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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos (II)

Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos (II)

Por Andrés García

Abi

De haber soplado más fuerte la brisa, el bergante angolano San Pedro, de transporte negrero, se habría estrellado contra los arrecifes; pero el navío, que había soportado la mar gruesa y los meses de navegación pesada y lenta desde la lejana África hasta la nueva América, llegó serenamente, pese a los daños en su timón, a la dura costa sureña entre Jagua y Casilda. Echó  anclas y tras los exploradores que anunciaban la “mercancía” llegada al alcance de sus necesidades, bajó los botes con su carga infamante. Los negros, encadenados de pies y manos, fueron arrinconados contra la muralla de diente de perro, al cuidado de algunos hombres armados, que devolvían las fieras miradas de odio, mientras iban y volvían a los botes, del galeón a la costa, con nuevos amasijos de hombres y cadenas que desembarcaban trabajosamente.

No era este su destino, sino mucho más al Este. Enfilando siempre al Noroeste por el Atlántico, desde su salida de Pointre Noire, Congo, calculaban llegar a las costas orientales de Cuba, pero la rotura del timón y las corrientes los habían arrastrado hasta allí, y el capitán decidió reparar la nave, previa descarga de “la mercancía” y vender esta a mejor precio en Jagua, porque en esta zona, ya para ese año de gracia de 1800, existía un incipiente núcleo productor de azúcar, iniciado por el habilidoso comandante de la fortaleza del Castillo de Jagua, don Juan Cabeza de Vaca. Esto lo conocía el capitán del buque negrero por referencias de otros “tratantes” que estaban al tanto de los mejores mercados; eran los capitanes de las goletas españolas Manuelita y Francisca, de los bergantes españoles Clarita e Iberia, y de María Teresa y Victoria, portuguesas, que traficaban con “bultos humanos” que luego llamarían “lastre” para consignar en los documentos de aduanas. También conocía que Casilda y Trinidad eran otros lugares próximos donde los azucareros requerían mucha mano de obra esclava, y por eso no consideró este desvío de ruta como desastre, sino que lo asumió como obra de “los sabios designios de Dios”.

La competencia en el mercado esclavista era fuerte, sobre todo la de los monopolios españoles de la Real Compañía de La Habana, que a partir de 1740 tuvo a su cargo no solo el comercio del tabaco y el azúcar, sino también el de negros esclavos destinados a las plantaciones cañeras fundamentalmente, y entre 1792 y 1796 se creó la llamada “Compañía de Comercio”, establecida para Consignaciones Masivas de Negros Bozales”, aprobada por Real Cédula de 1792, que fungía como intermediaria entre tratantes negreros y los compradores.  Las cifras oficiales hacen ascender la entrada de esclavos africanos en Cuba a 856 659, pero la realidad, considerando a los traficantes clandestinos, es de mucho más de un millón de infelices, sin contar los tantos millares que perecieron en las largas y penosas travesías.

A una legua de la bahía de Jagua, en terrenos de la hacienda Caunao, el próspero Cabeza de Vaca, emprendedor comandante de la Fortaleza Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, había fomentado desde 1746 el primer ingenio de fabricar azúcar de la zona, que llamó  Nuestra Señora de la Candelaria, adoptando una economía basada en la mano de obra esclava, como en el resto de la Isla, aunque más perentoria aquí por el tardío desarrollo azucarero y el agotamiento y envejecimiento de los esclavos utilizados en la construcción del Castillo de Jagua, a la entrada de la bahía, concluido en 1745, que este mantuvo a su servicio personal.

La imprevista llegada de los traficantes con sus lotes de mano de obra, fue acogida de buen grado por tres de los más prominentes miembros de la embrionaria oligarquía local: el heredero del ingenio Candelaria y sobrino de Cabeza de Vaca, don Agustín de Santa Cruz y Castilla Cabeza de Vaca, una rama de la antigua familia habanera de los Santa Cruz establecida en la región de Jagua antes de la fundación de la colonia;  Honorato Bouyón, Brigadier del Real Apostadero de Marina de La Habana, copropietario del hato Caunao y dueño del ingenio Nuestra Señora de Regla y más tarde de aserríos y astilleros navales; y José Comas, hacendado y comerciante catalán, propietario del ingenio Purísima Concepción.

Del lote de africanos bajado en el litoral, Agustín de Santa Cruz, que recientemente había regresado de la Capital, adquirió varios: 20 forzudos negros y 12 negras, tan vigorosas como estos, algunas de las cuales Santa Cruz pensó utilizar en el servicio doméstico. Apartó especialmente para tal fin a una negra muy joven, hermosa y bella, tanto que sobresalía sobre todas las demás, no solo por los 16 o 17 años que le calculó, sino por sus facciones finas, aunque muy asustada y dócil.

Desde que la vio quedó maravillado.  Era una muchacha fabulosa a  la contemplación,  completamente desnuda, con ocho o nueve cuartas de estatura y unas 110 libras de peso, de largas extremidades perfectas, embadurnado su cuerpo de apestoso aceite de coco rancio, de una hermosura natural y belleza de facciones tan perturbadora que parecía irreal. Tenía la nariz afilada, el cráneo acalabazado, orlado de una cabellera ligeramente ondulada,  larga y sedosa pese a la suciedad de las bodegas del barco negrero; los ojos algo oblicuos, enormes y negrísimos, los dientes intactos, la boca carnosa sin exageración, el porte inequívoco de gladiadora romana, delgada pero de recias formas, vientre mínimo, senos medianos, recién florecidos, duros, erectos como palmeras, rematados en orlas algo más oscuras y  puntas agresivas; las caderas en perfecta concordancia con las nalgas y los muslos, sin exageración, pero sin faltas, que le daban una presencia total seductora.  Su perfección era alarmante. Toda ella exhalaba un hálito irreal. Santa Cruz comprendió que no era una africana común…

“…¿Es un regalo de Dios o una tentación del demonio?  ¿Es una ilusión escapada entre los abuelos?  ¿Es sólo fruto del deseo o hay una espiritualidad desconocida en ella?  ¿Es una estatua esculpida de los sueños rotos?  ¿Es solo fruto del inconsciente remoto?...”

Así meditó Santa Cruz en una fracción de segundo y se sorprendió a sí mismo inquiriendo algunos datos al traficante que, al comprender la preferencia del comprador, le solicitó más dinero que por las demás, y le contó lo que conocía…: “Creo que se trata de una especie de princesa, hija de un jefe tribal principal de Abisinia (como entonces se conocía a Etiopía), capturada cuando se encontraba en compañía de un monarca congolés, pariente suyo, cerca de Cabinda, quien murió tratando de defenderla,  según las fuentes de los mismos negreros”.

