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Juguetes

Por Rabindranath Tagore

¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo,
divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota!
Sonrío al verte jugar con este trocito de madera.
Estoy ocupado haciendo cuentas,
y me paso horas y horas sumando cifras.
Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas:
«¡Qué necesidad perder la tarde con un juego como ese!»
Niño, los bastones y las tortas de barro
yano me divierten; he olvidado tu arte.
Persigo entretenimientos costosos
y amontono oro y plata.
Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras.
Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo
a la conquista de cosas que nunca podré obtener.
En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición,
y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego.


Pájaros Perdidos


1
Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan,
y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar,
aletean y caen en ella, en un suspiro.
2
Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!
3
Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de
infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como un
beso de lo eterno.
4
Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor
su sonrisa.
5
El desierto terrible arde todo por el amor de una yerbecita;
y ella le dice que no con la cabeza, y se ríe, y se va
volando…
6
Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán
ver las estrellas.
7
En tu camino, agua bailarina, la arena te pordiosea
tu canción y tu fuga.
¿No quieres tú cargarte con la coja?
8
Tu cara anhelante persigue mis sueños como la lluvia por
la noche.
9
Una vez, soñamos los dos que no nos conocíamos. Y nos
conocíamos. Y nos despertamos a ver si era verdad que nos
amábamos.
10
Como el anochecer entre los árboles silenciosos, mi pena,
callándose, callándose, se va haciendo paz en mi corazón.
11
No sé qué dedos invisibles sacan de mi corazón, como una
brisa ociosa, la música de las ondas.
12
-Mar, ¿qué estás hablando?
-Una pregunta eterna.
-Tú, cielo, ¿qué respondes?
-El eterno silencio.
13
¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está
queriendo amarte!
14
El misterio de la vida es tan grande como la sombra en
la noche. La ilusión de la sabiduría es como la niebla del
amanecer.
15
No te dejes tu amor sobre el precipicio.
16
Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver el
mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me saluda y
se va.
17
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas
suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
18
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
19
¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están turbando
con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa yo
escuchar!
20
No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge a mí.
21
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, amanece;
¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas?
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas?
22
Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está perdida del todo.
23
¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo,
sino tu mano apretada en mi fracaso!


El jardinero (fragmentos)

20

"Día tras día, viene y se vuelve a ir. Anda, hermana, dale esta flor de mi pelo. Y si pregunta quién se la manda,
no se lo digas, que sólo viene y se va.
Míralo allí, sentado en la tierra, bajo el árbol. Ve, hermana, y tiéndele una alfombra de hojas y flores, que sus ojos
están tristes y llenan de pesar mi corazón. Nunca dice lo que está pensando, sólo viene y se va".

21
Por qué se sentó a mi puerta con el alba? Cada vez que salgo o entro, tengo que pasar a su lado; y mis ojos,
cada vez, se prenden en sus ojos.
No sé si hablarle o no. ¿Por qué se sentó a mi puerta? ¡Qué negra la noche nublada de julio! ¡Qué suave el azul
del cielo en otoño! Los días de la primavera, ¡qué inquietos al viento del Sur!... Las canciones que él canta
tienen cada vez una melodía.
Y se me nublan los ojos, y tengo que dejar mi trabajo...
¿Por qué se sentó a mi puerta?

22
Pasó, ligera, por mi lado, y el borde de su falda me tocó...
Y de la isla ignorada de un corazón vino a mí no sé qué súbito aliento cálido de primavera...
Como la hoja de una flor, traída y llevada por la brisa, un ala rápida me rozó un instante y se perdió al punto...
Fue en mi corazón como un suspiro de su cuerpo, como un susurro de su corazón.

23
¿Por qué estás ahí sentada, sonando tus pulseras vanamente? ¡Anda y llena tu cántaro, que es hora ya de que
vuelvas a casa!
¿Por qué palmoteas el agua con tus manos, los ojos al camino, vanamente? ¡Anda y llena tu cántaro y vuélvete
a casa!
La mañana está pasando y el agua oscura se va. Y las olas se ríen y se hablan entre sí vanamente.
Sobre el alcor, las nubes errantes se acumulan. Se paran, te miran la cara y se sonríen vanamente. ¡Anda y llena
tu cántaro, y vuélvete a casa!

