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La Muestra de Cine Joven en Cuba: una mirada desde la perspectiva comunitaria

Por Jorge L. Lanza

La Muestra de Cine Joven surge en el 2001 como espacio audiovisual promovido por el ICAIC ante la creciente demanda de democratizar la producción audiovisual, permitiendo el acceso a

aquellos cineastas jóvenes  que por motivos de recursos no habían podido tener un ámbito propicio para producir y exhibir sus obras,  caracterizadas por la experimentación del lenguaje audiovisual y una mirada crítica y plural de la sociedad cubana, incluyendo la representación de las problemáticas de las comunidades rurales y urbanas.
La Muestra. apoyada inicialmente por Alfredo Guevara y el propio ICAIC, es modelo de las múltiples ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías para el desarrollo del cine y el audiovisual comunitario en Cuba.
Su primer director fue el  reconocido cineasta Jorge Luis Sánchez, realizador de cintas como El Benny, Irremediablemente juntos, Cuba libre, formado en los círculos creativos del Movimiento de cine clubes y los Talleres de creación promovidos por el ICAIC durante finales de los ochenta del pasado siglo. Uno de sus incuestionables méritos como cineasta radica en haber abordado temas considerados tabúes durante esos años, como la marginalidad y la adicción a las drogas (no olvidemos su excelente documental El fanguito, entre otros).
Pese a obstáculos y retos que la propia dinámica que la vida nos impone, esta Muestra ha devenido un espacio acertado para renovar el cine cubano a través del uso de dichas tecnologías, facilitando el acceso a la producción a muchos jóvenes realizadores que definitivamente han podido materializar sus proyectos con presupuestos estéticos modestos, continuadores, de alguna manera, de sus antecesores, fundamentalmente Fernando Pérez, Santiago Álvarez, Nicolás Guillén Landrián, Humberto Solás, entre otros, incorporándoles como es lógico, su propia identidad y sus propias preocupaciones estéticas.
Si realizamos un balance crítico de más de una década de existencia de la Muestra, hay que reconocer que ha prevalecido entre los jóvenes cineastas la libertad formal en sus diferentes expresiones y variantes estéticas, la experimentación del lenguaje audiovisual, y sobre todo, la posibilidad de abordar temáticas silenciadas por los medios oficiales. La mirada crítica sobre la realidad cubana deviene un rasgo característico de la Muestra, lo cual no significa que el cine cubano producido por el ICAIC no posea dicha mirada. Sin lugar a dudas los audiovisuales de la Muestra se sumergen en zonas de la realidad que el cine realizado por el ICAIC jamás ha mostrado.
Esa herejía ha acompañado este espacio creativo logrando democratizar la producción audiovisual. Lamentablemente, la esfera de la exhibición continúa siendo un territorio vedado. Pues los jóvenes cineastas, como artistas al fin,  desean que sus obras lleguen a la mayor cantidad del público cubano y no a un sector específico de ese público, y lo que usualmente sucede es que su difusión se enmarca en los limitados días que transcurre el evento. El divorcio entre la Muestra y los medios oficiales cubanos resulta abismal.
Si un aspecto ha limitado el impacto social de este espacio cultural promovido a la vez por el ICAIC, ha sido su difusión en el ámbito institucional cubano y la misma televisión, contradicción que resulta incoherente con la misma política cultural del ICAIC, que desde sus inicios ha intentado ser fiel a esa aspiración de Alfredo Guevara de apoyar el desarrollo del cine joven en Cuba en una época de crisis del cine cubano realizado por dicha institución.
Usufructo, la primera obra de Eliecer Jiménez, uno de los máximos exponentes del polémico Cine Joven en Cuba, versó sobre las problemáticas del ámbito rural en su natal Camagüey. Por cuestiones de espacio y tiempo me resultaría imposible realizar un análisis exhaustivo de una extensa producción que supera más de una década, al menos intentaré detenerme en aquellas que han abordado la temática comunitaria en sus diversas aristas.
En el 2004 el realizador de origen guatemalteco Alejandro Ramírez rueda Demoler, documental donde volcó su mirada al sensible tema del impacto social del cierre de los centrales azucareros en comunidades que dependían completamente de dicha actividad económica. Sin pretender cuestionar esta  medida, intenta explorar las consecuencias psicológicas y sociales derivadas de ese traumático proceso.  Demoler se rodó durante los primeros años de implementación de la renovación azucarera en Cuba, cuando más incomprensiones existían en relación a la posibilidad de abordar el tema, aspectos sobre los cuales su realizador se ha referido en varias ocasiones. Incluso durante su estreno mencionó anécdotas sobre la resistencia adoptada en su momento por el entonces MINAZ para la realización de esta obra.
