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Página de Inicio Argos Obra Literaria de Gladys Mercedes Acevedo El Baño de Mandinga

El Baño de Mandinga

Por Gladys M. Acevedo

Mandinga llegó en el primer tren del atardecer y, aunque era muy temprano, el cielo se vio florecido de estrellas fugaces. Nadie las vio, excepto él, que tenía talento para detectar la perfección. Caminó entre los guapos de la cuadra, con su andar sereno y una leve cojera en su pierna izquierda. Estaba en la Estación Sunchales, la misma que un día lo viera partir con el alma hecha jirones del guapo más renombrado de Rosario, el Paisano Díaz. También en esta ocasión -como en aquella- lucía su ridícula corbata roja y la cicatriz de la ceja izquierda, que lo diferenciaba de los malevos y pendencieros que andaban por allí. No era feo, sin embargo su cara irradiaba una autoridad de mando que sólo se podía advertir en los dictadores más feroces. No obstante, todas las mujeres, e incluso los hombres, giraron la cabeza para verlo caminar. Es que nadie se hubiese imaginado que ese hombre, cuyo andar rayaba lo ridículo y donjuanesco, era el diablo. Las estrellas siguieron cayendo en el firmamento y esta vez una pupila borracha del Petit Trianón alcanzó a pedir un deseo. Una música quejumbrosa sonaba en casi todas las esquinas, parecía emerger de la tierra o del mismo infierno, era sólo un tango que aleteaba triste aquí y allá. Esa melodía de arrabal hubiese conmovido a cualquiera, pero él no se inmutó. A metros de la estación, Pichincha se erguía como una monumental Babel pecaminosa. Su fama trascendía las fronteras y la imaginación de los incautos, y ningún varón que se preciara de serlo podía dejar de visitarla. Él, que manipulaba del derecho y del revés los siete pecados capitales, también entró allí. En el Petit Trianón. En el mismo lugar donde alguna vez se debatiera mano a mano en un duelo verborrágico con el mismo Señor. En esa ocasión, la disputa era el alma de una pupila que los dos terminarían despreciando. Cada uno dio sus argumentos como mejor pudo. Pero fue la propia joven, Adelaida Santa Cruz, con su voz de moribunda, quien pondría punto final al debate. "Me quedaré aquí -dijo ella-, en el mismo lugar donde veré nacer a mis hijos. Al fin y al cabo, yo no fui hecha para soportar ni el calor del infierno, ni las maravillas del cielo." Sin más, se levantó de la cama como pudo y dio un portazo antes de salir. Ambos sintieron el olor a sepultura fresca que quedó detrás de la mujer. -Déjala, ya volverá- dijo Mandinga. -Un hijo es un hilo indestructible que ata a la tierra a cualquier mujer. Dios sabía que Adelaida Santa Cruz no regresaría a la muerte por mucho tiempo. Se lo dijo la decisión en su mirada. El diablo se entretuvo conversando con la madama y sólo por curiosidad le compró un par de "latas" -la moneda de canje entre el prostíbulo y el cliente- cuyo reverso decía "Discretión et securité". Se las puso en el bolsillo y luego se marchó.
Venía como todos los inviernos a Rosario para algo especial: darse un chapuzón en la laguna del barrio La Lata. Allí, cuando la campana diera las doce, las viejas harían
cola para verlo llegar entre murmullos de credo mal pronunciados y lamentos de criaturas con hambre. La noche le abrió paso en ese laberinto de latas oxidadas que se reflejaban en el agua turbia. Pateó sin piedad a los gatos bullangueros y a los perros sarnosos que le impedían el paso. Todo el aire olía a mugre, a tristeza y alguien lloraba desgarradamente. Mandinga se preguntó en qué se diferenciaba ese barrio de miserables con el infierno. Estaba fría el agua, ideal para reconfortar su cuerpo. Se fue zambullendo de a poco entre los gritos de terror y el enjambre de Padres Nuestros de las viejas. La laguna comenzó a hervir como una caldera sin control y luego vinieron las olas de dos metros que golpeaban las precarias casillas de lata. Parecía el Apocalipsis anticipado. De pronto, él estuvo allí de nuevo con el rostro rozagante y la mirada complacida. Todo su cuerpo exhalaba un fuerte vapor de azufre. Como todos los años comenzó a cantar "La donna e mobile" antes de marcharse. Pero alguien le impidió el paso y le sostuvo la mirada con la misma desfachatez que diez años antes. Era la Adelaida Santa Cruz con su chorrera de hijos. Mandinga se rió con ganas y varias casas se desplomaron al instante. -Tú que sólo vales dos latas- le dijo arrojándole las fichas. Adelaida Santa Cruz no se ofendió. Levantó las latas y se las puso en su vestido de percal desteñido. Sus hijos la tomaron de la mano y una fuerza indescriptible se apoderó de ella. Rió con ganas antes de hundir el puñal en el corazón de Mandinga y gritarle: "Muere con discretión et securité.


Nota: Cuento publicado en la revista "Juglar, el cuento ilustrado", Rosario, set. de 2006.

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