24
¡No me escondas tú el secreto de tu corazón! ¡Dímelo a mí, que soy tu amigo, solo a mí!... Dímelo tan dulce
como te sonríes, que no lo oirán mis oídos, sino mi corazón.
La noche es profunda; está la casa silenciosa; el sueño amortaja los nidos de los pájaros... ¡Anda, dime tú, en un
llorar vacilante, en un tímido sonreír, en una dulce vergüenza, en un dolor dulce, el secreto de tu corazón!

25
-Ven, hombre, no nos engañes. ¿Por qué brillan tus ojos así locos?
-Bebí no sé qué zumo de adormidera, y no sé qué locura es esta que tengo en mis ojos...
-¿No te da vergüenza?
-¿Y qué? Hay sabios y hay necios. Unos se vigilan y otros son descuidados. Hay ojos que se ríen y hay ojos
que lloran .. Y yo tengo en mis ojos la locura.
-¿Qué haces ahí, hombre, siempre en pie a la sombra de ese árbol?
-Mis pies no pueden con mi corazón, y estoy aquí, quieto, a la sombra.
-¿No te da vergüenza?
-Bueno. Unos corren y otros se entretienen. Hay quien está libre y hay encadenados. Y mis pies no pueden con
mi corazón.

26

-Sólo te pido lo que quieras darme.
-Sí, sí; ya te conozco, mendiguito satisfecho; ya sé que quieres cuanto tengo.
-Si te sobra una florecilla, dámela para mi corazón.
-¿Y si la flor tiene espinas?
-¡Dame también las espinas!
-Sí, sí; ya te conozco, mendiguito satisfecho; ya sé que quieres cuanto tengo.
-Si levantaras tus ojos amantes a mis ojos una vez, mi vida sería dulce más allá de la muerte.
-¿Y si solo tuviesen miradas crueles?
-¡Para siempre quedarán clavadas en mi corazón!
-Sí, sí; ya te conozco, mendiguito satisfecho; ya sé que quieres cuanto tengo.

27
-No cierres tu corazón al amor porque te dé tristeza, y ten esperanza.
-¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender...
-El corazón no puede darse sino en lágrimas o canción...
-¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender...
-Breve es el placer, como una gota de rocío, y mientras ríe, se muere. La pena, en cambio,
es larga y permanece... ¡Que el amor triste despierte en tus ojos!
-¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender...
-Por no esperar en capullo, entre la nieve eterna del invierno, el loto se abre al sol
y pierde cuanto tiene...
-¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender. ..

28
Tus ojos me preguntan tristes y quieren ahondar en mi
sentido como la luna en el mar.
Sin esconder ni retener nada, te he desnudado mi vida, desde el principio hasta el fin.
¡Por eso no me conoces!
Si yo fuera solo una joya, podría partirme en mil pedazos y hacerte una sarta para el cuello.
Si yo fuera solo una florecilla redonda y dulce, podría arrancarme de mi tallo y ponerme en tu pelo.
Pero ¿dónde están, amor, los confines de mi corazón?
Tú no conoces bien mi reino, aunque seas su emperadora. Si esto fuera solo un momento de placer,
florecería en una sonrisa fácil y tú podrías verla y comprenderla en un instante.
Si fuera esto solo un dolor, se derretiría en claras lágrimas y tú verías lo más hondo de su secreto
sin hablar él una palabra. Pero esto es el amor. Su dolor y su placer no tienen límites,
y son sin fin en él necesidades y tesoros. Está cerca de ti como tu vida misma, amor mío,
¡pero tú nunca podrás llegar a conocerlo del todo!

29
¡Háblame, háblame! ¡Dime en palabras lo que has cantado!

...¡Qué oscura está la noche! Las estrellas se hanperdido entre las nubes y el viento anda por las hojas...
Soltaré mis cabellos. Como otra noche me envolverá mi manto azul. Cogeré tu cabeza contra mi pecho,
y, en nuestra dulce soledad, hablaré bajo, junto a tu corazón... Cerraré mis ojos para oírte.
No te miraré a la cara .
Cuando tú hayas concluido, nos quedaremos los dos mudos y quietos. Solo se oirán los árboles en la sombra...
Palidecerá la madrugada y el día se irá abriendo. Nos miraremos en los ojos y cada uno se irá por su camino ...
¡Háblame, háblame! ¡Dime en palabras lo que has cantado!