Un tema similar sería abordado por Carlos Lechuga desde los presupuestos estéticos del cine de ficción con su largometraje Melaza (2012), obra que  ofrece una mirada crítica y desgarradora sobre las consecuencias que implicó el cierre de los centrales azucareros para los habitantes de esas comunidades, quienes habían desarrollado una identidad cultural asociada a la producción azucarera, y tras su brusca fractura tuvieron que reestructurar sus proyectos de vida y formas de supervivencia en un contexto social marcado por la desesperanza y la frustración.
Tanto en Melaza como en Demoler se percibe la influencia estética de Fernando Pérez, fundamentalmente por la fuerza dramática de las imágenes y los planos, además de la impronta de poéticas del cine latinoamericano como Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Pablo Stoll (realizador de Wiski), entre otras tendencias del cine postmoderno, donde se privilegia  lo minimalista y la representación de las otredades silenciadas por los discursos hegemónicos.
A diferencia de Demoler, inclinada en mostrar la nostalgia y angustia experimentadas por aquellas personas que de la noche a la mañana vieron desaparecer progresivamente los centrales azucareros, Melaza refuerza el lado más pesimista de dicha realidad al representar desde los códigos del lenguaje audiovisual la desidia y monotonía existentes en las comunidades afectadas por la fractura de una industria tan sensible para la sociedad cubana. En ese sentido, Demoler se mueve por el discurso de la nostalgia desde la poética de sus imágenes.
Según Carmen Lorenzetti en su artículo Post utopía en la isla de la utopía: “Hay un mundo que desaparece, el de las antiguas fábricas y el trabajo en los  cañaverales, y todo ello se muestra cual metáfora del fin de una era, de una utopía, e incluso de un sistema de valores que incumple las exigencias de una era globalizada, hiper-tecnológica y mediática. (1)
Con De buzos, leones y tanqueros (2005), Daniel Vera, desde un discurso estético que apela a excelentes metáforas visuales se adentra en el mundo de la marginalidad sin banalizar su abordaje, eludiendo los lugares comunes que su representación ha tenido en el cine de ficción.
En esta ocasión, se sumerge en la cotidianidad de los buscadores de basura en la capital cubana, sus motivaciones y percepciones de la vida, mostrando los diversos matices inherentes al tema, sin cuestionarlos o enjuiciar su modo de vida, más bien sus formas de supervivencia, para visibilizar de esa manera una arista silenciada por la televisión cubana: el fenómeno de la mendicidad en Cuba y el incremento de las desigualdades sociales, expresión de las asimetrías sociales  existentes en la Cuba actual.
Con un discurso estético similar, la realizadora Alina Rodríguez somete a debate el tema de la migración interna en Cuba con su excelente documental Buscándote habana (2006), sobre las precarias condiciones de vida de aquellas personas que emigran de las provincias del Oriente cubano hacia la capital. Buscándote habana aborda aristas insospechadas de este fenómeno en Cuba,  además de develar zonas de exclusión social “invisivilazadas” por el limitado espectro mediático cubano.
Continuadora de la línea estética y temática de La chivichana, aquel clásico de la TVS (Televisión Serrana), el joven realizador Luis Ángel Guevara Polanco vuelca su mirada a las problemáticas de las comunidades rurales con su documental La cuchufleta (2006), fruto del ingenio de los habitantes de las comunidades serranas. En esta ocasión se muestra la invención de un artefacto para generar energía eléctrica, con sus respectivos beneficios para sus pobladores.
En el 2006 Aran Vidal, con el documental De-generación explora desde una perspectiva irreverente, tanto en su contenido como en lo formal, las preocupaciones y frustraciones de los jóvenes en la actualidad, estableciendo un diálogo con las anteriores generaciones y de alguna manera desmitifica la tesis del supuesto abismo existente entre el proyecto social de la generación histórica, formada durante las primeras décadas de la Revolución, con las aspiraciones de las generaciones actuales, con sus notables diferencias al respecto, así como incuestionables obstáculos existentes para las actuales generaciones.
De las obras más recientes realizadas en el último quinquenio, hay dos que a mi juicio son las más renovadoras no sólo en el plano estético, sino en el abordaje de determinados temas: me refiero al corto de ficción Camionero (2012), obra que por primera vez realiza un examen crítico de las consecuencias sociales provocadas por las escuelas internas en Cuba durante varias décadas. Sin pretender descalificar ese proyecto social, somete a debate un proyecto con sus evidentes aciertos y sus incuestionables fracasos.

