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Conversación con el Maestro Pancho Amat sobre varios músicos de Cienfuegos

Por Sandra Busto

 

Una bella tarde y siguiendo las huellas de una investigación, me encontraba en los Estudios Egrem de La Habana, para hacerle una entrevista a Eduardo Sosa, un músico por el que siento

gran admiración. En ese momento entra Pancho Amat  y al presentarnos y explicarle Sosa el motivo de mi indagación, el Maestro Amat accedió a regalarme unos minutos, que se convirtieron en casi una hora que me dejaron fascinada.

 

El Maestro Francisco Amat Rodríguez (Pancho) es reconocido principalmente por su virtuosismo como tresero; instrumento de nuestra música al que le ha dado un sello muy personal y una dimensión que trasciende las fronteras. Es también un hombre de vasta cultura, hijo natal de Güines de Melena. Dentro de su trayectoria artística estuvo ligado a varios de los grandes músicos cienfuegueros que se radicaron en La Habana, los que le aportaron diversas enseñanzas. Conversar con él sobre esto me demostró la valía que dejaron en las generaciones actuales aquellos músicos y su obra.

Los años pasaron, sin embargo, quisiera retomar esa hermosa tarde y compartir con mis lectores la agradable conversación que sostuvimos. Espero poder trasmitirles lo que para mí fue toda una clase magistral, desde la vivencia y la experiencia de este grande de la música cubana.

Comencé preguntándole sobre importantes figuras sureñas que marcaron pautas en la historia de la música cubana. A lo que el Maestro respondió:

 

Pancho: Cuando escuchas la música actual de Cienfuegos y analizas la obra de Eusebio Delfín, Marcelino Guerra (Rapindey), Rafael Ortiz (Mañungo), Félix Molina (Felito) y Rafael Lay, te das cuenta de que hoy en día existe una continuidad de la obra de ellos, con más elementos actuales, pero con esa tradición de compositores importantes que ha tenido Cienfuegos.

El primero que me hace ver de un movimiento intermedio entre la trova tradicional y el filin, fue Mañungo. Voy un día a su casa en la calle Belascoaín, en un primer piso donde ensayaba con el Septeto Nacional. En ese momento era su director. Un amigo común me da la dirección, porque yo quería acercarme al Septeto, escucharlo de cerca. Después que terminaron el ensayo, me quedé un rato conversando con él. Yo le digo: «Maestro, hay una canción suya, que cuando la oí por primera  vez tendría unos catorce o quince años y me tuvo sin dormir una semana. Se me quedó en la mente aquella melodía, su sonoridad para mí era algo hipnotizante; es un tema que se llama Amor de loca juventud. Tiene una armonía que se sale del mundo de la trova y comienza a aproximarse al  filin. Te recuerdan la música que dio origen al jazz, en sus primeros años, por las armonías». Él me dice: «¿Sabes lo que pasa?, el problema es que cuando Rapindey y yo llegamos a La Habana, existía un señor que era matancero, y tocaba el tres, se llamaba Eliseo Silveira. Este señor, era hijo de Martín Silveira, un laudista negro matancero que cantaba décimas. Yo no sé exactamente si eran aprendidas o él las componía. Era Martín un hombre del mundo de la música campesina y su hijo Eliseo, del mundo del son. Después, otros intérpretes como el Niño Rivera, por ejemplo, cuenta que cuando llegó a La Habana y se fue a tocar a la playa Marianao ̶̶ que en los años cuarenta y cincuenta era un foco cultural importante, que contaba como con cinco o seis sitios ̶̶ , a una especie de cabaret de segunda línea, donde asistía todo aquel que no podía asistir al Cabaret de Hotel Nacional. Aquello tenía mucho movimiento y él decía que el hombre, el sonido que dominaba allí, era el de Eliseo Silveira. Él se iba con un tres y entraba a un cine que creo que se llamaba Oriente, que estaba en Balascoaín y algo. Allí exhibían las películas de aquella época, que venía con música, no con voz, un sonido de pianola e imperaba el Ragtime. Aquel señor pagaba su entrada y se sentaba en el gallinero todos los días para ver la misma película y aprenderse las secuencias armónicas que tenían que ver con aquella música de los primeros años del jazz.  Él empezó a componer de forma consciente con esos patrones. Ya Matamoros lo había hecho, lo utilizó en alguna de sus canciones, pero lo usaba donde le sonaba, de repente venía bien, lo agregaba y seguía con su son. Eliseo se propuso hacerlo todo con este sonido y negar el anterior. En lugar de poner tónica y dominante, tónica y quinta dominante; él te ponía tónica y bajaba un semitono: si estamos tocando en fa, en lugar de poner fa, do, fa; él te hacía fa, mi 7ma., fa. Para que el mi 7ma. negara el do, no hacía lo mismo de siempre, es otra época.»

Rapindey y Mañungo, cuando oyeron aquello quedaron seducidos por ese sonido y andaban como ratones detrás del flautista de Hamelín, me contaba Mañungo. De ahí surge Amor de loca juventud, de Rafael Ortiz, y a nivel de clave, de bongó y de ritmo, empezó a aparecer una canción con aquel concepto sonoro. Hablando con Radamés Giro, le dije que podía estar seguro de que hay una trova intermedia; con esas armonías, pero con clave y cantado a dos voces.

