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Cumanayagua, Cuba,
   
POEMAS DE PEPE SÁNCHEZ
CUBARTE

 

CUESTIÓN DE OLORES

 

El problema es el olor y sus cuchillos.

Puedes partir el limón de la tarde

en dos sueños iguales, casi prójimos,

que a los otros siempre les tocará más amargor,

más cicatrices,

y un confín para rumiar las pérdidas.

 

Porque tu camisa no huele a domingo planchado

te confunden con un turista del cuarto mundo.

No saben que tu cama de malhechor condecorado

huele a fresas recién exprimidas,

al último quejido del suicida;

ni que esa muchacha, la del relámpago en los ojos,

ha parido un arco iris bajo tu almohada,

una estrella gemela de los amaneceres.

 

El olor de los presidentes abre puertas

y cierra fronteras,

futuros, aleros íntimos,

como naipe marcado en los labios de un mendigo.

La toga de algunos jueces

tiene el olor de espadas partidas

olvidadas en el alma de los guerreros,

cuando el campo de batalla son un par de camisas

y dos corazones que necesitan respirar, solo respirar.

Y no tienes sangre de vigía ni su lenguaje de humo,

ni un pedazo de muro en cada boca del día,

para mirar si diciembre viene del lado de la luz

o quiere tomar la ciudad de tu pecho, incendiar sus colibríes,

tocando el arpa del dolor.

Hay un pacto entre la ballesta y la flecha:

quien rompa a tiempo suyo la tensión

hará diana en las uñas de la noche.

 

El problema es la sobrevida personal

y su olor de vikingo desarmado.

A veces, en el paralelo de la suerte,

con la luna y cinco pesos puedes desnudar a una mujer,

comprar máscaras, asientos de palco, entradas

para el club de los vendedores de almas.

Cuál pañuelo para tantos olores mortales.

Qué bandera izar en el mástil de la tristeza.

 

En pie de guerra tu paisaje interior

de ternuras y azules confidentes,

toda la vendimia y el clamor de lo perdido.

Y solo te va quedando en las manos de la espera

cierto olor a novia de adolescencia,

o tal vez,

si lo piensas irónicamente,

como olían los dedos infieles de tus 20 años.

 

 

 

CIERTOS DÍAS

 

 Ciertos días precisas de un amigo,

de su franca luz sobre la mesa

para cortar el pan, la soledad,

la indecisa brújula

que brinda una mañana de sábado.

 

Uno sabe lo de siempre,

cómo abrir

la puerta hacia un libro,

el olor rotundo de una página en blanco,

los deberes cotidianos,

esa ventana que da al este de los sueños.

Hace varias derrotas aprendió

a morder las palabras frente al espejo;

incluso, sabe cómo hacer

un ajedrez de fotos sobre la cama

cada vez que añora sus veinte años.

 

Pero ciertos días te palpas la voz,

vuelves a la eterna pregunta.

Entonces registras los armarios

olvidados en el desván de los días,

buscas toda el ansia, la cal rutinaria

que cubre algún sitial de luz.

Entonces echas de menos a la novia,

a tu primer asombro,

de nuevo eres

aquel muchacho de mirada triste,

el rebelde de profesión, aquel que golpea

las puertas del barrio, o del Estado,

a ver si le abre su identidad,

que sale a la calle en busca de la taberna de su ser,

un rincón de la vida nuestro,

o heraldos que anuncien

la caída de todas las fronteras,

el camino a la hermandad del hombre.

 

Y no es solo que un día

como la llegada de la lluvia

o de un amigo que no se anuncia

al fin sepas quién eres y no eres.

Es más bien convencerte

sin espejos, ni ojos, ni señales de humo,

quién serás una tarde de otoño

cuando ya no precises de un amigo,

ni siquiera -y esto es lo peor-,

de su franca luz sobre la mesa

para cortar el pan, la soledad,

la indecisa brújula

que brinda una mañana de sábado.

 

 

DEL DELIRIO Y LA UTOPÍA

 

A mí, por el solo lirismo,
una sonrisa de mujer me desarma,
me quita la camisa de fuerza del corazón
como espigas dobladas por el fervor;
sobre todo, cuando más acá de sus labios
la noche hambrienta es una espada desnuda
y los malcriados párpados de sus ojos
cierran las señales de alarma y abren
una indiscreta invitación a la complicidad.

 

A mí, sin la bruma del romántico,
la mirada de una mujer me descubre
el rompecabezas del delirio y la utopía;
pone satélites espías a girar sobre mi cama
y avienta una alegría codiciosa,
de cantos y cuchillos lanzados
al borde del tiempo y los augurios,
como soledad de agencia, como miedos a crédito
y manos en un búcaro florecidas por el intento,
como la última forma de seducir a la vida.

A mí, con su luz de oficio,
unas manos de mujer me levantan,
me iluminan de raíces las vidrieras del alma;
puedo decir que lamen la aventura de mi cuerpo
y ponen un salterio a respirar con las dudas,
un quitabrumas donde la voz ya no abriga,
y entonces hay que comulgar con ese fuego coral
y su antigua danza sobre la piel,
sostenerse, a duras penas y glorias,
en los andamios febriles de su aliento.