Uvero: una obra sin precedentes en la historia del audiovisual cubano


Uvero (2011) es un documental de animación realizado por los hermanos Ariel y Adrián Pernas, premiada en la XI Muestra de Cine Joven de La Habana, en la categoría de documental y en la III edición del Festival Surimagen –que se desarrolla anualmente en Cienfuegos–, como mejor corto de animación. 
Para ambos eventos, ha sido difícil la inserción de tan iconoclasta e irreverente obra en los géneros tradicionales del cine y los medios audiovisuales. Por el tema abordado, algunos estudiosos del medio la catalogan como un documental, al tratar un aspecto histórico siguiendo las reglas inviolables del género, desde una perspectiva estética sin precedentes, al apelar a los códigos estéticos del cine de animación realizado con la tecnología 3D; es decir, se clasificaría como un documental de animación, según el punto de vista de los realizadores cienfuegueros. Como documental de animación, ha logrado reconstruir la historia y la imagen visual de un poblado olvidado de la antigua provincia de Las Villas, gracias a los recursos del lenguaje audiovisual. El  asunto se complejiza por el hecho que su imagen actual no es la misma a aquella que tuvo en el pasado. Los embates del tiempo han modificado totalmente su identidad visual. 
Para lograr tal propósito fue imprescindible el uso de la tecnología digital 3D para recuperar dicha identidad visual, a partir de escasos referentes o fuentes existentes, como viejas fotos que conservan algunos antiguos pobladores de ese lugar y que forman parte del patrimonio cultural de Uvero, y sobre todo, los aportes del testimonio oral de sus pobladores, fruto de sus recuerdos y vivencias, expresión del patrimonio intangible no siempre valorado por los historiadores y antropólogos. Otro mérito de Uvero en el plano estético fue romper con los cánones más convencionales del género documental. Un signo de esa transgresión fue despojar la obra de la retórica verbalista que tanto ha limitado y empobrecido al documental en el contexto cubano, lo cual devela la creatividad que caracteriza a sus realizadores. Esa es la razón por la cual estos no apelaron a las habituales entrevistas que han empobrecido el género. El único parlamento que se aprecia en este corto de animación es la inolvidable frase “¡Uvero era mi vida!”, símbolo de la profunda nostalgia que experimentan los pobladores de una comunidad situada sobre el mar,  cuya singularidad lamentablemente se ha perdido con el transcurrir implacable que impone el dios Cronos.
En Uvero las imágenes hablan por sí mismas, incluyendo las fotografías utilizadas como referente visual. En dichas imágenes se encuentra contenida toda la información que el espectador necesita, con toda la carga emocional y dramática implícita en ellas. La poesía que estas develan reafirma esa máxima de que una imagen vale que mil palabras.
Como artistas comprometidos con los pobladores de esta comunidad, Uvero pudo ser estrenada en ella, recibiendo una extraordinaria recepción por parte de sus pobladores, no solo de aquellos que conocieron el Uvero de antaño, sino también de las nuevas generaciones que hoy agradecen una obra que rescató su historia de las ruinas del olvido.
Hombres de cocodrilo, de Livan Magdaleno, premiada en la III edición del Festival Sur Imagen, celebrado anualmente en Cienfuegos, nos invita a reflexionar sobre las desfavorables condiciones de vida de los pobladores de una comunidad de la Ciénaga de Zapata, siendo fiel al legado de un clásico como El Mégano (1957), obra que por sus presupuestos estéticos constituye un antecedente del futuro cine revolucionario cubano. 
El cine comunitario en Cuba, a diferencia de otros países y regiones, goza del apoyo institucional, se nutre de las más variadas corrientes estéticas, insertándose en los discursos estéticos de los diferentes espacios existentes para su difusión, desde el desaparecido Cine Móvil, proyecto que ha tenido su continuidad en las llamadas Salas de TV rural con paneles solares, El Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara, La Muestra de Cine Joven, entre otras expresiones que constituyen una representación plural y  realista de nuestra identidad cultural en su más heterogénea dimensión.

(1) Véase el texto sobre el filme Melaza que publicara en el boletín Pasos, No. 121, noviembre del 2013, p. 17 (N. del A).

 

 

 

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