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El Pacto

Por Juan Carlos Robles

―¡Ahijuero al lao el otro!, ¡a guacho lobo, a guacho lobo!, los gritos destemplados de los arrieros se confundían con los ladridos de los perros pastores que se afanaban en tratar de mantener en el camino polvoriento la columna de ovejas y cabras que sumaban miles rumbo a los pastoreos estivales de la Estancia de Siciliano en las costas coquimbanas, habíamos salido de la cordillera del Colorado en Cochiguas, con la espuela  del lucero madrugador guiándolos como yegua sencerrera por los retorcidos senderos del Valle elquino. A cargo del arreo como Capataz venia Ño Rogelio Robles hombre más bien menudo pero de un temple de acero forjado en las salitreras del norte, a don Roge como lo llamaban sus hombres, se le sumaba El Tórtola de barro, arriero antiguo sombrío  y ladino, a cargo de las mulas de tiro venia el Flaco Arredondo, hombre de campo de hablar cascabelero y gracioso y otros mocetones que cumplíamos el trabajo de maruchos por ser novatos en el arreo.
La descomunal columna de animales ganaderos era de propiedad de Don José Mercedes Chiguallante, rico hacendado del Valle de Elqui, que aparte de las miles de cabezas de ganado era propietario de fundos y estancias en la cordillera y la costa de la provincia de Coquimbo. Se comentaba que el origen de su fortuna provenía de oscuros pactos que había hecho con el Malulo (el diablo), en sus orígenes como rico hacendado, esta versión seria confirmada años más tarde por Don Roge en un descanso junto al fogón que los arrieros hacen para pasar la noche, matear y darse  un descanso tanto ellos como los animales, en su eterno ir y venir entre la costa y la cordillera.
―En ese viejo pasero que se ve allá en la falda de cerro, yo velé en vida a mi patrón Don José Mercedes ―dijo de repente Don Roge, acomodando su cigarro de hojas, frunciendo el ceño como para recordar bien los detalles de la historia que nos contaría.
Acostumbrados a escuchar sus historias de norte y campo nos acomodamos con las monturas como almohadas, haciendo circular el mate en silencio para no interrumpir el relato de Don Roge.
Disimuladamente levante la vista para  ubicar el viejo pasero, y efectivamente ahí estaba mudo cabizbajo soñoliento en la mitad del cerro coronando los viñedos del boquerón del Río Cochiguas frente a Montegrande en el cerro EL Fraile, ahora  cerro Gabriela Mistral, este viejo pasero se puede observar hasta los días de hoy.
―Por allá  por el año treinta y tres ―continuó su relato el viejo Roge―, yo llegue desde las salitreras del norte por estas tierras en busca de trabajo, venia derrotado con la crisis del salitre junto con mi esposa Anita y mi hija La Florita, como hombre de campo, ya que como ustedes saben yo soy Ovallino, no me queda grande este oficio de arriero, así que me le cuadré al futre y le pedí trabajo. El rico me miro de pies a cabeza como tasando a un caballo fina sangre, meditando un poco con voz entre bonachona y paternal me dijo:
―Sí claro hombre, creo que me servirías como empleado ―luego continuó―. Pero por lo que veo tú no sirves solamente para arriar un ganado o labrar la tierra, por lo que me contaste de tus correrías por el norte se me hace que tienes los cojones y los pantalones bien puestos.
―Si patrón, respondí para lo que mande.
―Pues bien, quedas contratado como capataz del ganado, luego conversaremos de un trabajito que harás y si todo sale bien te ascenderé a campañista y con mejor sueldo.
―Aquí comienza lo bueno niñitos ―dijo Ño Roge, pegándole una profunda chupada a su cigarro para continuar el relato.
―Meses más tarde en el mes de Junio, una noche que Don José Mercedes venía llegando de La Serena, me llamo a su despacho para conversar, y me dijo de algo muy delicado, y luego de ofrecerme una copita de guindado prosiguió:
―¿Tú le tienes miedo al Diablo Rogelio? ―me preguntó el futre.  
―Como le voy a temer si no conozco patrón ―contesté.
―Bien me parece, hombre pues pronto lo vas a conocer.
―Cómo es eso patrón.
