Salmo

Poesía, llega,
hasta mí,
cual luz
en todo puesta.
De mi cuerpo,
tu  sustancia
haz, la merecida
claridad
de los que sufro.

Hasta ellos baje
tu resplandor
y el doloroso
encaje
que ante mis ojos
tiendes.
¿Es que no eres
la luz?
Siempre pudo
el misterioso rayo
purificar, él sólo,
nuestro gesto.
No sea hoy
que nos faltes.
El angustioso
árbol
frente a nosotros
su linaje henchido
como un sol,
humildemente deja
toquemos
en su faz
toda la sombra.
Así ha sido
por siempre
nuestro encuentro.
A las más tenues
mordeduras presto.
La gracia de lo humilde
en cada señal.
Hecho una vez,
¿o siempre?,
de esa sorpresa.
El tramado misterio
de las cosa sencillas,
poniendo en mis palabras
aquel eco entrañable,
sutil,
hondo hasta la verdad,
de la pobreza.
Nada, fuera de esto
pido, madre,
a Dios,
o a quien
desde la eternidad,
la cegadora intemperie
darme quiso.
Cual luz en todo puesta
llega hasta mí, poesía.
No me faltes.

(N. del E.) Este poema pertenece al libro La casa como un árbol (Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, 1995).

Alpidio Alonso