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El cine latinoamericano, sus tendencias estéticas y desafíos en el actual contexto

Por Jorge Luis Lanza

Los pilares fundacionales en los que se sustenta el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se remontan muchos antes que una fecha como el 3 de diciembre de 1978,

cuando nuestra región era víctima aún de crueles dictaduras latinoamericanas que condujeron al exilio a muchos cineastas y reconocidos intelectuales de la época.

 

El Festival de Cine de Viña del Mar constituye el antecedente más cercano del festival de La Habana, fundado por Alfredo Guevara, entre otras figuras del cine cubano y latinoamericano que resultaría engorroso mencionar. Desde sus inicios, el festival se nutrió de las idas de cineastas como Fernando Pino Solanas, Fernando Birri, Octavio Getino, Jorge Sanjinés, Miguel Littin, etc.

En este encuentro de cineastas que ininterrumpidamente viene celebrándose cada año en La Habana se funden las ideas de los referidos cineastas y de muchos intelectuales del continente. Según testimonio del cineasta Pastor Vega, quien participó de manera activa en su creación: “Nuestro festival es el resultado de una enorme necesidad que exigía respuesta. Los cineastas de nuestro continente no nos conocíamos, no conocíamos nuestras obras, no teníamos posibilidades de intercambiar nuestras ideas, aspiraciones y sueños. Los que en alguna medida vivimos la hermosa experiencia del Festival de Viña del Mar sentíamos la presión histórica de lo que significó, de lo que aportó, de lo que enriqueció nuestra identidad, nuestra cultura, nuestra madurez ideológica espiritual”. 1

En ese complejo contexto Solanas rueda el documental La hora de los hornos (1968), obra que ejercería notable influencia en la formulación y gestación del concepto del Nuevo Cine Latinoamericano, exhibido en la edición pasada del Festival de La Habana en la sección Clásicos restaurados, que tiene por sede el Cine de 23 y 12, donde se exhiben obras consideradas clásicos de la cinematografía latinoamericana.

Desde esa fecha hasta la actualidad nuestra región ha experimentado profundos cambios políticos y transformaciones estructurales, desde el retorno de la democracia en la década del ochenta, pero si algo no ha cambiado en todos estos años es la agudización del subdesarrollo, la pobreza, la exclusión social, la violencia en todos sus órdenes, la corrupción  política que amenaza las instituciones democráticas, entre otros males sociales que desgarran a Latinoamérica. El cine latinoamericano ha sido un espejo fiel de las complejas realidades de una de las regiones más desiguales del mundo, donde los efectos del neoliberalismo han generado más inequidad y desigualdad social en el continente que la descrita por Eduardo Galeano en su célebre obra Las venas abiertas de América Latina.

En la 41 edición del Festival se exhibió una muestra bastante diversa y representativa del cine en nuestra región, exponentes de temáticas que resultan invariables, como la pobreza, la violencia en todas sus dimensiones, la emigración, la resistencia de las culturas originarias, tan amenazadas en los últimos años, el narcotráfico, filmes premiados en sus diferentes categorías.

Aunque no es mi objetivo realizar una reseña sobre las cintas premiadas, dado que no siempre resultan coherentes con nuestras expectativas y preferencias, como miembro del jurado SIGNIS tuve la oportunidad de visionar dichos filmes. A través del presente texto he deseado compartir una panorámica sobre ellos.

Precisamente el Premio SIGNIS de la actual edición fue para el filme Los lobos (2019), nica cinta mexicana en recibir un Coral, del realizador Samuel KishiLopo, por su abordaje desde una perspectiva edificante y humanista del drama que constituye hoy en día la emigración. La cinta narra las dificultades que tiene que atravesar una madre en condición de emigrante en Alburquerque, EE.UU. para criar a sus dos hijos en un contexto hostil marcado por el consumo de drogas y la criminalización del emigrante, bastante estigmatizado en EE.UU. desde la llegada al poder de la administración Trump, además de representar las ventajas del diálogo intercultural en una  sociedad como la norteamericana, caracterizada por el multiculturalismo. En el plano ético Los lobos intentan promover los valores espirituales en un mundo amenazado por el consumismo y la globalización, sobre todo en ese inesperado final donde vemos cómo su madre, sin poder llevarlos a Disney, los lleva a un lugar más modesto. Para un colega mío del jurado SIGNIS era el único filme visto hasta el momento durante el festival con un final feliz.

La colombiana Litigante (2019), del cineasta Franco Lolli, galardonada con el premio Colateral que otorga en Cuba el Centro Martin Luther King, también me estremeció, provocando sorpresa en mí como espectador, hastiado de filmes colombianos excesivamente violentos, dada la sensibilidad y habilidad de su realizador para narrar la historia de una madre abogada que tiene que enfrentar varios escenarios a la vez: la crianza de su hijo, problemas de corrupción en la firma para la cual trabaja que amenazan su estabilidad económica y social, incuso su propia seguridad, y atender a su madre enferma de cáncer, sin caer en lo trivial. Uno de los méritos de la cinta radica en la magistral interpretación de la actriz Carolina Sanín, quien fue capaz de interpretar su personaje con toda la intensidad requerida.

