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Amor inmortal

Por Rosario Solares

He salido del cuarto como una sombra.  Hoy no he querido despertarla, pobrecita. Se ve tan plácida cuando duerme…
Nuestro amor dura y durará mucho, por una eternidad.
El día de nuestra boda fue sublime. Lo recuerdo como un sueño bonito, entre brumas de felicidad infinita. La adoré desde siempre, por mucho tiempo en la distancia, hasta que reuní el valor para enfrentarla y hablarle.
Ella se rio al principio de mi timidez, para luego confesarme que también me amaba… ¡a mí! En esos momentos me convertí en el más feliz de los mortales. El noviazgo fue efímero, pues en aquellos tiempos, las parejas decentes se respetaban hasta el matrimonio, y era sólo durante la noche de bodas cuando se consumaba la unión.
Estuve de acuerdo con todas las promesas que hicimos ante el altar… menos con una. Eso de “Hasta que la muerte los separe” no me parece justo. ¿Por qué la muerte tiene que separar a alguien? ¿O es que los curas no entienden lo que es el amor del bueno, el verdadero, el que no cree en tiempo ni distancia, al que la muerte no amedrenta, ni  se esfuma tan solo porque el corazón deje de latir…?
Tuvimos muchos años buenos, llenos de felicidad y risas.
Hasta aquel fatídico  día. La fui notando más débil. Al principio, fue algo sutil; después, de repente, todo se precipitó. Confesó no tener las fuerzas para realizar las pequeñas cosas que disfrutaba hacer diariamente, como bordar y ocuparse de las plantas. Nosotros no creemos en los médicos, así que entre los dos nos ocupamos de su sanación. Poco a poco fue recuperando el color de sus mejillas, llegando inclusive  a dar cortos paseos alrededor del jardín. Tristemente observé que ya no era la misma, aunque ella se afanaba en demostrar lo contrario.
Hasta que decidió no salir más de la casa. Era obvio que había perdido mucho peso, y, mujer presumida al fin, no quería que ninguno de los vecinos la viera así.
Vivimos en un pequeño pueblo, donde la gente se inmiscuye donde no le importa. Si pudiera, la sacaba de aquí, y la llevaba a un lugar recóndito, donde nadie nos conociera, ni nos acecharan, donde podríamos vivir en paz;  donde a nadie le importara la delgadez de mi amada, ni hiciera preguntas insolentes.
Mi amor y yo nos apodamos mutuamente de una forma peculiar. No recuerdo cuándo nos comenzamos a llamar así. Yo la nombro “mi querida queridísima” y ella  igual a mí, pero en masculino, claro.
He salido temprano hoy porque quiero comprar alimentos, ya que la alacena está casi vacía. Trato de adquirir  la mayor cantidad de comida posible cuando salgo, y así no tengo que dejar a mi querida queridísima tanto tiempo sola.
Últimamente, dondequiera que vaya en este maldito pueblo, siento las miradas de la gente quemarme el cogote. Me saludan por compromiso, pero a mí no me engañan. Veo en sus ojos un escrutinio insidioso, como si quisieran taladrarme el cerebro. En una esquina de la tienda hay arremolinadas dos mujeres. Las conozco, pero sus nombres se escapan de mi memoria. Sé que están hablando de nosotros, ya que las veo mirarme de reojo y cuchichear entre ellas.
Las ignoro, y sigo mi camino, tratando de llenar el carrito con todo lo que encuentro comestible. Veo con terror que una de ellas se aproxima hacia mí. Apuro el paso tratando de esquivarla.
Demasiado tarde.
Oigo a mis espaldas la voz áspera, pueblerina, preguntarme por mi querida queridísima. Le contesto apresuradamente que está bien.
La dejo con la palabra en la boca. Miradas acusadoras, delirantes, cargadas de odio, mientras huyo hacia la caja buscando escapar.
Gotas de sudor frío perlan mis sienes, mientras cargo el pesado bulto de regreso a casa. Las caras de los transeúntes parecen formar parte de una parodia maldita. 
