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Página de Inicio Autopista sur Obra literaria de Alberto Vega Falcón Del Abra de Castellón a toda Cuba

Del Abra de Castellón a toda Cuba

Por Alberto Vega Falcón

“…En tu potro musical/ vienes de Cumanayagua/ con la montura de yagua/ y las riendas de cristal./ Cruzas el camino real,/ como una constelación/ y cuando las tardes son/ anuncio de primavera,/ le entallas tu guayabera/ al Abra de Castellón”.
De entre las espinas de la pobreza, nació el 22 de enero de 1918, allá por el Abra de Castellón, quien al pasar del tiempo, se convertiría, al decir de Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, en la voz más alta de la décima en la región central del país, la otrora provincia de Las Villas. Luis Martínez Gómez, para todos Luis Gómez, así de simple, El Dinámico, el Rey de la Tonada Carvajal. Al morir su padre, la madre asumió la crianza de la prole y Luis toma el apellido materno que lo llevaría a la inmortalidad. Enrolado con apenas 9 años en un circo manigüero, que, un día cualquiera, plantó su carpa en Cumanayagua y ahí El Pichón, como se le conocía desde muy pequeño, pasó a formar parte del esmirriado elenco conformado por payasos, malabaristas, trapecistas, bailarines, ilusionistas, contorsionistas y trabucos, en un folclórico ajiaco, que, buscándose la vida, recorrían los campos cubanos en una aventura que lo preparó para convertirse en un bohemio empedernido, en un juglar criollo de gracia innata y un talento prodigioso para hilvanar una décima, para inventar un cuento, que hacía tan bien, que al pasar el tiempo de su creación, hasta él mismo se lo creía. Ese encanto de fabulador, poco estudiado, lo llevó a contar la historia siguiente al desaparecido intelectual cubano, quien fuera Ministro de Cultura, el Dr. Armando Hart Dávalos, de los enamoramientos que una leona de circo para con él: “La leona se enamoró perdidamente de mí. Yo limpiaba las jaulas y ella no me quitaba los ojos. Aquello era tremendo. Se reía y todo en cuanto me veía”.
La pobreza se adueñaba de su casa guajira. De una punta a la otra iba el poeta en busca del sustento y compartiendo sus pocas ganancias en alimentos, alguna ropa, solo la imprescindible, y libros, que lo convertirían en un hombre de vastos conocimientos, dotándolo de las herramientas necesarias para enfrentarse en duelos rimados con los más importantes “gladiadores” del punto cubano en la isla. Su magia para improvisar y la rapidez con que lo hacía, lo convirtieron en un contrario muy peligroso a la hora de controvertir. Dominaba a la perfección numerosas tonadas y sin dudas hizo de la Carvajal una verdadera creación, con y sin estribillo, por lo que se ganó el título de El Rey de la Carvajal, tonada menor que prefería para cantar los temas melancólicos, porque la melancolía y la nostalgia de tantos amores eran un tema permanente en sus obras: “¿Qué quieres, melancolía?:/ yo soy el embajador./ En mí no busques amor,/ que tengo el alma vacía…”
Enamorado hasta los huesos de las mujeres y los gallos finos, fue un eterno soñador, nostálgico, introvertido, incomprendido quizás, que utilizaba el humor como autodefensa. Vio en su madre, como el Apóstol, el faro que lo guiaba por la vida: “Madre, qué carga más dura/ llevo en mis hombros ancianos./ A tientas voy con mis manos/ en horrible noche oscura./ Qué irresistible amargura/ mi copa sin fondo vierte,/ y en este tormento fuerte/ no sé, mi madre querida,/ si quedarme con la vida/ o marcharme con la muerte”. Y así, después de esta meditación profunda y conmovedora, alzaba el rostro y te hacía reír con ese gracejo popular que solo tienen los elegidos… “Yo tocaba en una orquesta/ y casi me vuelvo loco,/ porque cobraba muy poco/ cuando ajustaba una fiesta./ Anduve el llano y la cuesta/ haciendo de timbalero/ y como el conjunto entero/ quedó del tiempo al garete,/ tengo un timbal en Arriete/ y el otro en Ciego Montero”.