 

A mí, contra todo pronóstico,
el olor a naufragio de una mujer
me levanta y me descubre a la vez,
lírico y romántico, casi por oficio,
como un condenado a la espuma
tenaz sobre su tabla de hundimiento;
y me arma, en la orilla opuesta del corazón,
con el vino de una pasión siempre nueva,
el rompecabezas del delirio y la utopía.


LIBERTAD

 

Libertad, tu ángel muere en tantos labios
que a la noche por ti le faltan rezos;
pues solo desde tu jardín los presos
de la luz vuelven a vestir de sabios.

 

Libertad, cuando cantas uno siente
caer la vieja puerta del olvido,
ese doble silencio y su crujido,
sabe que el vuelo nunca estuvo ausente.

Libertad, tú me salvas del acuerdo
mortal , y de mí mismo, del recuerdo
sin fondo, cuando busco al fin la nada.

 

Libertad, juntos somos el umbral
de la Utopía, el verso y su caudal
remoto, porvenir de la Isla amada.

 

 

LA MEMORIA DESNUDA

(tango sin bandoneón)

 

Todo lo que nos deja ya es parte de tu muerte.

Pero te vas y la noche, esta lámpara muda,

llora un sol bastardo y retórico

que se demora, impunemente,

en el mercado de la ausencia.

Me dejas, sin la isla dual del amanecer,

magia cortada en mitad de un silencio que dialoga;

y no sé quién soy con este olor a catástrofe deseada,

qué hay en el fondo de todo lo que me sostiene:

nombre, mapa, víspera, barco, luna, y te vas.

Me dejas y no sé qué tengo a flote.

Hijo de un naufragio de gaviotas al sur

nuestro amuleto diurno busca el eco de dos sombras,

juego circular, resurrección de la palabra.

Te vas, y el grito de tu ausencia

no cabe en la crueldad de un poema sin ti,

no puede caber en la voz lunar de la entrega.

Te vas, campana mía; y me dejas, sueño escarbado,

expuesto sobre los altos buitres del tiempo,

bajo el chaparrón augural de aquel Había una vez...;

mordida verde, noche fluyente en la vaguedad de su símil,

beso que se curva en la memoria desnuda

como un condenado tango sin bandoneón.

Un sol agazapado, casi vulnerable,

no sirve para apoyar el talón de la duda;

un pañuelo sospechoso de medias tintas

no soporta esta gravedad de ti que toca todas las puertas

y pone de vuelta aquel temblor dentro de mí.

Ay del clamor sin fondo que se está acercando;

un arrollo de luz se rompe

y es tanta la sequía en las riberas del pecho.

Todavía el cáliz de tu sombra marca mi desnudez,

y trueca el ayer en mi ventana por un cielo extraño

y vence mi astucia, mi arco, con un sello de nostalgia.

Que al menos, el día no sea día sin olvido,

ni haya noche sin recuerdo y ganas

de empezar otra vez.

Te vas. Qué bien le haces

a la niebla de la incertidumbre y sus ciegos emblemas.

Me dejas en la historia capital de tu sangre

leída desde otra orilla y otro argumento,

sin el coloquio de la costumbre que me hacía lúcido.

 

En qué región de mi hora poner cerco a tu imagen.

Mi soledad como un indulto a tu belleza

que sigue convocando a elecciones en mis ojos.

Pero aún me sostiene el bolero sutil de tu piel

que toco desde un adiós inservible.

Nada es igual sin ti. Y lo sabes.

Donde me dueles hay un titiritero sin antifaz

actuando para mi corazón como único público.

Ahora te busco en bodegas de la ternura

donde me hice converso de tus pechos desnudos,

ese juego de analogías que acerca tu vientre a mi boca,

y no hay silencio que te nombre y me llame.

La palabra final entre dos vacíos

como otra forma del delirio.

Te quedas en las cosas que nos recuerdan,

no en mí, preso reloj de tu cuerpo,

que soy porque respiro tu aire.

Ya te oigo torciendo mi silueta

junto al muro de la amistad doméstica;

ya te veo por el bulevar de la utopía

paseando con la risa maquillada.

Tú que fuiste cronista de mi vicio de sueños.

Y qué hacer con tu buen manojo de reclamos

ahora que ya no defiendes mi memoria en los espejos.

Cómo firmar un pacto de no agresión

con estas ganas de ti que quedan en el aire.

El Presidente del País no sabe que te vas,

que tu partida es la peor crisis nacional;

que no hay fronteras, ni razón de Estado,

cuando el amor dicta las urgencias del alma.

No hay Patria sin ti. Nadie soy

y ahora la noche me seduce.

Porque me dejas en la esquina de tu olor respirando

girasoles insepultos, abrazos negados y anegados

de aquella alegría que arrimabas a las cosas

y esos asuntos como herejías del corazón

que uno, para no flaquear, disfraza de lugares comunes.

 

 

Pepe Sánchez (Cumanayagua, 1956). Poeta, narrador y ensayista. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado, entre otros, los poemarios: Sueños del tiempo, Alfanjes de luz; Paradoja del hombre en su ciudad, Caballos sobre el césped; y El comedor de relojes (narrativa). Trabajos suyos aparecen en diferentes revistas y antologías nacionales y extranjeras.


 
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