―Vea Rogelio ―prosiguió el futre―, yo hace algún tiempo hice unos tratos con el Mandinga, lo que se conoce como Pacto con el Diablo, pues bien en esos acuerdos quedo estipulado y firmado con sangre que  a cambio de mis riquezas yo le debía entregar dos almas a él, la de mi hijo mayor y la mía, bueno según las fechas el primer pacto ya se cumplió y este condenado se llevó a mi querido hijo mayor en la laguna del cepo, como bien has escuchado a los inquilinos que solo encontraron la ropa, las espuelas y el sombrero, pero a mi hijo nunca más, créeme que no dejare de arrepentirme jamás por tamaña maldad cometida, pero lo echo, echo está.
Luego de echarse otro guindado al buche, respirando profundo el futre prosiguió:
―Ahora bien, pon mucha atención en lo que te voy a decir.
―Póngale no más por las hileras patrón.
―En unos días más Rogelio, llega la noche de san Juan, como bien sabes es el veinticuatro, bueno esa es la fecha fatal para cumplir con el segundo Pacto, y entregarme mansito al Diablo, pero no pienso hacérsela fácil, soy joven aún con mucha fortuna, por lo tanto he decidido darle pelea.
―Y como seria eso patrón, según se al Malulo no se le puede fallar.
―Nadie ha dicho que le voy a fallar o que me voy a escapar, lo que haremos es darle la pelea…me velaras en vida, según lo hablado con Juanito “Palito de Naranjo” el brujo, me dijo es la única forma de romper el Pacto y mandar el Mandinga al infierno con las manos vacías.
―Un escalofrío me recorrió el espinazo niñitos, pero me quedé callado escuchando.
―Hoy en la Serena compré todo lo necesario, un ataúd, cuatro sirios, agua bendita, un crucifico, bueno y tu coraje po Roge, remato el rico.
Bueno aparte de otras órdenes menores, Don José Mercedes me puso la mano en el hombro diciendo:
―Bueno estimado, en sus manos dejo mi vida y todo lo Ud. Ve, no me falle y yo sabré recompensarlo.
Los días que faltaban para el acontecimiento se me hicieron eternos, andaba como saltón y silencioso, repasando pá mis adentros el Padre Nuestro y las aves marías, que me había aprendido como que no quiere la cosa de los rezos nocturnos de mi mujer  y de Florita.
―Y bueno niñitos ―prosiguió su relato Don Roge―, la gran noche llego, como a las diez de la noche del día de San Juan, en el más absoluto silencio cargamos con el patrón las mulas con el ataúd los cirios los candelabros y la enfilamos por el camino tropero rumbo al pasero del cerro, recuerdo que la noche estaba fría, y se veían venir nieblas de camanchaca serpenteando  por los cerros, una vez en el pasero preparamos el velatorio, los cuatro cirios encendidos, fundamental en estas ceremonias negras, los que no se deben apagar por ningún motivo, si esto llegara a ocurrir el Diablo se llevaría retovadito al cristiano al infierno, el ataúd con la cabecera hacia el norte y el gran  crucifico de plata presidiendo el velatorio, justo a la media noche ayude a Don José Mercedes a meterse en el ataúd y “aquí te quiero ver escopeta”, como dice el dicho; apenas el finado vivo cerro los ojos dentro del ataúd, se descolgó del cielo un relámpago que ilumino toda la tierra, seguido de un gran trueno que me hizo silbar las orejas, después se vino una ventolera de los mil demonios que por poquito me apaga todos los cirios, yo corría de uno en otro con mi cochón para reencenderlos mientras creo que repetía “ Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre”, después escuché un gran ruido de cascos de caballos que venían derechito al pasero, y antes de arremeter con la puerta se convirtieron en una jauría de perros rabiosos negros como la noche y los ojos como brasas encendidas, “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”, seguía con mi letanía aventando chorros de agua vendita en las cuatro esquinas del cuarto, mientras el futre con los ojos cerrados sudaba a chorros y olía  a azufre y  a caca porque según yo calculaba estaba cagado hasta las paletas, bueno entre tantas ilusiones terroríficas las horas se me fueron volando, hasta que de pronto en los huertos del bajo se escuchó el canto de un gallo que anunciaba la madrugada, lo último que pude ver fue una gran bola de fuego que se venía sobre nosotros y justo con el canto del gallo explotó en una nube de azufre, luego vino la calma, el día empezaba a clarear, el futre se sentó en el ataúd y con lengua traposa y mirada perdida, me dijo en voz baja:
―Lo hicimos, Don Roge.
El  viejo Rogelio estiró su mano callosa para recibir el último mate y guardó silencio como lo hacía siempre. Yo cerré mis ojos atesorando en mi mente este fabuloso relato, patrimonio intangible de estas tierras elquinas.

 

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