Y volvía de nuevo al mutismo, a la meditación. ¡Las decepciones, ay, las decepciones!...: “No me hieras en el fondo/ del alma, que estoy enfermo,/ que ya no como ni duermo/ con este pesar tan hondo./ Esta tristeza que escondo/ me palidece la piel,/ y si desde el día aquel/ la noche es insoportable,/ tú fuiste la responsable/ por el tratamiento cruel…”
Martiano de piel adentro, veneró al más universal de los cubanos y dejó plasmado en sus versos esa admiración por el Apóstol de la Independencia de la isla: “Yo sé de un hombre sencillo/ y pensamiento gigante/ que en su carne de estudiante/ llevó la llaga del grillo./ Con Nicolás del Castillo/ rodó en la dura inclemencia/ y un día por la impaciencia/ de ver la patria oprimida/ apagó el sol de su vida/ y abrió el de la independencia.
”Cuentan que cuando cayó/ bajo la cumba azul clara,/ el sol que alumbró en su cara/ con fuego de amor, lloró./ La bala que lo mató/ se fundió en fragua de penas/ y cuentan las almas buenas/ que en sus brazos lo llevaban,/ que en vez de sangre brotaban/ rosas blancas por sus venas”.
Después de su jubilación Luis cayó en el ostracismo, quizás deseado por él mismo, autoexcluyéndose, buscando tal vez rencontrarse, volver a sus ancestros o corretear por los campos y trillos de su Abra de Castellón, cerca en la distancia, pero lejos en el tiempo…: “Oh, mi pueblo encantador,/ cómo olvidar que tú fuiste/ la cuna donde me diste/ aliento, nombre y amor./ En ti mantuve el calor/ de tu remanso querido./ Por eso te he prometido/ no arrancarte de la mente./ Yo podré morir ausente,/ pobre, pero no te olvido”.
Sin embargo, Luis vuelve al ruedo, como gallo fino que no se rinde, y es de la mano de Flabio Boch, hijo, quien abre las puertas de un programa radial para que la voz del poeta cruce llanos y montañas, bateyes y caseríos, trillos, guardarrayas, caminos y villorrios: ¡La Hora de Luis, que lo devolverá al pueblo de donde salió.
“Diez y treinta. ¡Tesia, buey!/ Desengancharé el arado,/ porque ya estoy atrasado/ para llegar al batey./ Como guajiro de ley/ aro la tierra feliz,/ pero no quiero un desliz/ en el poético asunto,/ porque yo a las once en punto/ oigo: ¡La Hora de Luis!” 
Luis integró numerosas agrupaciones campesinas de diferentes formatos y mantuvo vivas las tradiciones en fiestas y parrandas. Publicó Rumores de mi batey en los años 50 del pasado siglo, así como Controversia imaginaria (2002) y Con la llave de un beso (2003), por la Ediciones Mecenas. Realizó grabaciones para las disqueras EGREM y BIS MUSIC; además, trabajó en los filmes Los días del agua, Juan Quinquín en Pueblo Mocho, Una pelea cubana contra los demonios, La canción del turista, El Bonitero…; poco antes de morir Aroon Vega le filmó el documental El último poeta.
Aún su programa sigue saliendo al aire a las once de la mañana y se inicia con la voz de El Rey de la Carvajal. Feliz idea la de los organizadores de la Feria del Libro en esta edición de 2018 en Cienfuegos el de rendirle homenaje en el Centenario de su nacimiento.
Su poema “Yo quiero morir aquí” es un hermoso testamento de cubanía que forma parte inseparable de su obra:

Yo quiero morir aquí
bajo el azul de mi cielo
contemplando el raudo vuelo
del inquieto colibrí.
Quiero estar donde el totí
abre sus alas hermosas.
Quiero estar donde las rosas
nos dan fragancia y ternura,
donde con esencia pura
se embriagan las mariposas.

Quiero estar cerca del río
para soñar con colinas,
donde sobre las guaninas
está de guardia el judío.
Amo a mi pobre bohío
que vio mi sueño temprano
y adoro mi sol cubano
que me brinda sus reflejos
para sentirme más lejos
del Imperio Americano.

Enhorabuena, Luis Gómez, porque así te vemos:

Vienes en tu potro bayo
cortando las sitierías
y en vallas de canturías
sueltas a pelear el gallo.
Subes por el alto tallo
verde, de una palma real,
y en el asta vegetal,
antena radial del monte,
sigue cantando el sinsonte
La Tonada Carvajal.

Febrero 7 de 2018

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