Fue un pueblo

Por Albis Torres

No el pueblo triste o alegre, solo un pueblo bonito.
Sus habitantes eran gente despabilada de día, modernas a su modo.
Las muchachas iban temprano a hacer sus compras al almacén de la compañía, en short, montadas en bicicletas, para luego seguir dando vueltas por la avenida y los parques.
Ellas tenían una costumbre coqueta y pueblerina: la de adornar los rayos de sus bicicletas con hojas y flores, de vicarias blancas y moradas. Los colores se mezclaban creando una ilusión de fantasía que nos dejaba alelados a los niños.
De noche, no obstante, mientras se codeaban con los americanos en el club, todo el pueblo se hundía en el griterío de insectos y bichos de toda calaña.
Grillos, chicharras, chchíes, lagartos silbadores, ranas, y el olor de las enredaderas, penetrante hasta la náusea.
Eran dos pueblos: el de día y el de noche. De día gobernaba el administrador de la compañía, de noche los sapos.
—Y LAS PALABRAS. ¿Qué palabras me rodeaban entonces?
Se decía sándwich y sangüisi, y hasta sangüiche, que era lo más corriente.
Había la palabra té y la palabra cocimiento. La palabra coctel y la palabra bebida. Se decía enhebrar, y no ensartar, que es una palabra miserable. Sayuela o enagua, raspadura y turrón. Se decía chipojo, caguayo, lagartija. Las maestras decían lagarto, los tipos americanizados se aventuraban a decir lizard, y todas, absolutamente todas estas palabras, convivían en la armonía del paraíso, incluidos los arcaísmos de doña Modesta.
Pero había una especial: CHOCOLATE.
Chocolate era: El cuchillo en mano de tío Gilberto raspando la tablilla delgada, y un polvo leve que iba cubriendo el papel de Manila bajo el bombillo de luz mortecina. Luego ve al corredor y espera. Cierra los ojos y ya llega el olor del chocolate hirviendo en el fogón.
¡Qué camino recorrido durante tantas noches, del bombillo grasiento y cagado de moscas a la mano, del cuchillo a la tablilla, al polvo sobre el papel de manila!
Luego el grosor exacto del borde de la taza ya en los labios, soplas suave y ahí está la onda. Soplas y tomas.
Eso es chocolate.
Era la vida delicada en la que todo estaba, o parecía estar, en orden.