Santa Cruz de inmediato la llamó Abi, y ella recibió un tratamiento muy especial en la casa del amo, encomendada a una vieja cocinera africana, y muy pronto se adaptó a las labores hogareñas, fuertes y con extensas jornadas diarias, pero mucho menos agotadoras que en las plantaciones y el trapiche.  Además, no dormía en el duro y sucio suelo del barracón de los esclavos, rodeado de alambradas y cercas espinosas, donde convivían con cerdos, chivos y gallinas, y bebían agua del pantano, sino en la casa del propietario.  Las demás negras odiaban a la muchacha recién llegada, un tanto por su belleza y juventud, pero sobre todo porque sabían de la preferencia del amo para hacerla su futura concubina, sitio al que todas aspiraban.

Y ciertamente, una noche fresca y estrellada, el amo se introdujo en la alcoba de la esclava abisinia y la violó.  Ocurrió sin un grito ni una protesta de ella, que comprendía cuál era su condición y aconsejada por la cocinera. Solo se limitó a quejarse bajito, aunque su cuerpo se estremeció con las primeras caricias, llorar un poco quedamente, y mirar al amo con ojos agrandados aún más por el temor y ese sentimiento desconocido que la embargaba, pero que se endulzaron tras la primera caricia profunda de hombre.

Después, todas las noches ella lo esperaba en su lecho, tendida desnuda y emocionada, entre flores perfumadas por doquier que ella se encargada durante el día de escoger, anhelando sentir a su hombre dentro de sí, en el prodigio de abrigar a otro cuerpo.

Santa Cruz la trataba con cierta ternura, sentimiento ganado por las condiciones de Abi, que ponía candor y fiereza en sus encuentros eróticos.  Las estrellas titilaban para ellos todas las noches tan inevitablemente como aquellos encuentros de los cuerpos. Se besaban,  ella lo cubría con su larga cabellera negra y como murmullo de agua cristalina susurraban los cuerpos del gozo y sus pasiones.  Hasta una noche en que el amo, más apasionado y complaciente, con un temblor culpable en la voz,  le dio a entender que no vendría más porque sus múltiples obligaciones comerciales lo reclamaban en la capital de la Isla. En realidad  se trataba de la convicción de un encariñamiento imposible y de la próxima llegada de doña Antonia, su esposa.

Desde entonces Abi lloró todas las noches y le juró a sus ascendientes africanos que sería en lo adelante libre de alma aunque encadenaran su cuerpo, y que sería eterna luchadora, a través de los tiempos, por un destino superior para los seres humanos.

Como don Agustín no quiso enviar a la muchacha al barracón de esclavos, en último reconocimiento, se la vendió al anciano Honorato Bouyón, que también la destinó al servicio doméstico en su ingenio, ubicado entre los ríos Salado y Caunao, al norte de la bahía de Jagua, y allí permaneció hasta que descubrió que la negra estaba encinta y la remitió al barracón de esclavos, donde dio a luz hacia finales de 1801.

Se trataba de una niña encantadora, que heredó las facciones finas de la mujer etíope, el pelo negrísimo, largo y ondulado, grandes ojos expresivos, nariz alargada, y un color de piel caramelo quemado, que resultaba la criatura más admirada y atendida por la dotación de esclavos del ingenio Nuestra Señora de Regla.

Había nacido La Venus Negra.

No solo Abi la cuidaba con esmero. Todas las negras  “de nación”, como llamaban a las directamente traídas de África, criaron en su fe yoruba  a la niña nacida en cautiverio. Muchas esclavas se habían hecho católicas, pero sin renunciar a sus creencias, y practicaban ambas devociones a la vez,  sin orden ni concierto, tal como utilizaban las diversas lenguas  que se hablaban allí entre esas paredes con hendijas del encierro del barracón. Decían que la niña estaba en sana paz, porque lo que le faltaba en una fe la encontraba en otra. En aquel mundo opresivo en el que nadie era libre, ella lo era, porque así quisieron formarla la madre, las ancianas y hasta los hombres buenos del infecto lugar.   Ella lo era porque estaba en sana paz en su alma y en el seno de su amplia familia.

Actuaban con cierto vitalismo metafísico y una voluntad y fuerza humana que salvarían sus raíces y después se convertiría en la filosofía de Nietzsche cuando el filósofo alemán distorsionaría conceptos sobre filosofía y deber, pero que allí en aquel encierro infrahumano, de manera simple y sencilla servía para sobrevivir,  porque se aferraban a la enorme importancia que daban a las cosas pequeñas de la vida cotidiana, alimentación, lugar,  clima, baile como recreación y fuerza interna, amistad, compañerismo, amor carnal…, sustituyéndolas por las que los señores consideraban verdaderamente importantes.  Aquí, en el barracón, resultaba más fácil sobrevivir que vivir. Las ilusiones personales son las cosas mínimas que reciben y les sirven para huir de los dolores innumerables de la vida en esta sombrada, como espejos de la ultracarne. Y allí, en su verdadero hogar colectivo, donde se forjan los lazos irrompibles que unen a los humildes sufrientes, rodeada de las atenciones y los atavismos de tantos esclavos de tantos lugares diferentes de la enorme África negra, diferentes e iguales, aprendió a bailar antes que a caminar, y a cantar antes que hablar. Bailaba con más gracia y brío que los africanos de nación. Cantaba con voces distintas a la suya, en las diversas lenguas de África, y con voces de pájaros y de otros animales. Las mujeres por distracción le pintaban la cara y le colgaban collares de santería y le cuidaban el cabello, que era levemente crespo, largo y reluciente…  Así iba creciendo en esa encrucijada de fuerzas contrarias, se iba forjando fuerte de cuerpo y de espíritu, y escuchaba la voz amorosa de Abi, la madre, que infundiéndole convicción le decía: “¡Tú serás libre!  ¡Siempre libre! ¡Tienes que hacerte tú misma, libre!”

