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Regalo

Por Marisol Velázquez

En mi casa de un tiempo hacia acá han ido cambiando mucho las cosas. Primero fue cuando la necesidad le dio en la mente a mamá y le dio por pintar paredes.

Luego la enfermedad se le posó en la boca y siempre se sentía mal; era porque iba a tener un hermanito; ahora llegó el apuro de construir un muro para evitar la caída de alguien y hasta podría ser yo…

No tengo oportunidad de preguntarle algo, en realidad quisiera saber cuál cosa la haría una persona feliz. Desearía hacerle un regalo, ¿cómo lograrlo? No puedo pedírselo a nadie, ya dejaría de ser una sorpresa. Lo mejor para darle me resulta imposible.

He intentado agarrar un pajarito ¡y su vuelo es tan difícil como mi desesperación! ¿Cómo pudiera volar? ¡Ay, sí, sí, pudiera probar con dos hojas de plátano, hace un rato cortaron una mata de las muchas que hay en el patio, algunas me servirán, son bastante alas… si se llegan a estropear… aunque a nadie le preocupa si llegan a sentir algún dolor. Ni siquiera piensan en cómo padecen en el suelo…

— ¡Muchachita, te vas a ensuciar la ropa!

— Yo quiero hacerlo, mamá.

— ¿Hacer qué?

— Volar.

— Deja esas hojas o te castigo. ¿Cuándo has visto una niña volando? —bajó la cabeza y sonrió.

Otro día traté de probar con la escoba.

— Escobita, ¿por qué tú no puedes llevarme a volar? ¿Por qué, por qué? Eres muy egoísta, no te voy a querer más.

El tiempo se va llevando los días, y ¡nada! Bueno, a lo mejor si hablo con un hada del cuento de Sofía…

—Mamá, quiero ver a Sofía, ponme a Sofía.

— ¿Tú no te cansas de esos cuentos?

Y en cuanto aparecieron las hadas en la computadora hablé con ellas para ver cuál podía ayudarme, y me permitieron entrar sigilosamente hasta donde estaban. Así fue como después de estar mucho rato escogiendo, arranqué tres estrellas pequeñitas mientras me observaban con extrañeza y curiosidad.

— Bájenme ya, por favor.

— ¿Estás contenta, pequeña?

— Sí, se las daré a mi mamá y sé que le gustarán, muchas gracias por su ayuda.

— Tu idea es muy bonita, nos alegra tu intención, lo diré en la Escuela Real.

Cuando regresé a mi cuarto, guardé las estrellas en una caja de fósforos y esperé… pero pasado un rato pensé que podían salirse y escapar por sentirse encerradas; decidí vigilarlas aunque me diera bastante trabajo. A pesar de los temores sentía una gran emoción y no dejaba de estar ocupada.

Cuando llegó el día tan esperado, fui la primera en levantarme y muy despacito llevé a cabo mi iniciativa. Esperé que mi mamita despertara, la felicité y le pedí que se mirara en el espejo. Al darse cuenta de aquel regalo, me levantó en sus brazos besándome y apretándome fuerte.

De pronto, ocurrió algo inesperado: una de las estrellitas se desprendió de la cabeza de mi mamá y se posó por siempre en la mía.

—Mamá, todo ha sucedido por no haber volado en las hojas de plátano ni en la escoba.

Desde lo alto del techo un hada miraba con ternura.

 

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