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Entre durazneros y leyendas

Por Juan Carlos Robles

Los filos de los cuchillos durazneros brillaban rielosos con la tenue luz del atardecer en las alturas de la quebrada de Huanta, a punto de comenzar su frenética danza circular alrededor de los peludos y olorosos duraznos, artísticamente apilados en el centro del gran patio del rancho del tío Susto Meneses. Comenzaba así una de las más entretenidas actividades de agricultura familiar y solidaria  entre vecinos: la pela del durazno.
En plena época estival, mes de febrero, cuando la hermosa Quebrada de Huanta mostraba orgullosa sus primores de uva rosada pastilla, durazneros amarillos y rosados, ciruelas negras y blancas, con niños pajareros que a punta de honda y peñascazo espantaban a los pájaros golosos que se disputaban la fruta madura de los huertos, la quebrada de Huanta se convertía en una real “tierra de ambrosía”, como decía Gabriela Mistral.
A eso de las dos de la tarde, con un sol abrazador lamiendo nuestras cabezas, comenzaba con gran ruido y algarabía el “apaleo” de los durazneros. Esta tarea consistía en dar de palos a las matas de durazno con una vara de eucaliptus de aproximadamente tres metros de largo y así hacer caer los hermosos y maduros duraznos para la pela de la noche, tras los apaleadores (generalmente tres hombres), íbamos  la cuadrilla de recogedores de la fruta con redondos canastos con aro incluido fabricados en caña elquina por el legendario canastero del boquerón del rio turbio, conocido por todos como “El tiuque Cenobio”, entre risotadas y durasnazos por el “espinazo” y la abuela entonando amenazas para que nos portáramos bien, íbamos acumulando los duraznos en la gran pila del patio, pero antes se ponía en el centro de esta una gran damajuana de vino tinto echo también en casa, de quince litros o “mano en jarra” como la llamaban por las dos asas que tenía, esta era el premio mayor para los peladores de duraznos, ya que a medida que la pila iba bajando se empezaba a asomar el cogote de la damajuana, los cuchillos durazneros volaban sobre la cascara de los duraznos, así como también la sed acariciaba la garganta de los peladores y peladoras de duraznos.
―¡Canasto pelado, canasto azufrado! ―gritaba el azufrador, personaje encargado de llevar los duraznos pelados hasta la azufradora, en la cual permanecían un tiempo prudente para luego esparcirlos en secadores de caña y pita para que el sol padre hiciera su tarea y así cosechar el producto final: los sabroso huesillos que tanto vitorea el vendedor de mote con huesillos en las ciudades y pueblos de Chile.
Ya entrado el ocaso, cuando la noche empezaba a cubrir con su negra mortaja los parajes y las almas de los mortales de la Quebrada de Huanta, para hacerle frente a la oscuridad de la noche se encendían los “Chonchones” a parafina en las esquinas del rancho. A la pila de duraznos aún le quedaban tres cuartos y la damajuana se mostraba ya de medio talle pero no de cuerpo entero, cuando comenzaban a contarse las más increíbles historias de duendes, chonchonas, viudas negras, brujos y aparecidos.
―Les voy a contar la historia de Ño José Malo ―tomó la palabra el dueño de casa conocido por todos como el Susto Meneses, hombre más bien viejo de unos setenta años pero bien tenidos, de estatura baja y de vocabulario más bien soez, pero inmensamente alegre y bromista.
Me acomodé en mi rústica banquita de madera y agrandé lo más que pude mis oídos, para no perderme ni un detalle de esta increíble historia que se nos venía encima.
―No sé si se acuerdan ustedes que para el invierno del año pasado padecí un dolor de riñones de los mil demonios ―dijo el tío Susto a los presentes, algunos asintieron con la cabeza y el resto guardó silencio para que el relato continuara.  ―Pues bien, el caso es que como no mejoraba con nada de esa maldita dolencia, decidí ir a consultarle mi caso a Ño José Malo, famoso Meico, brujo y curandero de Vicuña, que ustedes muy bien conocen o han oído hablar de él.
En efecto, José Malo era un afamado curandero que vivía en un pasaje detrás del Hospital de Vicuña, lo que hoy en día es la calle Prat, en un raído rancho de adobe con techo de totora, sin más compañía que sus perros y gatos. Este hombre solitario, flacuchento, de mirada negra y profunda como la noche se ganaba la vida atendiendo dolencias, penas de amor, amarres, y dando datos de ricos derroteros, enterrados en algún lugar del Valle elquino, a los humildes y creyentes hombres y mujeres de esta tierra. Dicen que no cobraba dinero por sus consultas, solo aceptaba lo que la gente le llevaba de regalo, víveres, yerba, azúcar, una gallina, cigarros, etc.
―Como les iba contando ―prosiguió el Tío Susto, un día de madrugadita ensillé mi caballo rosillo, bien aperadas las alforjas con yerba, azúcar, un poco de charqui de guanaco y me las emplumé para Vicuña a ver a Ño José Malo. Llegué a Vicuña con noche cerrada al rancho del Meico, luego de los saludos de rigor y de desensillar mi sudado caballo, Ño José me invito a pasar al rancho y después de una ronda de mates y charqui machacado con cebolla me lanza la tradicional pregunta:
―¿Qué lo trae por estos lados, amigo Meneses?
En breve le cuento de mi dolencia de los riñones y que venía para que me sanara.
―A ver, esta noche vamos a trabajar con mis ayudantes ―me dijo el brujo con toda naturalidad.
―¿Tiene ayudantes ahora, Ño José? ―pregunté intrigado, yo sabía que vivía solo con sus gatos y sus perros.