Y ella absorbía, sin apenas comprenderlo, o comprendiéndolo perfectamente, todos esos efluvios de su lejano continente, tal si hubiese nacido allá. Allá donde estaba “la espléndida llama de la africanía, del continente negro y puro, la historia del hombre. La superestructura mágica, la danza y el trance, la orgía muscular, la afectividad erecta, el erotismo de la naturaleza complaciente, la brujería, la libido volcánica, la posesión de los djinus  (espíritus), los zombies, de Legba… Era el explosivo histórico del Caribe, aunque aún no lo supiera.  Era el mundo de las imprecaciones y de la pasión, era el mandato de la juventud que ya estallaba…

El barracón de los esclavos semejaba para ella una nave zozobrada de paredes sucias, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz.  Es una pocilga agachada, de rodillas, revolcada en el fango. Los camastros unos sobre otros, los hombres y mujeres de pies mugrientos, unos sobre otros.  Es el escaño más inferior y ella comprendía que el esclavo es un ser acorralado, dominado, pero no vencido.  Por eso sus sueños son musculares, de acción, agresivos.  Sueña que salta, que corre, que nada, que atraviesa un río de un formidable brinco, que la persiguen pero que no la alcanzan, y va forjándose una imagen del exterior que nace desde sus sueños más queridos en cuya cima está la libertad…

Y la niña que será la Venus Negra no deja nunca de liberarse.  Entre las diez de la noche y las cinco de la mañana es libre, en sus sueños es libre.  Y despierta no reconoce amo, a ninguna instancia. Según va creciendo se siente dominada, mas no domesticada. Está inferiorizada, pero no está convencida de su inferioridad. Y aprende, con todos los demás, a esperar pacientemente que descuiden la vigilancia, por eso siempre está a la expectativa. Inquieta, pero no atemorizada. Presta siempre a abandonar su papel de presa y asumir el de cazadora. Siempre sueña con ser perseguidora de alguien, no la perseguida, perseguidora de alguien o de un ideal. No odia a muerte, como los demás.  Contrariamente a todos los otros esclavos de la dotación, aleccionada por su madre y algunas esclavas negras de nación, no siente tanto como otros, que genios maléficos intervienen cada vez que alguien se mueve cerca. No ve hombres-leopardos, hombres-serpientes, canes de ocho patas, zombies, gigantes de maleficio con un mundo de prohibiciones, barreras, inhibiciones;  siente mucho más la esclavitud como un mal físico, como una llaga blanco-purulento-amarillenta sobre su piel negra, más dolorosa que la que le provocan las cadenas. Y en el baile y la esperanza que le aporta, la psiquis se descarga, se oblitera, se retracta, se muestra en reacciones musculares…  Así la Venus va desarrollándose física y psíquicamente y cuando está desesperada, se agota en danzas y cantos tendientes al éxtasis del trance. Observa cómo los esclavos que la rodean tienden a la erección, a la eyaculación, a toda esa orgía muscular que protege y autoriza a ser feroz.  Pero en ella, por el contrario, es más intelectual, más imaginativa, más sensual. Presiente el orgasmo que no se consuma, y siente que su canto y su baile, sin dejar de ser una pantomima, busca la posesión de Legba, el dios ilustre del vodú, que es presagio y compás de espera a su liberación definitiva. Es en ella una combinación de brujería africana con algunos elementos de religión cristiana, acaso por la sangre blanca que la hace menos agresiva, más comprometida con su inteligencia natural y de la mujer que ya casi lo es.  Ama la libertad por encima de todo otro sentimiento. La busca,  la presiente. Se muestra en su baile feroz, en negaciones con la cabeza, curvatura de la columna vertebral, inclinación de todo su cuerpo desde las piernas abiertas hacia delante, hacia atrás, hacia los lados…  Es el esfuerzo por exorcizarse, de expresarse con vehemencia para que surja volcánicamente, en el ámbito de la danza, la libido acumulada, la soledad reprimida, su soledad forzada, sus ansias desconocidas, pero presentes, angustiosamente presentidas, esperanzas de recónditas emociones nuevas…

Venus, como todos los demás esclavos y esclavas, sabe que los esclavistas les permiten esos “entretenimientos inofensivos” del baile, para que descarguen sus pesares, y los aprovechan, al menos ella, para enriquecer su espiritualidad, cultivarse sin que la dañe el odio irracional, sin que la perviertan los vicios que contempla de lejos, sin mancharse, sin corromperse, como si resbalaran por su piel de ébano las maldades y los pecados de los demás. No es perdón para quien la oprime, ni para los que dentro del encierro tratan de abusarla. Ella está, sobre todo eso, purificada por su pensamiento sano y por la protección de sus madres africanas y los collares que le han impuesto: de Odduá;  el rojo y blanco del amor y la sangre de Changó;  el rojo y negro de la vida y de la muerte de Elegguá; el aqua y azul pálido de Yemayá…, y los va recorriendo con sus dedos finos mientras los nombra en yoruba, en congo,  en mandinga, con gracia, soltura, fluidez, con dulzura, esa dulzura que  desea entregar y que se la entreguen…  Es la diferencia con todos los demás.  Ella puede reconciliarse con los caballos de dos cabezas, con sus antepasados zombies, con los muertos que resucitan, con los djinus que se aprovechan de un bostezo para penetrar en un cuerpo, porque ella es la Elegida, no solo reina en ese rancho de bahareque y techo de palma amarga con una cruz de palo en el caballete, sino que reina también en las Afueras, donde pertenece, y  reinará en el corazón de su Elegido, que un día, ella está segura, se le presentará.

Los amos se burlan. Para ellos es “entretenimiento inofensivo”, el baile y los cantos. Ellos no saben que son cohesión y esperanza, que los movimientos y las palabras incomprensibles son nada menos que su proyecto de liberación.

Y un día, el Día, como sale la mariposa de su capullo y vuela, ella lo hizo.

 

Venus  negra

 

Era el 31 de diciembre de 1818 y era un minúsculo cayuelo al sudeste de la bahía, apenas separado de tierra firme por unas pocas docenas de brazadas de un buen nadador. Primero fue apenas una acumulación de tierra, residuos minerales y vegetales que arrastraban las olas y las corrientes del río El Inglés hasta la porción sur de la ensenada de aquel nombre, entre Punta Verde y Punta Caoba.  Pero ahora la vegetación era exuberante, salvaje, muy verde y limpia, con todos sus tonos y misterios, y los acompañaba aquel desaparecer y reaparecer en las aguas mansas, por la marea alta y las fases de la Luna, que le ganaron el mote de Cayo Loco. Ese sobrenombre popular hacía olvidar el verdadero, Cayo Güije, otorgado por el Brigadier de la Marina de Guerra Española, Honorato de Bouyón, que lo empadronó al lado de sus semejantes: Alcatraz, Carenas y Ocampo, aquel 22 de diciembre de 1813.