30
Tú eres la nube crepuscular del cielo de mis fantasías.
Tu color y tu forma son los del anhelo de mi amor.
Eres mía, eres mía, y vives en mis sueños infinitos.
Tienes los pies sonrojados del resplandor ansioso de mi corazón,
¡segadora de mis cantos vespertinos!
Tus labios agridulces saben a mi vino de dolor. Eres mía,
eres mía, y vives en mis sueños solitarios.
Mi pasión sombría ha oscurecido tus ojos,
¡cazadora del fondo de mi mirada! En la red de mi música
te tengo presa, amor mío. Eres mía, eres mía,
y vives en mis sueños inmortales.


No puedo ofrecerte una sola flor...

No puedo ofrecerte una sola flor
de todo el tesoro de la primavera,
ni una sola luz de estas nubes de oro.
Pero abre tus puertas y mira; y coge,
entre la flor de tu jardín,
el recuerdo oloroso de las flores
que hace cien años murieron.
¡Y ojalá puedas sentir en la alegría de tu corazón
la alegría viva que esta mañana de abril te mando,
a través de cien años, cantando dichosa!


El hogar


No se ha puesto el sol todavía
y aún no ha empezado la feria
que han montado en la ribera.
Pensé que había perdido
todo mi tiempo y mis monedas;
pero no, hermano mío, algo me resta aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

He acabado mi negocio.
Están hechas las cuentas
y regreso a mi hogar.
¿Qué he de pagarte, guardián?
Tranquilízate, algo me resta aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Se ha detenido el viento
y las nubes oscuras y bajas del crepúsculo
no anuncian nada bueno.
El agua espera callada el vendaval.
Voy a pasar al otro lado del río
pues tengo miedo de que caiga la noche.
¿Me pides el dinero de¡ viaje, barquero?
Sí, hermano mío, algo me resta aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Un mendigo se ha sentado
a la vera del camino debajo de un árbol.
Me mira esperando con timidez.
Es muy posible que crea que llevo mucho dinero.
Sí, hermano mío, algo me resta aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Ya ha caído la noche
y se ha desvanecido el camino desierto.
Brillan las luciérnagas en medio de las frondas.
¿Quién me andará siguiendo en silencio,
ocultándose si me vuelvo a mirar?
¿Quieres robarme, verdad?
Pues no te marcharás con las manos vacías,
pues algo me resta aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Luego, cuando a medianoche llego a mi casa
con la bolsa sin nada,
tú me estas aguardando a la puerta,
con un mirar ansioso,
insomne y silenciosa; y te echas en mi regazo
como un tímido pájaro, llena de amor.
Sí, sí, ¡Dios mío! ¡Cuánto me resta aún!
¡La suerte no me lo ha quitado todo!


Oración

Señor:
que yo nunca rece para ser preservado de los peligros,
sino para alzarme ante ellos y
mirarlos cara a cara.

Que no pida la extinción de mi dolor,
sino el coraje que me falta
para sobreponerme a él.

Que no confíe en aliados en la guerra de la vida
sobre el campo de batalla del alma:
que sólo espere de mí.

Que no implore, espantado mi salvación,
que tenga la fe necesaria para conquistarla.

Dame no ser ingrato:
pues a tu misericordia debo mis triunfos.

Y si sucumbo, acude a mí con tu brazo fuerte.
¡Y dame la paz, y dame la guerra!


Soledad

Sentado en la puerta de mi cabaña
canto en voz baja.

La mañana, a mis pies,
me mira con sus puros ojos de doncella.
Por el camino ríen y cantan los enamorados.

¡Y nadie viene a acompañarme!

Sentado a la puerta de mi cabaña
sueño a las nubes.

El mediodía me contempla con sus quietos ojos.
En la floresta dorada se miran los amantes.

¡Y nadie viene a acompañarme!

Sentado a la puerta de mi cabaña callo, nostálgico.
La tarde me mira con sus ojos de cervato.

Hacía el río, en la penumbra morada,
se esfuman las parejas.

¡Y nadie viene a acompañarme!

Sentado a la puerta de mi cabaña
suspiro y estoy triste.

La noche me mira con sus ojos estrellados.
En el aire cálido palpitan
besos y caricias.

¡Y nadie viene a acompañarme!


La palabra del hombre

"Mi oración, Dios mío, es esta:

Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero
mis alegrías y mis pesares.

Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre,
ni doblar la rodilla al poder del insolente.

Dame fuerza para levantar mi pensamiento
sobre la pequeñez cotidiana.

Dame fuerza, en fin, para rendir mi fuerza
enamorado, a tu voluntad.

 

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