Momento mágico

Por Elízabeth Álvarez

Esta tierra me da lo que quiero decía la abuela—, que en fin, no sabía si era abuela, bisabuela o tatarabuela. El asunto es que ella era muy especial para todos nosotros.

Ni el mismo tío Andrés (el encumbrado arquitecto) pudo echarle ni una cáscara de escombro para sus predios.

Mi casa, que es mi cuarto, está intacto, como lo hizo el difunto para mí.

Allí estaba una puerta colonial de caoba con una verja separando la moderna casa que el tío había diseñado, quiso hacer una casa ultramoderna que daba la sensación de que vivíamos en una nave espacial; y a mí no me gustaba.

La parte de la abuela sí era original, una cama de hierro, y en la cabecera pieleras que tenían una pareja de enamorados vestidos y peinados al estilo de la época. Un escaparate enorme con dos lunas por fuera y dos por dentro; cuando lo abría, estaba doble, me sentía importante dentro de aquel armario que podía ser un laberinto de cajas acomodadas, con cosas tan antiguas como en la misma época en que Cristóbal Colón tropezó con nuestra tierra.

Luego mi abuela se sentaba en una comadrita, que es un sillón pequeño y sin brazos, con sus vestidos que eran todos de flores pequeñas, malvas y azules y decía ella: “Es para el día de la partida”. Nadie le hizo caso.

Aunque su carné tenía una fecha que databa los cien años, nunca se supo la verdadera edad, creo que competía con Matusalén.

Tenía una lucidez admirable y sus cuentos eran geniales, de los ingenios donde los abuelos pasaban vacaciones, cómo conocieron a un cimarrón que fue perdonado porque salvó a un niño de la familia.

Yo pasaba las horas con ella, me contaba la historia de cada mueble, tenía un taburete de madera fina con un hueco en el centro y un tibor de porcelana que le regaló su padrino cuando la bautizaron, tenía un chino que peleaba con un dragón y flores secas por el fuego del dragón. Todo aquello era de museo; un baúl con trajes del abuelo que no conocí, cintos con hebillas plateadas y doradas, uniformes de cuando su esposo fue a la guerra. Yo creo que mi abuela tenía doscientos años de historia.

También tenía una perra llamada Rita por una tal Rita Montaner, “La única”. La perrita tenía cuatro perritos mamando.

Era la viejita más amorosa que he conocido. Sus historias me transportaban, a veces fui general, otras un tal Matías Pérez que salió en un globo a volar y nunca apareció. En ocasiones, el niño perdido, el la Cueva de Cristal.

En ese fantástico cuarto había otra puerta con rejas que daba a un patio lateral con árboles y arbustos llenos de flores malvas y azules.

A las diez de la mañana, era el momento mágico: en su paraíso, violetas y rosas malvas, aparecían cientos de mariposas azules y moradas que se le prendían desde el vestido de flores hasta su pelo blanco con un enjuague azulado; yo, me quedaba de rodillas en la verja, para vivir ese momento y ella me decía:

Quédate, no te muevas o se irán todas.

Era como si fueran domesticadas, nadie pudo verlo por qué decía la abuela que los otros nietos eran revoltosos y podrían romper el encantamiento.

Pasados unos minutos, las mariposas se marchaban no se adónde; y ella entraba con nuevas historias sobre mariposas de distintos colores que hubo en su familia y que un día se iría con ellas, pero nunca le había dicho la fecha exacta.

Mientras tanto me contaba: “Yo tejo como Penélope, esperando la hora”.

Un día, decidieron cambiar el horario de la escuela, de la tarde para la mañana; creí morirme, a las diez yo tenía que estar en casa. Después de muchas discusiones en la escuela, quedamos en la sesión de por la tarde, el alma me volvió al cuerpo. Mi madre me vio tan pálido, que se preocupó:

Hay que llevarte al médico.

Los días corrieron como corren los pensamientos; el cuarto de la abuela era mi obsesión; uno de esos a las diez vinieron las mariposas, le dieron diez vueltas en forma de remolino, se posaron en las flores, libaron como buscando un néctar preciado, volvieron a girar alrededor de ella y delante de mis ojos lagrimeantes se la llevaron paradita como estaba.

Me quedé allí parado el la reja como dos horas para ver si me la devolvían.

Cuando me llamaron fui, pero con la idea de que cuando regresara de la escuela estaría allí.

Hoy hace dos semanas que se fue, y es cuando me doy cuenta de que ese día me dio un beso antes de salir al patio, y cuando era llevada a la altura del techo, me dedicó una sonrisa y me dijo adiós con su mano.