Desde la primera ojeada, Esteban Cabrero quedó encantado. Era el paisaje, hermoso sin dudas, pero sobre todo, era aquel halo de misterio y remanso de aquella fronda alta y verde que lo enamoró a primera vista.  Se había informado de la fantástica formación del cayo, según la leyenda de Guanaroca: Hamao, el primer hombre, por celos encerró a su tierno hijo Imao dentro de un güiro que colgó de un árbol. Guanaroca, la primera mujer, que buscaba angustiada a su hijo, descubre el güiro, se le cae de las manos temblorosas y salen de él, junto con los despojos, peces y tortugas. Los peces se convirtieron en los ríos que desembocan en la bahía de Jagua; la tortuga mayor es la península de Majagua, y las demás los diversos cayos. El carey mayor lucha contra un monstruo marino, pierde la pata izquierda que, desprendida, flota en el agua y se convierte en Cayo Loco…

La fantasía y la realidad mezclada atraían a Esteban Cabrero, que era un romántico, un joven de grata presencia, elegante, culto, próspero; un triunfador, no hay dudas. Para lograr ese status puso en ejercicio dos cualidades envidiables:  talento y disciplina. Y también habilidad. Gracias a ésta conoció a otro triunfador, don Luis De Clouet, que por entonces gestionaba ante la Corona Española, a quien había servido antes como agente secreto de Inteligencia, en algunas de sus colonias en La América, la fundación de una colonia en la zona sur-central de la isla de Cuba, aprovechando que el temor a las sublevaciones negras en Haití, determinara al Rey Fernando dar instrucciones al Gobernador don José Cienfuegos, de “blanquear” a la preciada joya antillana. Y Esteban demostró sus dotes de organizador y escritor y contribuyó a hacer viable el proyecto de De Clouet, ganó su estima y el cargo de secretario personal. Así vino a Cuba desde la lejana Louissiana, entonces propiedad francesa, trayendo los primeros 48 colonos, junto con el enseguida Fundador y aún más rápido Gobernador. Y Esteban un día descubrió aquel Cayo Loco…

Una vez dentro del vergel, recorriéndolo, Esteban meditó:   “Aquí viviría eternamente” —se dijo—.  “Esta tranquilidad, este sosiego, esta belleza, esta armonía de la naturaleza… Este cayo es para el reposo del cuerpo y del espíritu… Voy a pedírselo a don Luis… ¿Quién viera a Virginia aquí…?”

El pensamiento voló hacia la mujer lejana, allá por Zaragoza, la tierra natal de ambos. La recordó bella, con su rostro ribeteado por su cabellera áurea, tan legítima como la lana de su pubis, su sonrisa de ángel, su cuerpo esbelto y delgado… y la deseó irreprimiblemente. Varios meses hacía que no la veía, y la recordó amorosa y tierna.  Todavía no había recibido noticias suyas desde que él partió junto con don Luis De Clouet a colonizar esta bahía, trayendo a los primeros colonos. Volvió su pensamiento…

“Tengo que pedirle este cayo a don Luis. Si me lo asignara sería el hombre más feliz del universo. Un lugar así para Virginia y yo…”

Corrió su imaginación, su ensueño.  Se representó a su mujer impetuosa y apasionada, revelando la fiera que toda mujer enamorada lleva adentro, la recordó en esos trances amorosos y sintió calor. Esteban se despojó de su ropa mojada al ingresar nadando al cayo que ambicionaba. Estaban solos él y la naturaleza pródiga. Él y el ensueño de Virginia. Imaginariamente quiso tomar posesión del minúsculo pedazo de tierra. Fue un acto instintivo, semejante a la ceremonia de los perros machos que marcan la propiedad de su reino orinando en los confines de la zona que dominan. ¿Atavismo animal? Pero lo que comenzó como micción se prolongó en caricia rítmica impensada. Indecorosa.  Se avergonzó enseguida, pero fue en ese instante cuando escuchó una ahogada risa infantil que lo estremeció aún más. ¿El conjuro de la floresta mágica? ¿Los pájaros cantando gozosos? ¿El desconcertante espíritu del islote embrujado…? ¿Era la seducción de aquel sitio voluptuoso, enajenante, sensual? ¿Hechizo? ¿Prodigio…?

Buscó a su alrededor. Sentíase observado y no descubría la procedencia de aquella mirada, de aquel sentimiento que lo enardecía. No pensó siquiera en vestirse, sino en buscar y buscar por los alrededores. Rastreó como un galgo en la fragosidad. Sintió un intenso, exquisito olor a hembra en celo, a vulva recién manipulada, que lo alteró aún más… ¡y al fin la descubrió!

El excitante cuerpo desnudo de aquella criatura de ébano se le expuso como una revelación. Era un descubrimiento espléndido, como de extensión del paisaje natural, como de integración de este con la naturaleza viva… Quedó fascinado, mudo… Permanecieron contemplándose mutuamente ¿segundos?, ¿minutos?... Miró sus senos perfectos, grandes pero duros, de consistencia plúmbea y apariencia de pétalo de rosa con orlas de fresas quemadas. Admiró su cintura mínima, que se abría en poderosas caderas rematadas en unas prominentes nalgas de roca, asentadas en dos pilares perfectos, que bajaban hasta unos pies de bailarina zaragozana. Su apariencia era delgada, pero de fuerte complexión, de gracia felina y no más de 18 años de edad. Quedó absorto detallando sus facciones suaves, la extraordinaria belleza de su rostro, con una nariz aguileña insospechada, unos labios pulposos sin exageración; unos ojos grandes, retadores, asombrados y dulces, al mismo tiempo. Pero era mucho más que esa visión corporal magnífica. Esteban sintió físicamente que aquella Aparición que lo conturbaba era mucho más que una mujer hermosa, sentía que se trataba de un ser angelical, insinuante, no solo desde lo carnal sino desde la psiquis, la mitología, la literatura, la historia, la sangre de siglos.

Quiso adelantar un paso hacia esa visión enloquecedora ¡y rompió el hechizo! Aquella adolescente, maravillosa y salvaje, huyó libre entre un aletear gozoso de una paloma blanca y una garza azul que la acompañaban, y el leve susurro de sonajero de las conchas marinas del collar, que como único tributo de majestad adornaba el cuello de diosa de la Venus Negra…

El amanecer del primero de enero de 1819 sorprendió a Esteban Cabrero, secretario personal del Fundador, en la búsqueda infructuosa de aquella visión que ya no le concedería más reposo. ¿Quién era ella? ¿Qué era ella? ¿Una negra escapada de algún palenque de cimarrones? ¿Una esclava huida de un amo demasiado abusador? ¿Cómo llegó a este cayo? ¿Dónde podría esconderse...? Las preguntas se le agolpaban, pero pronto desechó la idea de una esclava escapada: esa muchacha tenía demasiada prestancia, demasiada personalidad y distinción para serlo. ¿Pero entonces...? ¿Quién era? ¿Qué era…?

Esteban Cabrero enrumbaba todas las tardes hacia el Cayo. Su Cayo, ya otorgado por la benevolencia —para con él— del Fundador, irascible con casi todos los demás. Albergaba la esperanza de encontrar otra vez la aparición de ébano que le perturbaba el sueño. Vagaba por la soledad del vergel encantado, examinando cada recodo, los bordes limítrofes con el agua donde rompían las olas suavemente. Buscaba las huellas de algún bote, alguna balsa, algo que le permitiera saber si aquella beldad abandonaba el cayo para refugiarse en otro punto desconocido.