El filin es el que acabó con el bongó, la clave y las dos voces. A mí lo que me disgustaba es que no tenía clave. De muchacho, en el Pedagógico, recuerdo cuando iban a tocar César Portillo, José Antonio Méndez y Teresita Fernández. Yo gozaba la papeleta cuando al final de todo aquello José Antonio cantaba: Es muy sabroso tener un pupú, así piensas tú, porque todo lo demás era ad líbitum y yo decía: ¿Y esta gente por qué no le ponen un bongocito? Yo venía del mundo de la rumba y del  son. Aquello a mí me disgustaba y peleaba.

En esta trova intermedia los cienfuegueros tienen un peso importante. Felito también está en esa cuerda. Durante su estancia en la Capital, sus hermanos y él se van a acercar al grupo de trovadores que se reunían aquí en La Habana en el Callejón de Hamlet. Luego llevan todo esto a su ciudad.

Cienfuegos nos da, además, una de las instituciones emblemáticas de la cultura de este País, que es la Orquesta Aragón. Lay fue mi maestro de armonía, aprendí con él muchísimo de esta  materia y de otras también.

 

Sandra: Encontré una foto en la que están Rafael Lay y Felito tocando juntos cuando eran compañeros de escuela. Los unió una amistad de muchos años.

 

Pancho: Lay hacía un cuento de cuando él empieza a tocar en la Orquesta Aragón. Al morir el viejo Aragón le dejan a él la dirección. Estando en el escenario, obviamente en algunos momentos tenía que virarse hacia la orquesta para dirigir. En una ocasión estaban tocando en un teatro y quedaban más altos que el público. Cuando terminan, estaba la que era esposa del Presidente Osvaldo Dorticos, que era cienfueguero y había sido profesora de él. Lay se le acerca y le pregunta si le había gustado la orquesta y ella le responde: «Sí, Rafaelito, pero cuando te vires al público no te inclines, porque se ven que tus pantalones ya son viejos». Él tenía unos pantalones que estaban viejitos por detrás y cuando se inclinó, la señora que estaba en la primera fila, se dio cuenta. Pasa el tiempo y la Aragón alcanza la fama tanto en Cuba como fuera, y vuelven a tocar en otra ocasión en que ella estaba nuevamente sentada en primera fila. Él me contaba: Me viré, bailé y cuando terminamos me acerqué y le dije: Profe: ¡ya los pantalones están buenos!

Del centro de la Isla, aunque de Yaguajay, Sancti Spíritus, hay que reconocer también a Pedro Luis Ferrer. Él andaba por su parte y fue siempre un electrodo libre, su música yo te digo que formaba parte de esa estética de la Nueva Trova también. Ha trabajado mucho la décima. Tenía el antecedente de que su padre y su tío Raúl Ferrer que eran grandes poetas.

Otro cienfueguero que nos marcó fue Luis Gómez (1), un poeta decimista que no se debe olvidar, de los mejores exponentes del trabajo con la décima, un gran poeta en sentido general, muy bueno. Dentro del mundo de la poesía, la décima, que ocupa un lugar con imagen propia y en Cuba tiene una dimensión que no alcanza en otros lugares ̶̶ porque Espinel inventó su décima allá en Málaga, hace aproximadamente doscientos años y no tuvo ningún peso en la cultura española, o muy poco. Es curioso cómo en Cuba, sobre todo en un ambiente rural, desde el siglo diecinueve había punto cubano, aunque no se puede decir exactamente en qué momento empezó, sobre todo en las regiones agrícolas y en el campo, donde había un alto nivel de analfabetismo. ¿Cómo es posible que los campesinos cubanos, hicieran suya una métrica tan complicada? Eso es un misterio, de los tantos que tiene el arte. Y Cienfuegos se ha destacado por tener muy buenos poetas.

Siempre las grandes figuras, obviamente dejan una huella de la cual tú no puedes sustraerte. Todo el mundo tiene sus paradigmas, sus puntos de mira, aquellos que más nos impresionaron.

Yo le agradezco a la Providencia haber nacido y haber vivido este momento, este minuto dentro de lo que es el Universo que me tocó vivir por los compañeros que he tenido. He conocido gente muy buena, muy valiosa, con sentimientos realmente profundos y muy hermosos, con mucha luz en el corazón.

 

Yo también agradezco a la Providencia el haberme regalado esta conversación con el Maestro Pancho Amat. Escuchar sus vivencias me abrió una visión diferente a la que tenía sobre la cultura cienfueguera y me estimuló a penetrar cada vez más en ese universo escondido y lleno de misterios que es el arte. Escucharlo interpretar de manera espontánea Amor de loca juventud, de Rafael Ortiz, a dos voces junto a Eduardo Sosa, en una improvisación surgida para que yo apreciara los intervalos y la armonía, es uno de los momentos mágicos que guardaré por siempre como recompensa de mi trabajo.

 

Quedó mucho por preguntar, ojalá algún día…

 

(1) Luis Gómez es natural de Cumanayagua (N. del E.).

 

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