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Página de Inicio Argos Obra Literaria de Giovanna Benedetti La lluvia sobre el fuego

La lluvia sobre el fuego

Giovanna Benedetti

Esta tarde a la seis cuando mi marido vuelva a casa, me va a encontrar tirada detrás de la cortina del baño con las venas desangradas y las muñecas abiertas y aunque sé perfectamente que cuando él llegue estaré muerta, creo que puedo desde ahora adivinarle el recorrido, suponerle el juicio antes del paso, el pulso calculado de una mano en el Toyota asegurando el freno, subiéndole el cristal a las ventanas, las llaves en las dos puertas y ya afuera, en el garaje, el gesto pretensioso de dejar rodar el mundo por la esquina del recuerdo con el cuello ladeado hacia la izquierda, como si las líneas del carro en lugar de estar enfrente, le estuvieran brotando a él de la cabeza.

 

Mi marido regresará esta tarde directamente del trabajo; sin amigos, ni bares, ni happy hours de intermedio. Lo sé porque hoy es jueves y la rutina de estos días no incluye el recorrido habitual de sus festejos.

Cuando llegue, se bajará del carro silbando “Magia blanca”, una canción ridícula que le viene dando vueltas en la lengua hace quince años; le dará una patadita a cada una de las llantas, sobará la capota, la pintura inmaculada, el cromo de las líneas, sonriéndole a la suma de su esfuerzo convertido en máquina, en metal azul brillante y, con la música en la boca, sacará del maletero la bolsa con las dos piñas que le regaló esta mañana la secretaria de su jefe, recordando, al dejar la tapa nuevamente, que había pensado ajustarle unos tornillos “porque la cerradura no engancha, se me está dañando”, vengo oyéndole decir desde hace días y enseguida buscará las herramientas, la latita de aceite, un trapo sucio y dejará en el suelo las bolsas con las frutas.

Media hora después de estar arrodillado, la penumbra de la tarde le dará excusa exacta para olvidarse del asunto sin darse por vencido y subirá las escaleras silbando “Magia blanca”.

La sala estará a oscuras, ni rastro de mi sombra, pero él, al no verme creerá que estoy en otro cuarto, en la recamara dormida, supondrá tranquilamente (¿o podrá saber entonces que estoy muerta?). No lo sé, mi marido irá llenando cada esquina de la casa con su canción absurda sin sentir mi silencio y, a través de las paredes del apartamento, la televisión del vecino le hará la voz de fondo y le dirá en ese momento que son las seis y media. A esa hora —y aunque sé perfectamente que le tiene sin cuidado lo que diga el noticiero—, irá mecánicamente a encender el aparato “porque todo buen ejecutivo debe dar la apariencia de saber cómo anda el mundo”, dice el libro; y ya dispuesto, el pecho al aire, sin zapatos y sin medias, buscará en la cocina una lata de cerveza y quedará un buen rato mirando la pantalla.

No estaré todavía en su conciencia. Puedo estar a lo sumo atrincherada en uno de esos recovecos de la mente que le suelen anunciar las horas punta: la cena, por ejemplo. Pero mi marido aún no tendrá hambre, los jueves come tarde y además no hay apuro; cuando sienta el primer toque de advertencia de sus tripas, a las ocho más o menos, la fatiga de la hora le dará por acordarse de las piñas y buscará el cuchillo grande en la cocina por todas las gavetas sin hallarlo. Entonces, por primera vez desde que puso el pie en la casa, mi nombre surgirá violentamente de sus labios en la mitad de dos carazos mientras sigue revolviendo los cacharros, gritando y maldiciendo cada vez con más vehemencia. Al final del escándalo, no le quedará más remedio que quitarle la cáscara a la fruta como pueda, con la sierrita del pan que está oxidada.

Comiéndose un pedazo mal cortado de la piña, mi marido entrará al cuarto con la cólera bailándole entre pecho y espalda; seguramente esperará encontrarme arropada en media cama ajena a sus reclamos y a sus quejas; y al no verme, se quedará unos segundos inmóvil disolviendo su sorpresa antes de avanzar hasta la puerta del baño que estará cerrada; pero él no la abrirá inmediatamente, se acercará, despacio, “estás ahí”, dirá, pegando la oreja a la madera para auscultar mejor un ruido extraño que le llegará de adentro (pluc-pluc-pluc).