Obsesionado, distraído de sus obligaciones y tareas encomendadas por De Clouet, sólo tenía por meta hallar una cueva, alguna hondonada, algo que disimulara un escondite. En sus 27 años de edad y dos y un tercio al servicio de don Luis, jamás había trabajado tan mal. Lo comprendía, lo reconocía, pero una fuerza interna desconocida lo impelía a buscar y buscar el escondite en el islote o en sus cercanías. No le importaba para nada la atención a las familias llegadas de Burdeos y procedentes de otros muchos lugares para la aventura de colonizar esa bahía de ensueño, gentes que traían a sus familias y todas sus pertenencias, huyendo de los años postnapoleónicos tan difíciles. Él estaba entusiasmado con esta obra, y ahora, de pronto, toda su atención la ocupaba su Venus Negra, que lo obnubilaba, le borraba la ternura de su esposa rubia amada; no le importaba ni recordar la grata acogida dispensada por los dueños de los ingenios azucareros de la zona, los poderosos Santa Cruz, Bouyón o Comas, que lo trataron con deferencia, como representante del Fundador de la Colonia, que les iba a valorizar más sus tierras y beneficiarle sus negocios. Solo pensaba en aquella aparición diluida entre sus dedos, aquella negra estupenda de grandes ojos expresivos y agudos senos firmes y desafiantes, como sus glúteos, su mirada de estupor y aquella sonrisa bailándole en una boca de labios golosos, de dientes blanquísimos que iluminaban su tan perfecto rostro…

Quedó exhausto tras repasar una y otra vez el área del cayo, sin hallarla. Se tendió a reposar a la sombra y se quedó dormido. Soñaba que la Venus lo abrazaba y él la apretaba fuerte, como para que no se escapara nunca más. Era de él, tanto como su cayo encantado. Soñaba con el mar, las olas lamiéndolo día y noche, día tras día, como un monstruo fabuloso que quisiera tragárselo lentamente. La lengua enorme de la bestia húmeda y viscosa, pasaba y pasaba interminablemente los bordes rocosos, desgastándolos, erosionándolos, como una maniobra previa a la inevitable deglución. Soñaba que flotaba, que se mecía acompasadamente sobre su Venus en un vaivén cadencioso… Despertó sobresaltado, empapado y efectivamente flotando acostado sobre el mar, aunque al incorporarse comprendió que sus pies tocaban fondo. Ya despabilado culpó a la marea alta, superior a la de días anteriores, que sumergía el cayo para hacerlo desaparecer  bajo las aguas hasta la próxima emersión gozosa. Esteban sonrió. Se dijo: “Yo que quería llamarlo Cayo Esteban…, pero ningún nombre mejor que Cayo… Loco. Sí, Cayo Loco”.  Regresó nadando, pero solo para volver al siguiente día, y al otro y al otro día, y al otro… para seguir buscándola mientras se preguntaba: ¿Habré confundido un sueño con la vida...?”

Apareció a sus espaldas un día. Esteban amarraba un bote con el que navegó, rozando los bordes del cayo en un bojeo meticuloso, que trataba de percibir alguna gruta inédita, alguna solapa imposible dada la escasa altura de las orillas. Apareció cuando ella quiso. Cuando lo sintió necesario. Cuando lo prefirió o decidió. No hubo una palabra entre ellos, aunque Esteban quiso explicarse. Musitó unas frases que ella no atendió en absoluto. Ella se le aproximó con paso cadencioso, sin inocencia, pero sin altivez. Esteban lo percibió, más bien, como con devoción callada. Así exactamente. Y más hermosa y más fresca que nunca. El volvió a examinar aquel cuerpo impecable en detalle.

 

“Es una criatura perfecta” —se dijo.

 

Y sus ojos delataron su pensamiento. Sus ojos y su excitación. Esteban dio un paso adelante y ella no huyó esta vez. Avanzó dos, tres pasos más, y quedaron frente a frente. Los ojos de ambos brillaban. Tras los primeros asombros ella entreabrió sus labios jugosos y él la besó con pasión y arrebato juveniles que sintió correspondidos, por el estremecimiento corporal, el apresurado latir de las sienes, el corazón desbocado y un gemir placentero. A unos pocos metros de distancia, guardianes inmutables, una paloma blanca y una garza azul parecían contemplarlos complacidos.

Fue su primera y única larga entrega al Predestinado. Fue en ella decisión más que impulso. La decisión es fruto del intelecto. El impulso, irracional. La decisión consulta el corazón. A veces es bastante una voz, una señal, un gesto, una mirada. También puede envolver la idea del sacrificio.  Decidirse es sentir y hacer. Puede ser entusiasta, impetuosa.  O puede ser un misterio. No es arrebato irresponsable de la pasión. Es sentimiento sublime del espíritu. Es entrega.

Así ocurrió. Fue la Entrega, un abrazo largo y profundo.  Repetido. Ansiado por ambos. Sentido por los dos. Una posesión fiera y al mismo tiempo considerada, que comenzó con caricias externas que le convencieron a él de la primacía que le tocaba en suerte, y le emocionaba, e hizo presentir a la bella el tumulto de sensaciones nuevas, algo precursor de emociones mayores que, como un vértigo, la fue llevando a los límites extremos de placer enervante que le provocaba la vibración de cuerdas internas cada vez más distendidas y más vibrantes, hasta hacerle presumir la pérdida de la razón y de la vida. Y luego, bruscamente, la descarga súbita, entre sollozos y risas y besos de agradecimiento; la insólita explosión de los nervios, aflojados de pronto, incapaces de resistir por más tiempo la exaltación nueva, la máxima de doloroso placer, y rotos al fin, en un espasmo supremo, en una agonía dulce, apenas sacudida por los estremecimientos últimos de los músculos en relajación.

Al despedirse, hubo lágrimas en los ojos de ambos. Inexplicables. Como si supieran que era un enlace único.  Irrepetible. Lo supieron sin palabras, sin gestos, sin reproches. Con dolor. Sencillamente lo presintieron ambos así.

Ella no se presentó nunca más, como si el precio de la libertad estuviera por encima de todo. Esteban continuó su búsqueda inútil, su calvario de cada tarde, hasta que De Clouet prescindió de sus servicios en la colonia y le asignó otras responsabilidades y tuvo que abandonar su vergel y la bahía y la Isla. Fue después de la Fundación. Recibió tareas destinadas a gestionar en la costa atlántica francesa la compra-venta de los productos que producían en la comarca de Jagua, o necesitaban de allende los mares, realizando convenios comerciales entre esta y los puertos de Burdeos y de Havre.  El  resultado fue un auge comercial extraordinario en que la trata de esclavos no ocupaba el último lugar.

