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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Orlando V. Pérez Cabrera Con la mano en la ballesta

Con la mano en la ballesta

Por Orlando V. Pérez

Pero está con estos modos
muy triste y sola la casa.
El amor un puente traza
para vencer los recodos
y en la barranca de todos
a la madre alborozar
con el limpio transitar
de la nube tesonera.
La casa es la sementera
que no cesa de regar.

Triste y sola, es una casa
sin los dibujos de enero,
con ansias del aguacero
que la pesadumbre arrasa.
En tanto el tiempo repasa,
la madre parece un pez
nadando en la placidez
de la ropa y la comida
con puro sabor a vida
en su reloj de revés.

Está la casa muy triste.
Es parecida a un mercado
donde la luz ha marchado
tras recoger el alpiste
cuando el cielo la desviste.
La madre en su taconeo
trae un temblor: el recreo
desde el patio de una escuela.
Es la garza que revuela
donde yo siempre la veo.

La casa está triste y sola
como una plaza en invierno,
antesala del averno
y marchita de amapola.
Mientras golpea una ola
en el riñón de la puerta,
la madre es la luz más cierta.
Alrededor de su saya
oigo un rumor: es la playa
contra la palabra muerta.

La casa es larga y estrecha:
una sola dimensión
con un final de escorpión.
Pero la madre una brecha
abre con mano derecha
amantando la luz.
Enterrada bajo cruz
la tristeza desvanece,
y la casa, cuando crece,
más se parece a Jesús.

En la cocina callada
va colando ese café
que la ceguera no ve
por torpeza desquiciada.
La madre, rosa y espada,
lo reparte entre murmullos.
Y el aroma, en los cocuyos
de la noche, va a la boca.
La casa es como una roca
en el alma de los suyos.

Hay casas en la ceniza
y casas en los reflejos.
Hay casas en los espejos.
Hay casas hechas de brisa
y casas en la misma prisa.
La madre, desde el amor,
puso tablas de esplendor
para que el día una fiesta
despertara en la floresta
con alas de ruiseñor.

Como delante de un ciego
pasan los días volando
y no sé dónde ni cuándo
podré culminar el riego
en la sombra a que me apego.
Los minutos de la casa
me queman como una brasa,
y a mí, de la madre en busca,
ninguna sombra me ofusca
ni mi concierto desplaza.

¿La casa son las paredes
con que sueña el caracol?
La casa canta en el sol
que a la pátina concedes.
La madre teje las redes
con la aguja de la ausencia,
hasta descubrir la esencia
del perenne movimiento.
De sueño es el monumento
que le erige mi impaciencia.

Los rayos de lumbre pura
acarician mi desvelo.
Viejas cargas de consuelo
tranquilizan mi locura,
hechas de su fiel ternura.
Desde las puertas tempranas
hoy me asomo a sus mañanas
para verle navegar
en mis aguas, y mesar
el alivio de sus canas.

Cuántas albas sin zurcir
en el andén han quedado
mientras un niño callado
nunca encuentra su nadir.
Es hora ya de partir
por la interminable cuesta,
y la madre me contesta
que está barriendo la casa,
en tanto la vida pasa
con la mano en la ballesta.


Con este conjunto el autor obtuvo uno de los premios del Concurso Ala Décima, 2018.

 

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