“El grifo abierto”, pensará, “goteando en el silencio”. (pluc-pluc-pluc). Mi marido irá girando el puño en la cerradura de la puerta, la empujará (pluc-pluc-pluc) y después no dirá nada; mecánicamente cerrará la pluma abierta, prenderá la lamparita encima del lavamanos y se abrirá la bragueta para orinar con calma.

A través del espejo, todavía orinando, mirará el azul oscuro de la cortina del baño, entonces volteará un segundo la cabeza a sus espaldas (¿una sombra haciendo bulto?)

Pero su intriga no irá más allá del inconsciente y volverá a mirar al frente, al lavamanos, sin saber en ese instante que ese bulto seré yo y que quedo allí esperando.

Cuando salga del baño, mi marido pensará sencillamente que no estoy en la casa, que estoy en la calle deambulando por las tiendas, la farmacia, el supermercado o con Diana mi amiga en cualquier parte, es igual, le dará exactamente lo mismo a juzgar por la forma como subirá los hombros y dejará resbalar una mueca de desdén por la esquina de sus labios cuando vuelva a cortar en la cocina un pedazo de la piña y se sirva otra cerveza.

La voz de Diana en el teléfono le dirá que no me ha visto en todo el día; será ella quien llame pidiendo hablar conmigo; “no, no está, pensé que estaban juntas” y colgará realizando que es extraño, muy extraño, su mujer no sale sola, no a esas horas normalmente y por primera vez la duda le asaltará el cerebro. Sin embargo, él sabrá que no hay problemas, después de todo una esposa siempre llega.

Mi amiga volverá a llamar y él le dirá lo mismo. Hablarán de cualquier cosa y al oírla, mi marido irá ubicándole a distancia las palabras, cada gesto que imagina, armando y desarmando a Diana como un rompecabezas en el recuerdo. Entonces, al cerrar el aparato y como si fuera un trampolín porque las dos son rubias, se encontrará metido en la figura de Roxana (no quería pensar en ella) y sin embargo, las manos de Roxana, el cuello de Roxana, el escote que llevaba esta mañana, el color de la camisa abotonada al frente; Roxana con los ojos grandísimos sentada en su escritorio al otro lado del pasillo, Roxana entre dos tardes buscando su mirada de perfil, de lejos o de golpe en una esquina cuerpo a cuerpo.

Es curioso, la mujer que desde hace unos meses le viene calentando las meninges no es otra que la misma secretaria del montón que por años ha venido tropezándole la paciencia sin levantarle un pelo; jamás la distinguió mayormente de las otras, hasta el día en que ocurrió la coincidencia; un gesto, cualquier cosa, se encontrarían en la calle, se dirían una palabra diferente y a partir de aquel instante habría quedado instalada de golpe la sorpresa, el misterio, la química del tacto que le obligaba a buscarla, a adivinarle el rostro, a comprobar que era sensible al juego de miradas, a sentir que perfilaba coquetamente el reto, que proponía su estilo propio invitándole al encuentro.

Mi marido creyó siempre que aquello era un secreto; y acabó por convencerme, en mitad de mis sospechas, de que esa realidad que yo le estaba adivinando en las pupilas cada noche después de estar con ella no existía. Mientras tanto, yo me fui refugiando en la duda y el silencio y terminé por irme acomodando dócilmente a la indulgencia. Como todas.

Y es que en esas circunstancias (a veces pienso que los hombres no lo entienden) para toda mujer hay dos verdades y también dos mentiras, dos mitades de una misma realidad que una aprende a combinar a veces sin conciencia: la verdad que una evita a pesar de la sospecha, y la mentira que una acoge por encima de la duda; porque entonces, lo que cuenta es lo que queda, ese último retazo que aún podemos sostener por un extremo, ese cabito de amarre que sabemos que se puede romper de un tirón seco y que vamos destemplando, aflojándole la mano, aguantando a puro pulso ante el miedo espantoso a la ruptura o el temor impotente de la pérdida.

Pero es tarde y hoy es jueves. Él vendrá llegando a casa sin problemas, sin sospechas, su casa es el rincón intocable del guerrero, la última cantina.

Sentado en el sofá, mi marido seguirá esperando mi regreso, cavilando su venganza, la forma merecida de mi recibimiento, imaginando el diálogo –¿los celos?— las razones infalibles que amparan sus derechos.