—Ahora te necesito más allá —le dijo De Clouet—;  además, la separación de tu esposa te está afectando, ve allá con ella y concéntrate en los negocios y en el amor de Virginia, para que no la pierdas.  Deja a un lado esos ensueños que te tienen en mal estado.

Y  Esteban leyó en los ojos de su jefe, disgusto y reconvención.

Nunca más regresó Esteban a Cienfuegos, ni a la Isla. Tampoco nadie conoció aquella extraordinaria aventura amorosa, ni pudieron sospecharla siquiera los colonos y vecinos que descubrieron a la hermosa aparecida poco después de la marcha del secretario del Fundador. Fue a partir de aquí cuando nació la siguiente leyenda:

Una mañana fresca acudió un grupo de habitantes de la recién creada colonia al Cayo Loco.  Asombrados encontraron viviendo allí a aquella joven mujer negra, en plena juventud, modelo de escultural belleza, que permanecía completamente desnuda sin el menor sonrojo, pero que a la vista de ellos huyó, no por pudor, sino por miedo. Lograron darle alcance, pero permanecía sin responder. Creyeron primero que no entendía el idioma, pero después la consideraron muda. Usaba collares de semillas, conchas y caracoles marinos, y tenía como inseparables compañeros una paloma blanca y una garza azul, y miraba con ojos espantados a todos.

”Uno de los colonos se la llevó para su casa a la fuerza, pensando destinarla al servicio doméstico. Le proporcionó  ropas y alimentos, pero ella jamás quiso cubrirse ni probar bocado. Se acurrucaba en un rincón y no se movía para nada. Absolutamente para nada, y jamás hablaba.

“La hermosa joven había nacido para vivir libre, sin trabas, en plena campiña, alimentándose de cangrejos, pájaros, ostras, almejas, pescados, raíces comestibles, frutas silvestres, huevos de aves, todo lo que le proporcionaba en abundancia la Naturaleza.  Exclusivamente la Naturaleza.  Y el colono aquel, y todos los demás que trataron de llevarla a sus hogares, tuvieron a los pocos días que devolverla al cayo, a su medio semisalvaje, para que la Venus Negra no muriera de inanición. Al verse cautiva no probaba ni siquiera agua. Y jamás pronunció palabra alguna en ningún idioma.”

Así dice la leyenda, pero… ¿era esa la realidad? Cada uno de aquellos “magnánimos” colonos que quisieron llevársela a casa estaba poseído de deseos de ella, querían disfrutarla por su hermosura de hembra sin importarles nada más. El título de Venus Negra no le fue otorgado por generosidad. No existen pruebas de ello, mas que la confesión en artículo de muerte de uno de aquellos hombres de la colonización, que reveló lo ocurrido a él y por lo menos a tres más de sus amigos, en tiempos diferentes. Todos trataron de ganarse sus favores amorosos, e incluso trataron de violarla. Pero al forzarla, cuando abrazado a la muchacha era mayor el ardor e incontinencia del empecinado, notaba de improviso una transformación horrible. Aquella piel muy negra y lustrosa, aquella suavidad de seda, de pétalo, aquel aroma de pino y sándalo, tomaba una aspereza sarmentosa, escamosa, sarnosa;  una coloración blanco-amarillenta como el pus, y un olor nauseabundo se apoderaba del aire, provocando náuseas y asco.  Todo ello desaparecía tan pronto como quedaba fuera de peligro de la fornicación obligada. Era la muda protesta de su naturaleza contra la esclavitud del negro. La afirmación del ser salvaje que ama su libertad y no se acomoda a las trabas y desajustes de la llamada civilización.

Y cuenta el antiguo vecino de la Villa, Pedro Modesto Hernández, que en 1876, siendo él un niño, vio entrar sigilosamente a su hogar a una mujer negra, ya anciana, de unos 70 años o más, completamente desnuda, con un collar de semillas y conchas marinas, que llevaba con majestad y dignidad, como si solo considerara los collares dignos de su cuerpo esbelto y delicado.

Pero cuentan también los náufragos, y hasta un combatiente cienfueguero del alzamiento de Cienfuegos el 5 de septiembre de 1957, que escapó nadando de Cayo Loco, que mientras flotaban en el mar, se les apareció una mujer negra, hermosa, joven, ataviada solo con un collar de semillas y conchas marinas, que se les entregó jubilosamente en un estallido de lujuriosa libertad.

Y cuentan los poetas que en noches sin luna, y con preferencia en las lluviosas, cuando es más segura su soledad y el silencio no corrompe los ensueños, ella abandona su retiro y vaga…

 

Lucía

 

Esteban Cabrero no supo jamás que la Venus Negra había quedado gestada por él. Aquel fruto de su amor nació a principios de 1820.  Fue una hembra que también heredó los atributos de belleza y hermosura de su madre, la Venus Negra,  y de su abuela Abi, la beldad abisinia o etíope que sedujo a Agustín de Santa Cruz y Cabeza de Vaca. Entregada en secreto por la Venus a sus madrinas negras del barracón del ingenio, Nuestra Señora de Regla, fue criada amorosamente en el mismo cobertizo de esclavos donde ella nació y se desarrolló espiritualmente.

La llamaron Lucía. Allí se convirtió en una mujer esbelta y bella que a sus quince años se enamoró. Una madrugada muy fría llegó un nuevo lote de esclavos al barracón.  Los condujo con la brutalidad acostumbrada la jauría de capataces. Eran africanos recién desembarcados que caminaban como zombies y se tiraron en un rincón, con sus ojos horrorizados y sus bocas resecas.  Las miradas de Lucía chocaron con los ojos espantados de uno de los mozos más fornidos. Sintió su nobleza, su desazón. Lo sintió muy adentro y tuvo lástima de ese ser bello y asustado, recién traído de su continente negro. Sin palabras, le llevó agua en su jícara que aquel bebió de un sorbo y la miró intensamente. Temblaba de frío y temor a eso desconocido que estaba ocurriendo. Y ella compartió su escasa ropa de abrigo y se acostó a su lado para cobijarlo. Fue una acción tan espontánea que no le provocó remordimientos.  Pero hizo nacer en ese instante, en dos seres humanos afligidos, el amor.   “Comenzamos juntos un viaje incierto hacia la aurora como dos fugitivos de la misma condena”, contaría ella luego, y con Napucemo,  que así llamarían a aquel joven africano, tendría Lucía dos hijos hermosos, una hembra y un varón, que se criaron en ese mismo barracón desde su nacimiento hasta sus primeros años de vida. El tiempo imperturbable continuó su marcha…

