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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

CAPITULO I

La niñez: Reunión en el hogar. El terruño. La familia. La escuela. Primer amor.

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Hay sitios donde la vida misma construye oasis. Existen lugares mágicos y no se sabe cómo se llega allí. El nuestro es la finca “La Unión”, en Palmira, que antes perteneció al municipio de San Fernando de Camarones, a 16 kilómetros de la ciudad de Cienfuegos en el centro-sur de Cuba.

Hay sitios sorprendentes, tan inimaginables que uno se enamora de solo contar las historias y el tiempo comienza a girar alrededor de ti y de repente te encuentras en el siglo XIX y pasas al XX y al XXI con apenas transcurrir unas páginas.

A esta hermosa isla caribeña, hermana de las Afortunadas, y a este lugar me trajo mi Destino. Este antes había empujado a mi hermano Manolo, y yo lo vine a buscar, como si quisiera recorrer los anales de la génesis. No sabíamos si estaba vivo o muerto, aunque presumíamos que como no regresó de la guerra y por lo que nos contaron sus compañeros de odiseas, ya no estaba entre los vivos, pero padre me envió a cerciorarnos, y a rescatar lo que hubiese quedado de él. Vine también a cumplir la promesa que le hice de encontrarnos aquí para darle continuidad a nuestras vidas. Manolo era mi hermano menor, pero éramos más bien amigos y confidentes y teníamos planes para vivir en Cuba, casarnos y tener una familia bien grande y linda, y unida y feliz. Hoy yo la tengo, pero él no está. ¿O está? Mis hijos dicen que está entre nosotros, con su entusiasmo, sus sueños, sus miedos y su pureza de hombre bueno. Lo creo. Manolo es también esta finca y son mi esposa Ramona, y mis hijos, y lo serán los hijos de mis hijos. Y cuando lo pienso el tiempo comienza a girar a mi alrededor y de repente el siglo XIX me desnuda las pestañas y comienzo a recorrer los anales de la génesis… Al final nos encontramos aquí, en esta reunión de la familia, como hacemos regularmente para contar las historias no obstante conocidas, que nos enamoran a todos y nos aprietan en el cariño…

Cuando desembarqué en el puerto de Cienfuegos, el 11 de abril de 1899, estaba con el miedo de mi primer viaje largo, desde Gran Canaria a la caribeña isla de Cuba, y con el de no saber cómo iba a encontrar a Manolo, aunque sabíamos que donde estuvo destacado como soldado por última vez fue en el poblado de Cruces, y por aquí comencé mis averiguaciones.

Desalentado, medio muerto por fuera y por dentro, cuando ya desfallecía y estaba decidido a renunciar a mi búsqueda infructuosa y regresarme a Canarias, con la vergüenza y la defraudación de no haber hallado a Manolo y escuchar las reconvenciones de papá y el desaliento de mamá y mis hermanos, en ese momento anterior a la extenuación y la renuncia, la vi a ella. Miré sus ojos y su estampa de diosa campesina cubana y aquella sonrisa me reconfortaron para siempre… (Cada vez que llego a esta parte del relato, Ramona me toma la mano y me la aprieta, y nuestros trece hijos ríen alborozados y corean como en las fiestas de “casorios”: ¡que se besen!, ¡que se besen!... y tenemos que besarnos entre risas y aplausos).

Y es que durante años hemos tenido estas reuniones, como para no olvidar jamás esta historia que más que pertenecer a nuestra familia es patrimonio de nuestros dos pueblos, España y Cuba, y a ellos se la dedicaremos siempre. Entonces, ya los más pequeños me están apresurando y piden que les diga sobre nuestros ancestros y lugares…

- 2 –

La vida transcurre siempre tranquila en el núcleo urbano de Cercados de Araña, de San Bartolomé de Tirajana, en la Gran Canaria donde nacimos y crecimos. Adquirió la municipalidad en 1813, ya comenzando la segunda decena del siglo XIX y nació pujante y esperanzada, rodeada de un halo de mar y escasa vegetación en la caldera volcánica. Y aunque hace años que no la veo, siento como que poco ha cambiado en tantos años. Acaso sus habitantes no mucho tampoco.