―Los tengo hace muchos años amigo, lo que pasa es que les pido ayuda solo en los casos complicados como el suyo y muy pocos saben de ellos, acompáñeme al patio, ahí viven los diablillos me indico el viejo,
Intrigado y un poco asustado seguí al brujo hasta el patio. Ño José malo se dirigió hasta el patio trasero del rancho, donde se destacaba una frondosa mata de naranjo, cargada de jugosas naranjas, el viejo removió las hojas y el pasto seco del tronco del naranjo y sacó con cuidado una gran olla de  fierro fundido con una tapa con unos agujeros como para que entrara aire, regresamos en silencio al rancho y puso la olla sobre una mesita chica donde tenía el mate y la yerba, le quitó la tapa y con la bombilla matera golpeó el borde de la olla tres veces, como por arte de magia y ante mi asombro evidente aparecieron tres monitos no más altos que un jeme de mi mano, eran unos duendecillos muy simpáticos y locuaces, de distintos colores, uno blanco, el otro negro y el tercero de color verde, en estos diablillos estaba representada las tres poderes de la  magia: la magia blanca, que tenía que ver con la salud; la magia negra, que se dicaba a la maldad, el oscurantismo y todo lo que al demonio se refiere; y, por último, la magia verde, que se dedica al amor, amarres y otras yerbas. Ante  mi asombro y dando saltitos en el borde de la olla los diablitos con una vocecilla finita le  dijeron a Ño José:
―Mande mi amito, diga no más.
―A ver hijito ―dijo el brujo dirigiéndose al diablito blanco ―dime cuál es la dolencia de este buen hombre ―aludiéndome a mí.
―Este  hombre tiene arenilla en los riñones, mi amito dijo el diablillo.
―Dime ahora cuál es la cura para su mal.
―Agua de canutillo (limpia Plata) y saltar el cordel en las mañanas para que salga la arenilla de los riñones― mi amito. 
―Muy bien ―dijo José Malo a los diablillos ―pueden volver a su olla.
Los diablitos saltaron al fondo de la olla y se quedaron mirando fijo al brujo con sus ojillos rojizos como suplicando algo
―Tienen hambre ―musitó el brujo, y en seguida cogió un puñado de aserrín de hierro que tenía en un tarro y se lo arrojó a los diablillos.
―Gracias mi amito ―dijeron a coro, y comenzaron a engullirse el aserrín como condenados, este era su bocadillo favorito, también comían virutilla, agujas y alfileres.
―Ya escuchó usted mi amigo ―me dijo el brujo, ya sabe lo que tiene que hacer para sanar de su dolencia.
Los cuchillos durazneros seguían su danza sobre los duraznos olorosos, pero en la estancia no volaba una mosca que pudiera interrumpir el fantástico relato del tío Susto Meneses.
―Gracias Ño José ―dije con voz trémula, y con el más grande respeto le pregunté:
―¿Oiga, Ño José, cómo se hizo de esos diablillos?
―Es un demoniaco secreto, amigo Meneses ―dijo el viejo, pero como usted es mi amigo se lo voy a revelar.
―Tener estos diablitos es hacer un pacto real con el Diablo amigo, continuó el brujo. Lo primero que hay que hacer es buscar un gato adulto completamente negro, una olla de fierro fundido con tapa como esta, y buscar una higuera lo más alejada posible de cualquiera intromisión humana, el rito se debe llevar a cabo para la noche de San Juan, justo a las doce de la noche, cuando florece la higuera, yo lo hice en la aguada de la Totorita, amigazo ―continuó su relato el brujo―. Como le decía, hay que ubicar la higuera, juntar mucha leña y encender la fogata, se pone la olla al fuego sin agua, seca no más, esto hay que hacerlo tres cuartos de hora antes de las doce, para que cuando llegue la hora y florezca la higuera la olla este al rojo vivo. Llegada la hora fatal, arrojas el gato negro vivo dentro de la olla, aseguras la tapa con alambre y comienzas a avivar el fuego para que no se apague y ahora es cuando comienza lo bueno, porque sentirás al gato que lanza los más horrendos gritos y maullidos, hay que poner el corazón como piedra para no destapar la olla y permitir que el infeliz animal escape, se vendrán sobre ti las más terroríficas alucinaciones, toros furiosos salidos de la nada que te atacaran sin piedad, chonchones aleteando sobre tu cabeza, ráfagas de vientos endemoniados y verás al mismo Satanás que te pide que firmas el pacto con tu propia sangre, pero todas estas alucinaciones serán desvanecidas por la tenue luz de la flor de la higuera. Se debe continuar con este rito de maldad sin nombre hasta que se escuche a lo lejos el primer canto de un gallo, ahí todo volverá a la calma, se espera un poco para que la olla se enfríe y rezando la oración de San Cipriano se destapa la olla y ahí estarán los tres diablitos que te reconocerán como su amo.
―Este era el secreto de la fama de este legendario Meico brujo, convertido ya en una leyenda viviente del Valle de Elqui, pensé para mis adentros ―dijo el Tío Susto―. Regresé esa misma madrugada a mi rancho, acompañado por el canto del chonchón cada cierto rato y del dolor de riñones ni rastro ―remató el Tío Meneses.
―¡Queda el huacho! ―gritaron los peladores en alusión al último durazno de la pila.
Y se abalanzaron sobre él las manos ávidas por agarrarlo, triunfando la Tía Chila, y mientras lo pelaban, los presentes contaban a coro:
―¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, durazno pelado! ―exclamaban entre aplausos y risas.
El que lograba pelar el ultimo durazno de la pila, tenía el honor de descorchar la damajuana de vino que ya se lucía en todo su esplendor, para hacer el primer brindis y comenzar la fiesta con guitarreo y guifas.
Era la vida misma que palpitaba en esta tierra bendita, carne de roca del Valle elquino.

 

 

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