Hacia 1840 Cienfuegos era una villa relativamente rica y desarrollada. Para satisfacer las necesidades financieras inmanentes al explosivo crecimiento azucarero, sostenido en las plantaciones y en la producción industrial por el trabajo e los negros esclavos, en los primeros años de esa década por los ricos hacendados y comerciantes crean sus propias casas comerciales, que resulta el elemento más dinámico de la producción de capitales originales. Uno de estos era don Sebastián, acaudalado catalán a quien la cantaleta de la esposa, la criolla Micaela, lo perseguía a todas partes…

—¡Yo soy tu esposa, y no una de tus esclavas! No puedo sola con toda la casa. Yo necesito ayuda ¡y mucha! Tienes que ir pensando en eso. No puedo sola con la casa y la crianza de tres muchachos…

Don Sebastián era perseguido por esa voz chillona y reticente cuando se alteraba. Si llegaba a su hogar le caía con la pituita, y luego, cuando estaba en el almacén importador-exportador de ferretería, o en su hacienda ganadera, le parecía escucharla, y hasta cuando realizaba algún negocio lucrativo, aunque no muy legal, de compra-venta de esclavos, aquella voz le recordaba  como si fuera su conciencia, la necesidad de ayuda para su esposa en los quehaceres hogareños de su amplia casona de San Carlos y Hourruitiner, muy cercana a la Plaza Mayor de la Villa. Y don Sebastián, todavía enamorado de esta criolla de muy buen ver, a la que desposó en 1835, cuando él tenía 41 años, y ella 21, llegó a la conclusión de que tenía que complacer a su mujer. Habían pasado los años, finalizaba 1841 y ya los muchachos daban mucho qué hacer. Joaquín, el mayor, era bastante quieto pese a sus 5 años, pero Carlos Enrique, con 4 y sobre todo Olivia, de tres  añitos, eran los alborotadores del hogar.  Sí, Micaela tenía razón, ella no podía sola con las penosas tareas de la  casa y con los muchachos.  Así podría criar mejor a los niños.  Él nunca había querido meter criados en su hogar, gente de afuera que lo estuviera mirando y tocando todo, pero era cierto que ya no podía dilatar más esa decisión, y así se quitaba de encima esa cantaleta de Micaela…  ¡Yo soy tu esposa, no otra de tus esclavas…!

Además, existían antecedentes, no iba a ser el único hombre de negocios de Cienfuegos que albergara en su residencia a algunos negros esclavos.

Don Sebastián, siempre desconfiado, le dio muchas vueltas al asunto, y le preguntó a amigos y conocidos para formarse una opinión propia. Pasó revista a lo que sabía de otros para acabar de convencerse…

Ahí estaba, por ejemplo, José Antonio Tomás, casado con la sobrina del Fundador,  Josefa De Clouet, que mantenía nada menos que 20 esclavos en su residencia, a una cuadra de distancia de la suya, en San Carlos y Gacel.   Doce eran oriundos de África y ocho habían nacido en la Isla, incluso la menor había nacido en el hogar de Tomás, y ya iba a cumplir dos años, y según le contó su amigo jamás constituyeron molestia ni problema alguno.  Otro catalán,  su coterráneo José Cunill, y su socio Mateo Bover, tenían trabajando en su céntrica pulpería a seis esclavos africanos, varones y hembras, que los usaban también en su domicilio, donde  todos  estaban alojados.  El vasco Martín Irady hacía lo mismo: utilizaba a seis esclavos  en su tienda y en la casa de familia donde residían todos, con su hijo José y con el dependiente venezolano Tomás Terry, —después que este se independizara, puso una fábrica de bocoyes para envasar el azúcar de mascabado que se exportaba,  y luego hasta compró ingenios azucareros y tuvo otros negocios y se hizo banquero y millonario—.  Otro paisano catalán, Carlos Rigote, el francés Guillermo Bouffartique, y otros más, tenían esclavos de ambos sexos en sus hogares, y los usaban en sus comercios, en su hogar, y nunca tuvieron problemas, según todos le habían contado… “Así que  —se dijo— hay muchos antecedentes…  ¡voy a complacer a Micaela!

Revisó su dotación de esclavos y escogió a una familia que le pareció más adecuada para la casa y para Micaela. Un hombre joven que realizara las mil tareas duras del hogar, que se ocupara del mantenimiento del inmueble y lo ayudara a él en muchas tareas duras de sus negocios; una mujer fuerte, hacendosa, que realizara todos los quehaceres de la casa, ayudada por su marido; que  baldeara bien los fines de semana, tirando mucha agua, moviendo muebles, raspando pisos y paredes, porque hay que mantener bien la higiene hogareña... Micaela se ocuparía de los muchachos y también sería ayudada por la negra, que como mujer y madre sabría manejar niños malcriados, y los muchachos de esa pareja ya se mantendrían alejados con algunas tareítas que debían ir aprendiendo…

Así que a fines de 1841, don Sebastían llevó para su casa al negro “de nación” Napucemo, de 26 años, y a su mujer, la parda criolla Lucía, de 20, nacida en Cienfuegos, hija mestiza de español o francés, blanco, y de una descendiente de Abisinia, que había pertenecido a la dotación de don Agustín de Santa Cruz. Y la pareja de Napucemo y Lucía habían sido esclavos de la dotación del ingenio Nuestra Señora de Regla.  Porque él había investigado bien todos los antecedentes antes de meterlos en su casa. Lo que no supo era que Lucía había heredado una inteligencia poco común y una gran afición secreta por la lectura, algo inusitado  en una mujer esclava. Tenían dos hijos, de aproximadamente la misma edad que los suyos. Uno se llamaba José Francisco, desarrollado para sus casi seis años, y María Trinidad, una pardita linda de casi 4 años.

Llevarlos para su casa y comenzar Micaela a interrogarlos fue la misma cosa. Y como ella era tan devota, la primera condición que le puso fue que legalizaran su unión consensual ante la Santa Madre Iglesia, porque… “esta es una casa decente y Católica, Apostólica y Romana y no pueden convivir en ella en pecado mortal”.  Y agregó: “Nosotros podemos ser sus padrinos de boda. Ah, y espero que los niños estén bautizados, ¿no?...”  Lucía respondió afirmativamente, porque ella también era católica.  Micaela además, marcó sus reglas de convivencia, ante la aprobación de Don Sebastián, que se sintió complacido de su esposa. Eran reglas oportunas:

Podían desplazarse por toda la casa, pero tenían que bañarse, comer y dormir a las horas señaladas, exclusivamente en sus habitaciones altas, en el fondo de la casa,  destinadas a la servidumbre, adonde se accedía por una escalera situada al fondo del patio central; debían obedecer en todo a sus amos y jamás mezclarse en las conversaciones entre ellos y mucho menos indagar nada sobre los asuntos comerciales de su amo. Los niños podían jugar sin demasiada bulla y mantener el debido respeto a sus diferencias sociales, y aunque podían utilizar algunos de los juguetes de sus hijos, cuidándolos mucho, sería solo cuando ellos se lo permitieran, porque ellos, aunque niños, también eran sus amos.  Y más adelante hasta podrían estudiar. Si todo les quedaba bien claro, no habría problemas, porque la infracción de cualquiera de estas reglas determinaría la salida de toda la familia de la residencia y regresarían a trabajar a las tareas agrícolas de la hacienda de su amo, o serían vendidos al mejor postor.