Esta tierra me da lo que quiero decía la abuela—, que en fin, no sabía si era abuela, bisabuela o tatarabuela. El asunto es que ella era muy especial para todos nosotros.

Ni el mismo tío Andrés (el encumbrado arquitecto) pudo echarle ni una cáscara de escombro para sus predios.

Mi casa, que es mi cuarto, está intacto, como lo hizo el difunto para mí.

Allí estaba una puerta colonial de caoba con una verja separando la moderna casa que el tío había diseñado, quiso hacer una casa ultramoderna que daba la sensación de que vivíamos en una nave espacial; y a mí no me gustaba.

La parte de la abuela sí era original, una cama de hierro, y en la cabecera pieleras que tenían una pareja de enamorados vestidos y peinados al estilo de la época. Un escaparate enorme con dos lunas por fuera y dos por dentro; cuando lo abría, estaba doble, me sentía importante dentro de aquel armario que podía ser un laberinto de cajas acomodadas, con cosas tan antiguas como en la misma época en que Cristóbal Colón tropezó con nuestra tierra.

Luego mi abuela se sentaba en una comadrita, que es un sillón pequeño y sin brazos, con sus vestidos que eran todos de flores pequeñas, malvas y azules y decía ella: “Es para el día de la partida”. Nadie le hizo caso.

Aunque su carné tenía una fecha que databa los cien años, nunca se supo la verdadera edad, creo que competía con Matusalén.

Tenía una lucidez admirable y sus cuentos eran geniales, de los ingenios donde los abuelos pasaban vacaciones, cómo conocieron a un cimarrón que fue perdonado porque salvó a un niño de la familia.

Yo pasaba las horas con ella, me contaba la historia de cada mueble, tenía un taburete de madera fina con un hueco en el centro y un tibor de porcelana que le regaló su padrino cuando la bautizaron, tenía un chino que peleaba con un dragón y flores secas por el fuego del dragón. Todo aquello era de museo; un baúl con trajes del abuelo que no conocí, cintos con hebillas plateadas y doradas, uniformes de cuando su esposo fue a la guerra. Yo creo que mi abuela tenía doscientos años de historia.

También tenía una perra llamada Rita por una tal Rita Montaner, “La única”. La perrita tenía cuatro perritos mamando.

Era la viejita más amorosa que he conocido. Sus historias me transportaban, a veces fui general, otras un tal Matías Pérez que salió en un globo a volar y nunca apareció. En ocasiones, el niño perdido, el la Cueva de Cristal.

En ese fantástico cuarto había otra puerta con rejas que daba a un patio lateral con árboles y arbustos llenos de flores malvas y azules.

A las diez de la mañana, era el momento mágico: en su paraíso, violetas y rosas malvas, aparecían cientos de mariposas azules y moradas que se le prendían desde el vestido de flores hasta su pelo blanco con un enjuague azulado; yo, me quedaba de rodillas en la verja, para vivir ese momento y ella me decía:

Quédate, no te muevas o se irán todas.

Era como si fueran domesticadas, nadie pudo verlo por qué decía la abuela que los otros nietos eran revoltosos y podrían romper el encantamiento.

Pasados unos minutos, las mariposas se marchaban no se adónde; y ella entraba con nuevas historias sobre mariposas de distintos colores que hubo en su familia y que un día se iría con ellas, pero nunca le había dicho la fecha exacta.

Mientras tanto me contaba: “Yo tejo como Penélope, esperando la hora”.

Un día, decidieron cambiar el horario de la escuela, de la tarde para la mañana; creí morirme, a las diez yo tenía que estar en casa. Después de muchas discusiones en la escuela, quedamos en la sesión de por la tarde, el alma me volvió al cuerpo. Mi madre me vio tan pálido, que se preocupó:

Hay que llevarte al médico.

Los días corrieron como corren los pensamientos; el cuarto de la abuela era mi obsesión; uno de esos a las diez vinieron las mariposas, le dieron diez vueltas en forma de remolino, se posaron en las flores, libaron como buscando un néctar preciado, volvieron a girar alrededor de ella y delante de mis ojos lagrimeantes se la llevaron paradita como estaba.

Me quedé allí parado el la reja como dos horas para ver si me la devolvían.

Cuando me llamaron fui, pero con la idea de que cuando regresara de la escuela estaría allí.

Hoy hace dos semanas que se fue, y es cuando me doy cuenta de que ese día me dio un beso antes de salir al patio, y cuando era llevada a la altura del techo, me dedicó una sonrisa y me dijo adiós con su mano.