Pero yo sé que su mente irá encontrando algún pretexto cuando los dedos de una mano empiecen a tamborilear por su cuenta en la lata de cerveza, cuando los pies en la butaca se acomoden tranquilamente al sueño, cuando la pequeña arruguita de su frente le haya vuelto a marcar un gesto antiguo de impaciencia, o cuando vaya descubriendo que la novedad de mi ausencia ha empezado a perder filo aclimatándose al letargo de su cuerpo. A esas horas de la noche, lo único que hará bulto en su conciencia será un cansancio gigantesco y las ganas de un buen regaderazo tibio que le prepare el sueño.

En el cuarto de baño, se mirará el perfil desnudo en el espejo. No está mal, él lo sabe, el peso de las carnes se le amolda perfectamente al cuerpo, el pellejo le respeta en cada músculo el esfuerzo sostenido de correr una hora al día tres veces por semana.

Sí, definitivamente, la piel se le pega bien, da buena forma.

Mi marido buscará encontrar la pose justa inflando el pecho con un pie atrás doblado en punta y la cintura inclinada, el cuello recto mirando hacia delante, el brazo izquierdo que baja tocando grácilmente las rodillas flexionadas, el perfil de las caderas suspendidas —¡la pose del discóbolo— un segundo de equilibrio y el brazo derecho que empieza a levantarse por la espalda en línea oblicua apretando entre los dedos el bulto de una toalla como si fuera el disco, sube, hasta ubicar el ángulo exacto en el juego de los hombros y las piernas.

Al tercer timbrazo del teléfono, el discóbolo quebrará su pose y echará a andar con la toalla caída por los hombros pero no llegará a tiempo, el último rin le dejará congelado a medio metro: “Diana otra vez”, irá pensando cuando vuelva a entrar a la recámara; pero entonces, se quedará de una pieza al echar una mirada encima del armario y descubrir que mi cartera de cuero chocolate, la única que uso diariamente al salir a la calle, ha estado allí todo el tiempo. La abrirá boquiabierto rebuscando un sinfín de explicaciones incoherentes; meterá una mano adentro, con cuidado, con el afán de un niño descubriendo el sexo: la libretita de apuntes, cosméticos, el monedero y por fin, lo que no quería encontrar pero temía que estuviese: el llavero con mi signo del zodíaco, todas las llaves de la casa, las únicas que tengo y él lo sabe. Entonces, desnudo como está entrará corriendo al baño, cogerá los pantalones del suelo y se los pondrá de un tirón sin calzoncillos; cruzará la sala en dos zancadas, bajará las escaleras del edificio y una vez afuera, entre la lluvia y las sombras, la noche irá cubriéndole de miedo sus sospechas.

Mi marido caminará la cuadra arriba despacio hasta la esquina, cruzará la calle e irá apurando el paso, buscando un nuevo movimiento, otro ritmo, acomodándose al impulso que conocen sus piernas, más de prisa, subirá la avenida, bajará el malecón y romperá a andar sobre el cemento ya sin freno, los talones descalzos machacando el suelo duro, los diez dedos de sus pies absorbiendo el golpe intenso.

Un par de horas más tarde, la presión de las piernas, el sudor y la lluvia se habrán encargado de ponerle un rostro ajeno (el mismo que utiliza por las tardes al volver del trabajo) y una vez en la casa, subirá silbando “Magia blanca”, abrirá la puerta, me llamará un par de veces, cariñoso, risueño y entrará cojeando con el cuerpo sudoroso, los ojos divertidos, revolviendo el ambiente, levantando los muebles, buscando en todas partes, debajo de la cama, el armario, las esquinas y, antes de entrar al baño, descubrirá de pronto al desnudarse, el rastro de lodo y sangre que habrán dejado en el suelo las huellas de sus pies adoloridos. Mi marido extenderá el brazo derecho y tocará la cortina azul oscura, haciéndola a un lado y descorriendo el plástico para meter el cuerpo adentro; sin embargo, al mirar del otro lado, lo único que tendrá tiempo de encontrar más allá de la sorpresa será el espacio justo para dejar salir un grito, un grito largo, cortante, como el filo del cuchillo que él estuvo buscando en la cocina y que no pudo encontrar por ningún lado, el mismo cuchillo grande que en ese preciso instante estará terminando de partirle de lado a lado el cuello.

 

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