Todo resultó felizmente durante varios años. Las dos familias, la de los amos blancos y la de los esclavos negros y mestizos, convivieron en armonía y Lucía se convirtió en una especie de administradora de la residencia, realizando todo el trabajo que la señora Micaela despreciaba, para poder holgazanear con sus amigas, y se crearon lazos de familiaridad y confianza, con gradual compenetración en que, sin dudas, la inteligencia avanzada de Lucía sería la rectora y precursora de las ideas que llegarían a la sociedad mucho después. Y que lenta pero continuadamente fue calando en sus hijos negros y en los niños blancos del hogar donde convivían. El tiempo transcurre inexorablemente.

Para 1853 los niños eran todos espigados adolescentes.  Todas las pasiones de la pubertad en el clima antillano y la herencia genética de insospechadas influencias, iban a irse revelando paulatinamente.

Joaquín, el hijo mayor de Sebastián y Micaela, ya en sus 17 años, no solo estudiaba las artes comerciales, sino que también ayudaba a su padre en el almacén del puerto, o en la ferretería, donde frecuentaba una preciosa chinita de 16 años, hija de un asiático socio de Don Sebastián en uno de sus negocios, y ambos intimaban en una fogosa relación sexual que los enloquecía, aunque el muchacho también las mantenía con otras criaditas pardas, o vecinitas blancas de los alrededores. Joaquín y sus amigos reían a carcajadas cuando al salir de sus hogares a “enamorar”, decían que iban a “cocinar ajiaco criollo”. En realidad confirmaban exactamente la monumental simbiosis racial que creó nuestro pueblo original, que continúa desarrollándose ininterrumpidamente en todos los tiempos de Cienfuegos.

El segundo hijo, Carlos Enrique, cumplidos sus 16, estaba viviendo un romance oculto y explosivo con la preciosa María Trinidad, la hija del matrimonio esclavo que,  también en sus 16, era una belleza morena clara con el desarrollo típico de la fogosa africanía y el Caribe ardiente. El muchacho se veía en secreto con la esclavita de prominentes nalgas, que aún recordaba pasajes de su niñez primera, antes de venir a la casa de los amos, cuando convivió en sus primeros años en aquel barracón del ingenio Nuestra Señora de Regla, donde “desayunó sangre de gallo, recibió purificaciones con la verbena de Yemayá, se colgó collares de Changó y Elegguá y aprendió palabras del código yoruba”,  que enseñó como lenguaje común a  Carlos Enrique, para poder comunicarse aunque estuvieran en presencia de los padres de él.  La muchacha bajaba descalza, todas las noches, por la escalera que daba al fondo del patio central de la casona, entre arecas y geranios en tiestos húmedos, y mientras los mayores dormían el cansancio de los días agobiantes, ellos se amaban fogosamente en la oscuridad de uno de los baños de la residencia.

Pero lo que comenzó como atracción de los cuerpos juveniles, inagotable surtidor de placeres,  se convirtió en amor profundo que poco después tendría que desafiar, como desafió y triunfó, con esa inconformidad adolescente que hace hombres y mujeres de bien, capaces de  luchar contra la maldición de esos tiempos, la ruindad de los convencionalismos estúpidos de sociedades decadentes, que podría ser objeto de otro libro por escribir. Puedo decir aquí que aquella pareja, dueña del amor que piensa y no baja la cerviz, dueña de un destino superior, precursora del de su Isla amada, exploradora de su pelotón de avanzada que detecta las minas del camino, luchó por destrozar lo decrépito, por hacer valer los albedríos y amplitudes, por convertir sus cadenas en alas. Los padres de Carlos Enrique actuaron a la usanza de entonces y para evitar el qué dirán, enviaron al muchacho al cuidado de un tío materno que lo acogió en su vega tabacalera en Pinar del Río, pero  encontró la incondicional ayuda de Lucía, la madre de María Trinidad, y la comprensión y apoyo de Olivia, la hermana de Carlos Enrique, quien una noche había sorprendido a los dos amantes y desde ese día comenzó a apoyarla en ese amor maravilloso, quien entonces no sabía que iba a  conocer, también ella, poco después.

Lucía escuchó con amargura la queja justa de su hija María Trinidad que, como antecesora de un Buesa que nacerá más tarde, musitará doliente:

—Mi amor fue el de una gaviota  que construyó su nido / en lo alto de un mástil  y ahora el barco se ha ido…

Y ella, que recordó su propia vida, la alentó:

—No, ten calma, piensa que Carlos Enrique y tú son ahora dos presos de la misma condena, como fuimos una vez tu padre y yo, pero como nosotros verán la aurora si se mantienen firmes. Si se aman de verdad, resistan.

Apenas dos años después Lucía logró convencer a Napucemo que permitiera que María Trinidad fuera a unirse con Carlos Enrique, que ahora estaba más cerca. La bondadosa solidaridad del hermano de Micaela que, accediendo a la petición de esta, convencida por Lucía, asignó a su sobrino la responsabilidad de atender una finca de su propiedad en el relativamente cercano Aguada de Pasajeros, logró vencer la resistencia de don Sebastián, que culpaba a la morenita de recias nalgas de sonsacar a Carlos Enrique, del que habían tenido que separarla.  realmente terminó de decidirlo la propuesta de su cuñado de promover un negocio con él para negociar su tabaco en Cienfuegos con el que Sebastián ganó abundantes duros que compensaron la ausencia de Carlos Enrique. Este y María Trinidad tuvieron copiosa y feliz descendencia. Uno de los nietos de Don Sebastián y Micaela fue uno de los combatientes mambises que se alzaron en 1895 en la Sabana de Los Charcones, en la zona aguadense, con Joaquín Pedroso, para comenzar la Guerra de Independencia, hecho que determinó el carácter martiano de ese alzamiento cienfueguero, por cuanto Pedroso recibió directamente del enviado de Martí la orden de sublevación para ese 24 de febrero.

 

Perteneciente al libro inédito Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos, en conmemoración del Bicentenario de la fundación de la Ciudad de Cienfuegos, a celebrarse el próximo 22 de abril de 2019. (N. del E.).

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