Litigante refleja con gran realismo y veracidad las problemáticas de la Colombia actual, despojándose de los lugares comunes y los estereotipos que han estigmatizado el cine colombiano contemporáneo. Un filme como este se aleja totalmente del realismo sucio devenido tendencia en la cinematografía colombiana entre los años noventa y principios del Nuevo Milenio. En síntesis, esta es una cinta necesaria para el espectador actual, saturado de la violencia excesiva que han mostrado cintas como La vendedora de rosas (1997), de Víctor Gaviria, y La virgen de los sicarios (2000).

Otra sorpresa en estas intensas jornadas fue el Premio Especial del Jurado para una cinta guatemalteca La llorona (2019), de Jayro Bustamante, en empate con la chilena Algunas bestias, de Jorge Riquelme, inspirada en el proceso judicial que fue objeto el presidente de Guatemala Efraín Ríos Montt, responsable del genocidio de la comunidad maya en la década del ochenta, cuando el país se encontraba en plena Guerra Civil; colmada de simbolismo, logra una recreación fiel de ese proceso efectuado en el 2013 y que sacudió a la sociedad guatemalteca y a la comunidad internacional por las denuncias de violación de los derechos humanos en esa hermana nación.

El chileno Andrés Wood, realizador de cintas galardonadas en ediciones anteriores del festival como Machuca y Violeta se fue a los cielos, nos entregó en esta ocasión la cinta Araña (2019), historia desgarradora que establece un paralelo entre el Chile actual y el contexto previo al derrocamiento de Salvador Allende, cuando organizaciones de extrema derecha utilizaban la violencia política y el terrorismo para alcanzar sus objetivos políticos. La gran virtud del filme estriba en entablar un diálogo desde el presente con un pasado que en ocasiones pareciera repetirse.

No podían faltar en este festival filmes experimentales en el plano del lenguaje cinematográfico, como la chilena Blanco en Blanco (2019), premio FIPRESCI, del cineasta Theo Court, cuya historia de un fotógrafo que a fines del siglo XIX visita una zona considerada hostil como La tierra del fuego, con el objetivo de fotografiar la boda del latifundista Mr. Porter, resulta inusual; obra que hace justicia histórica al genocidio de que han sido objeto en Chile las culturas originarias. Tema frecuente en la historia del Festival, la mexicana Esto no es Berlín (2019), de Hari Sama, por su recreación hiperrealista del ambiente cultural de México en 1986, cuya exploración de las subculturas post punk del contexto la convierten en un filme inédito hasta este momento en la historia de dicha cinematografía, la brasileña Bacurau (2019), de Cléber Mendoza Filho y Juliano Dornelles, espejo fiel de la violencia política y el auge de la extrema derecha con influencia norteamericana en el Brasil de Jair Bolsonaro, con sutiles guiños al cine postmoderno, desde Quetin Tarantino hasta John Carpenter, cuya recepción en Brasil en la actualidad ha resultado polémica. Otro filme brasileño que provocó impacto en el espectador es Divino amor (2019), de Gabriel Mascaró, cuya historia de una mujer cuarentona que labora en el registro de divorcios y se extralimita en sus funciones por su devoción cristiana, nos hace reflexionar sobre el auge del fundamentalismo religioso en la región en los últimos años.

Los filmes argentinos siempre han despertado grandes expectativas en el público cubano durante las intensas jornadas del festival, quien aún guarda en su memoria el impacto de filmes como Una historia oficial, de Luis Puenzo y Un Hombre mirando al sudeste, de Eliseo Subiela. Las dos películas argentinas de mayor éxito de público en la recién finalizada edición del festival fueron El cuento de la comadreja (2019), de Juan José Campanella, realizador de El secreto de sus ojos, cuyo éxito tuvo como resultado un remake en Hollywood, devenida una mordaz y suspicaz metáfora de la Argentina de periodo neoliberal de Mauricio Macri; un homenaje a la época de oro en la historia del cine argentino, con un reparto estelar conformado por hitos del cine argentino como Luis Brandoni y Oscar Martínez, y La odisea de los Giles (2019), de Sebastián Borensztein, divertida comedia que nos hizo reflexionar sobre ese pasado convulso en la historia argentina cuando las políticas fiscales de Carlos Menen provocaron el denominado corralito financiero, provocando verdadero caos en dicha nación. Sin apelar a un tratamiento fatalista, el filme promueve la esperanza y la confianza en el público argentino que sufrió las consecuencias de esas medidas.

A diferencia de ediciones anteriores, cuando los filmes cubanos cosecharon lauros y éxito de público, en esta ocasión Buscando a Casal (2019), de Jorge Luis Sánchez, realizador de cintas como El Benny (2006) y Cuba libre (2014), decepcionó al espectador cubano por su fallida interpretación del escritor cubano Julián del Casal, contemporáneo de Martí, quien murió prematuramente; obra con sus aciertos en el plano del lenguaje y en su discurso estético, pero con muchas limitaciones en su estructura dramática en la puesta en escena y en la dirección de arte, al solo recibir el Premio Colateral que entrega la UNEAC. Al menos Agosto, opera prima de Armando Capó, recibió el premio Coral en dicha categoría, al dialogar con la crisis de los balseros en la década de los noventa.

En sentido general, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano goza de buena salud, pero a la vez enfrenta profundos desafíos y retos en un contexto marcado por crisis económicas y convulsiones políticas que impactan considerablemente el cine de nuestra región y su estabilidad política y social.

1 Teresa Toledo: 10 años del nuevo cine latinoamericano, Ediciones Verdoux, S. L, pp. 15.

 

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