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Página de Inicio Entrerrianos Obra Literaria de Magalys Ojeda La buena estrella

La buena estrella

Por Magaly Ojeda

González siempre fue un hombre afortunado. Nació en la capital de la Isla, y si era hijo de padres divorciados, tuvo la suerte de que estos fueran profesionales de cierto prestigio, con buenos salarios, casa, carro y casi nunca estaban en el país. Un buen día se quedaron, uno en África y otro en Europa, y él, vivió con su abuela materna, que lo consentía en todo, hasta que murió la “vieja” y heredó todo con 18 años.

¿Estudios? Muy pocos. ¿Para qué? A él nunca le hizo falta romperse la cabeza para tener lo que quisiera: mujeres, alcohol, ropa, viajes por los mejores hoteles del país y sus excelentes playas, buena comida. En fin, su vida era un eterno “vacilón”.

Al Gonzi —como le llamaban sus mujeres— solo le faltaba algo: viajar al exterior. Sus padres aún lo mantenían, pero ya sea por una razón o por otra, no habían podido llevárselo a conocer mundo. Así que se puso para eso y empezó a reunir dinero que de todas formas, de ningún modo le alcanzaba.

El mantenimiento del carro le costaba un ojo de la cara porque casi todos los viajes que daba eran por su cuenta. Así que de eso sacaba muy poco dinero. La casa no podía alquilarla ¿dónde iba a vivir? A Micaela tenía que seguir pagándole, esa era la mujer que lavaba su ropa, limpiaba, hacía los mandados, cocinaba… tenía que pensar un poco más en la solución del problema dinero-viaje.

Pero… las noticias le llegaban de todas partes y a cualquier hora: él, con su dinero, podía sacar el pasaporte y un pasaje para viajar como turista… viajar… viajar… era ese el tema de todas sus conversaciones de la mañana a la noche y de la noche al otro día.

Sus padres mensualmente le enviaban 100 euros cada uno, no obstante, ¡qué va! La cuenta no le daba ni para mitad de mes. Cuando le pidió un poco más de ayuda a su papá, éste le respondió inmediatamente que se pusiera a trabajar, ya tenía 24 años. Edad suficiente para mantenerse por sí mismo. Casi se le fastidia la ayuda mensual. Tuvo que intervenir la madre. Correos van y correos vienen. Que si es el único hijo, que si la situación estaba difícil, que si no había trabajo…, en fin, le siguieron lloviendo los 100 del padre. La madre, haciendo un esfuerzo extra, le empezó a mandar 150 euros para que el “nene” mejorara su situación.

En todo ese estira y encoje, de tanto pensar, a González le salió un cayo en la frente, de los golpes que se daba contra la pared del baño, viejo hábito de niño que todavía conservaba. Como consecuencia tuvo dolor de cabeza durante una semana. No podía abrir los ojos y se la pasó encerrado en su cuarto, con las luces apagadas y el aire acondicionado a todo dar.

Cuquita, su conquista del momento, iba todas las tardes a verlo. Le ponía fomentos fríos en la frente, le daba masajes en el cuello y le hablaba de su apartamento, de lo bien que le iba, que se fuera unos días con ella, aquella casa era muy grande, que por nada del mundo ella se quedaba ahí, le daban miedo tantas habitaciones vacías¿para qué él quería tanta casa?… si total, tú nunca estás aquí… terminaba machacándole.

Tanta cantaleta al fin dio fruto. ¡Claro! Esta era la solución. Se mudaba con la Cuqui, que le cocinara y le lavara la ropa, por ahí se quitaba a Micaela de encima. La casa era mejor venderla y si no le alcanzara el dinero, también vendería el carro, con una condición: no lo entregaba hasta que no se fuera porque… ¿cómo iba a trasladarse a todos los lugares que necesitara? A Cuquita se la quitaba de arriba prometiéndole que la reclamaba en cuanto estuviera instalado.


Tomada la decisión a la primera que llamó fue a Micaela. Fue embarazoso ver llorar a la vieja, pero… “el niño tiene que seguir su camino”…A Cuqui no le cupo un alfiler en el cuerpo cuando lo supo. No se bajó más del asiento derecho delantero del carro y sonreía a todos de oreja a quijada mostrando su dentadura nueva. Que tenía que lavar, planchar, cocinar y fregar. ¿Qué importa? Este era su pasaje seguro para el futuro. No se cansaba de repetirlo. Él tan agradecido, tan bueno y tan honesto…, etc…, etc…

Vendieron la casa con todo lo de adentro, menos la neverita que ella se antojó de poner en su cuarto… para estar más cómodos, papi… —No pudo negarse.

Comenzaron los trámites. Adquirió el pasaporte. Entonces vendió el carro. Compró pasaje para cinco días después. Ya nada lo ataba. Ella lloraba todas las noches. Él ya no podía dormir… cállate, vieja, me vas a salar la vida… Al fin llegó el día. Entró al aeropuerto con su traje de satisfacción, los bolsillos llenos de dinero y una secreta esperanza cosquilleándole el cerebro.