Apresuro el paso. Casi estoy en casa. Ya mi pesadilla está a punto de concluir. En el umbral de la puerta, me esfuerzo en controlar mi corazón desbocado, que amenaza con salírseme por el cuello.
Al abrir la puerta, la veo.
Sentada en su butaca favorita, sonriéndome, esperando mi regreso, está ella.
Deposito los paquetes en el piso y corro a abrazarla. Casi no la siento. ¡Qué delgada se me ha puesto! Corro a prepararle un caldito, algo que al menos le entone el estómago. Disfruto al verla tomar algo y sonreírme con los  ojos. Contemplo con satisfacción que termina la sopa.
Me dispuse a poner una música suave, cuando el timbre de la puerta nos sobresaltó. Observo por la mirilla.
Era el cartero.
Ese hombre gordo nunca me ha gustado. Abro la puerta, y me planto enfrente de él con rapidez, para no dejarle ver a mi querida queridísima.
Su cara babosa y repugnante siempre me ha repelido. Me alarga la correspondencia sin dejar de mirarme fijamente. Me pregunta por ella. Me dice que no la ha visto hace mucho. “¡Estúpido! —pienso yo—, si no sale, ¿cómo tú, imbécil, la vas a ver?”
Le digo cualquier cosa para sacármelo de arriba. Sigue con las cartas  adheridas a  su mano. Se resiste a entregármelas.
Casi inicio un forcejeo delirante e irreal con el repulsivo mensajero.
Con una sonrisa triunfal, lo libero de su presa. Nos miramos como dos perros de pelea. Sabe que ha perdido, y me lanza una mirada cargada de un odio visceral.
Cierro deprisa la puerta tras de mí.
Mi querida me pregunta a qué se debe mi sofoco. No le digo nada…, ¿para qué perturbarla?
Siento que el asqueroso cartero nos acecha. Ayer lo pillé tratando de mirar por la ventana. Percibí su aliento fétido aun a través de las paredes. Me revuelve el estómago el solo verle.
Al día siguiente, vuelve a tocar el timbre de nuevo.
Maldito animal.
Le grito ya fuera de mí que pase las cartas por debajo de la puerta. Me contesta que no puede, que tiene un paquete que yo tengo que firmar.
Al abrir la puerta, lo veo mirando por el resquicio, hacia el interior.
Claramente desea violar la santidad de mi hogar…
Sus ojos se abren desmesuradamente a la vista de mi querida queridísima, que está en su butaca, enfrente de la puerta.
Ciego de ira, me dispongo a defender su honor a toda costa.
Sin dejarlo reaccionar, con un movimiento rápido le clavo mi navaja en la yugular.
Para que no viera más.
El cerdo asqueroso cayó con los ojos abiertos, que ya no podían ver, en el charco de sangre que brotó de su cuello de rinoceronte.
Entre mi querida queridísima y yo lo lanzamos escaleras abajo hacia el sótano, y con unas toallas viejas, limpiamos la sangre repugnante que se empeñaba en teñirlo todo de rojo.
Pasamos unos días de absoluta tranquilidad, sorbiendo té, nuestra bebida favorita, y conversando de mil cosas privadas e íntimas.
Hasta que el  estridente  sonido del timbre rompió el encanto.
Era la policía.
Los muy bestias, al abrirles la puerta, me empujaron adentro de la casa.
Los tres hombres quedaron impactados ante la vista de mi pobre querida queridísima.
Sé que mintieron los miserables al decir que ella estaba muerta hacía tiempo, solo porque ya no tenía piel, ni le latía el corazón.
Tapándose la nariz, pues según ellos hedía, abrieron la puerta del sótano.
Al ir a ponerme las esposas, uno de ellos miró hacia la butaca donde mi querida queridísima reposaba.
Estaba vacía.
Un ruido como de huesos frotándose entre sí, acompañado de un rasgar de faldas brotaba de la pequeña cocina.
Ante la visión de su silueta en el umbral, los  cobardes gigantes huyeron despavoridos como ratones asustados.
Los ojos de mi amada, cóncavos e infinitos, me sonreían desde las profundidades de su alma.
Su voz sonó suave y metálica; “Mi querido queridísimo, ¿quieres un poco más de té?”

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