penosa conclusión: era sordomudo...

    Al día siguiente, bajo confesión, el cura de la parroquia del barrio conoció mi secreto: “Nunca tuve hijos, ni esposa, ni otra familia conocida; pero le prometo, que mi pequeño tendrá, a partir de hoy, un padre amoroso que ha de esmerarse en su cuidado y educación. Debo confesarle también que lo quiero bautizar con el nombre de quien murió en la cruz por salvarnos...”

    Por breves segundos, Jesús apartó la vista de la carta. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Una vez repuesto, pasó la posdata: “Te concedo, pues, el derecho de dar a conocer nuestro secreto. Podrías, además, sugerir a aquellas personas que nunca han tenido hijos y anhelan tenerlo, tomar un ómnibus repleto en un día frío de enero, pasadas las once de la noche, y buscar entre el público a algún señor vestido con una camisa marrón que traiga entre sus brazos a un niño.”

 

Jorge L. Machado Cabrera (Cumanayagua, 1950). Licenciado en Educación. Poeta. Tiene un libro de poesía en preparación.

 

 

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