Había hecho los contactos por Internet. En cuanto llegara, lo recogería un corredor que lo pasaría por la frontera hasta EE.UU., su destino soñado.

Cuando bajó del avión, casi no lo podía creer. Allí estaba el hombre esperándolo, con la camisa verde floreada y su apellido escrito en un cartel bien visible.

—¿Usted es el corredor?

—¿Y usted es el Sr. González?

Casi se desmaya. Nunca le habían dicho señor con ese tono tan respetuoso.

—Claro, claro. Soy yo.

El hombre agarró su equipaje y lo condujo hasta un auto aparcado fuera de la terminal aérea. Mientras le enseñaba monumentos, edificios y otras novedades interesantes de la ruta, fue tomando confianza. Se sintió relajado. Casi como si flotara en el nirvana.

—Y ahora nos dirigimos a la casa donde se hospedará hasta mañana.

—¿Mañana mismo?

—Sí. No conviene demorarnos. En fin, son 8 fronteras y…

—¡Ocho dice!

—Sí, señor. Ya están todos los contactos hechos y hay que darse prisa porque la policía es muy rigurosa y nos pueden deportar a los dos. Yo perdería mi comisión y podría ir a la cárcel. ¿Comprende? —lo miró fijamente— ¿Trae usted el dinero que pactamos?

—Sí, pero necesitaría cambiarlo en algún banco porque está en euros.

—No, no se preocupe por eso. Deje esa diligencia por mi cuenta.

Llegaron a un pequeño apartamento que tenía un cuarto con una cama personal, una sala confortable amueblada con un sofá-cama y dos butacas de relleno, una cocina de regulares proporciones con una mesa-bar, un baño con su tina, y por supuesto, su agua caliente. El señor Rodríguez Camelo, como dijo llamarse el corredor, le ofreció una cena exquisita, aunque él dijo que era algo sobrio, ya que no había tenido tiempo para preparar algo más “sólido”: filetes de res asados con patatas fritas, algunas verduras y una malteada. El señor le aconsejó acostarse enseguida y descansar porque saldrían con las primeras luces. Por supuesto, el dormitorio fue para González, el otro se las arreglaría en el sofá que a simple vista parecía bastante cómodo.

Casi no durmió. ¿Y si el hombre se iba dejándolo ahí? Cada media hora se levantaba y atisbaba por la rendija de la puerta que había dejado entrejunta. Se acostó con la ropa puesta y en la madrugada descabezó un sueño. Cuando sintió los primeros ruidos en la
cocina se levantó, se lavó la cara y ya estaba con el maletín en la mano, listo para partir.

—Buen día, señor González. Desayunemos que nos espera una gran jornada.

Y partieron rumbo a lo desconocido.

Llevaban horas rodando. A las ciudades le habían sucedido los pueblos pequeños y a estos los pueblitos. En uno de ellos llenaron el tanque de gasolina y recogieron a otro señor… su compañero de viaje…—, le señaló el corredor al hombre con mochila y este se limitó a murmurar un… hola… Volvieron a rodar. Ya solo había carretera y monte a todos lados. A González los ojos le ardían y se le cerraban solos. No tenía tanta hambre porque en el camino habían hecho una parada rápida para comerse unas hamburguesas, comprar refrescos y unas botellas de agua. Ya de noche cerrada se desviaron hacia un camino vecinal lleno de baches y fueron a parar a una choza semioculta por la maleza.

—Bueno, aquí descansaremos algunas horas y mañana temprano pasaremos la frontera por un terraplén que está a un lado del puesto —dijo el señor Rodríguez Camelo saliendo del carro y estirando los brazos, dando saltitos en la punta de los pies, para desentumecer las piernas.

González apenas podía pararse. Entró en cabaña y fue directo al rincón a tirarse sobre unas mantas que había entrevisto a la luz de las linternas. Se quedó profundamente dormido. Cuando abrió los ojos le dolía la cabeza, estaba medio mareado y el estómago lo tenía pegado al espinazo. Buscó el maletín para coger un refresco y una hamburguesa que había dejado para cuando amaneciera y no lo encontró por ninguna parte. Estaba seguro de haberlo puesto en su cabecera cuando se acostó. Entonces se dio cuenta de que estaba en ropa interior…, ¿y su traje?..., ¿y sus compañeros de viaje? Salió fuera de la cabaña y lo saludó una fría humedad. A su alrededor se despertaba el monte y sólo el monte…

González nació con suerte, siempre fue un hombre de suerte, en fin, no lo habían matado…

Con este cuento la autora obtuvo Mención en el Encuentro-Debate Provincial de Talleres Literarios. Cienfuegos, 2 y 3 de noviembre de 2018. (N. del E.)

 

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