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Bombero

Por Elizabeth Álvarez

Querido abuelo:

Anoche te vi en una canción de Amaury por televisión; sentí mucho no hayas alcanzado tu fantasía. Estoy sentado delante de un closet que guarda el uniforme completo y toda su utilería, era de mi abuelo verdadero.

Yo he soñado como tú. Tendrán que florecer muchos años los mangos, y las ceibas lanzarán sus lanas muchas veces para que yo pueda alcanzar la talla de este traje que mi abuela guarda impecable.

Entre otras cosas quisiera contarte que en mi pueblo no hay bomberos, ni carros para esta función. Cuentan que hubo uno maravilloso con muchas escaleras y una pipa gigante, dicen que bombeaba chorros de un kilómetro; pero como nunca había incendios, se oxidó el tanque y el motor se fundió. Yo nunca lo he visto, ni siquiera en un parque, que es como un pequeño museo que guarda carros en desuso.

Mi proposición es que vengas, a lo mejor este uniforme es de tu talla y así tendremos un bombero de verdad.

Podrás encontrarme en la calle Buena Esperanza No. 10.

P.D.: Todo el tiempo que sea necesario te esperaré.

Después de terminada la carta, cerré el closet y me fui al buzón, luego regresé a casa y me acosté, no había nadie levantado en casa, por eso dejé la luz encendida y pensaba: “¿Cómo será la visita y cómo nuestro encuentro? A lo mejor él me reconoce en la calle, hay momentos mágicos que lo dicen todo, o quizás las ansias en mis ojos se lo dicen. ¿Tendrá una señal especial en su frente o en su ropa?”

En esas cavilaciones me quedé dormido, al otro día vieron que me había dormido con la luz encendida y pensaron que era descuido o miedo.

Mucho tiempo transcurrió y yo escudriñé cada anciano que pasó por mi lado o visitó mi casa, esperaba el vuelo de la consumación en cualquier momento.

De la carta, no había señales de respuesta; cuando el cartero traía el periódico o pasaba, le preguntaba si no había algo para mí, y siempre la respuesta negativa.

Casi ya no me quedaba esperanza. El abuelo no había recibido la carta —pensaba— y como deseaba yo que la recibiera.

En mi loco trotar de corazón, me aventuré a seguir galopando y se lo conté a algunos amigos y lo que tuve por respuesta fue una rechifla y dijeron como en un coro:

—Este es bobo, ¿cómo un viejo va a salir de una canción?

Por eso nunca les enseñé el traje que guardábamos en casa, era solo para mi disfrute.

Oí muchos comentarios trises provenientes de mi familia porque me encerraba en mi cuarto a observar el traje y a pintar sobre la vida de los bomberos.

Hasta mi tío que casi nunca nos visita dijo que esas cosas les pasa a los afeminados y si no notaban que yo no jugaba en la calle con los otros niños de mi edad. ¿Por qué no dejas eso miedos de niña? —terminó por decirme.

Qué sabía él de valor que se necesita para ser un buen bombero.

Mi madre se molestó y dijo que yo provenía de una familia de intelectuales y a lo mejor tenía una vocación más elevada.

Mi abuela que era mejor estar haciendo otra cosa de mayor importancia que ser pelotero de barrio.

Pero nadie me llamó para preguntarme qué era lo que a mí me gustaba.

Ya casi estaba llegando el olvido. Mi carta era un fracaso.

Llovió en la primavera y los ríos se desbordaron, mucha agua para llenar cientos de carros.

Eran las tres de la mañana, no tenía sueño, ni idea del porqué, pero estaba sobresaltado, el viento silbaba en la calle y algo me decía algo que no entendí.

En mi casa siempre tocan a la puerta cuando menos se uno lo espera, mi papá es muy solicitado por su trabajo.

Tocaron y nadie oyó, me levanté con algún temor, siempre le temí al viento con notas extrañas. Sonó de nuevo el timbre, fui a la puerta y me asomé por el visillo; era un anciano y su presencia no me asustó, le abrí, entró sin dirigirme ni una sola palabra y fue hasta el cuarto, directamente al closet. Yo no podía hablar, era como tener los labios sellados. Él se quitó las ropas delante de mí como si me conociera de toda la vida, abrió el armario y se puso el traje y me dio algunas herramientas y cogió otras en su mano derecha, tomó la mía con la que dejó libre y salimos a la calle, yo lo seguía descalzo, la frialdad de pavimento gritó: “¡Todo es cierto…!”

Él me guiaba, y justo en la acera del frente estaba un hermoso carro rojo como tomates de de la huerta, todo estaba iluminado por las luces de la calle. Su motor encendido decía que nos esperaba.

Me solté de su mano y acaricié el carro al pasar por su lado, dimos la vuelta, nos subimos a él. El abuelo lo puso en marcha, seguimos por la calle recta y juntos cantamos con toda la fuerza del alma:

¡Bombero… bombero…,

quiero ser un bombero…!


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