Por decenios, por dos siglos casi, en sus tierras no muy feraces, crecen lozanas especies como la retama, el tajinaste rojo y la violeta del Teide, que embellece con sus colores firmes el entorno. La porción netamente urbana, adquirió las mismas características de los pueblos canarios de la segunda mitad del siglo XIX. Y para nosotros, durante decenios, los días transcurrían de semejante manera, nada distingue uno del otro: los mayores, en el trabajo rudo del campo; las mujeres, en las interminables faenas de la casa. Los más pequeños, viendo pasar insoportablemente semejantes los días monótonos. Aquellas familias que pueden costearlo, enviarán a estudiar a algunos de sus hijos a la escuelita del pueblo. El destino de los varones es ayudar a sus padres y hermanos en las labores agrícolas, de pastoreo u otras, mientras las hembritas emprenden tempranamente las faenas hogareñas junto a sus madres. Así ha sido siempre, con ligeras variaciones. Afortunadas unas. Tristes otras. Me parece que estoy allí en este mismo momento…

Mi familia canaria está compuesta por 6 miembros: mis padres, Juan y Maria del Pino; y cuatro hijos varones: el mayor soy yo, Juan Miguel, que desde niño me apodaron “Juancho”; Graciliano, que es el segundo; José, que es tercero, y Manolo,el más pequeño y vivaz, inquieto, lleno de vida y con una salud que envidiaría cualquiera; pequeño de estatura y robusto, es el que ”mejor cabeza tiene para los estudios”. Por eso papá, mamá y demás familiares, a base de grandes sacrificios, sacamos las pesetas necesarias para comprarle los libros y cuadernos que necesitaba, y así facilitarle que estudie, que se supere en la escuelita del pueblo. Esta está dirigida, más que por conocimientos, por esa rectitud casi medieval, muy característica en la época, por ese gran maestro que es Don Gaspar.

Pero Manolo, niño al fin, tiene otros intereses que no son precisamente trabajar, estudiar y ayudar en las tediosas tareas que le asignan en el hogar. No, él prefiere corretear por las resecas tierras que circundan al pueblo y perseguir al lagarto tizón, reptil que ha hecho su morada por estos lares y que por ser un animal endémico de la zona merece que se le respete su vida. Además, a Manolo le encanta oír el canto y ver los vivos colores de los avutardas, herrerillos, ponzones, alpispas, petirrojos y canarios, entre otras aves canoras; pero además, él añora ir hasta la costa y contemplar el azul del mar, dedicarse a pescar desde el bote del padre de su amigo Nicodemo, contemplar y desde luego capturar sardinas, chicharros, atunes y las “viejas”. Esta es una especie que existe en muy pocos lugares de la Tierra… Yo lo comprendo porque yo también era así a su edad… Pero él además, sueña, sueña entonces en grande. Allí, en la soledad de aquel bote, se ve viajando a otras tierras de la Corona, en esos grandes barcos de la Compañía Trasatlántica Española, que según cuentan los mayores tienen capacidades para pasajeros de primera, segunda y tercera clases en las cámaras, mientras que los iguales a él viajan apretados en las bodegas y sollados, donde siempre van más, muchos más pasajeros, fundamentalmente aquellos que parten en busca de fortuna y una nueva vida, allende los mares. Sueña Manolo, porque me lo confesó varias veces, con conocer a una noble doncella, desposarla y tener hijos, muchos más hijos que nuestros padres, para así, sentados todos a la mesa, en el desayuno y las comidas, repartir mojicones a los traviesos, y queso a los más tranquilos, bajo la cándida mirada de su linda esposa, enamorada y agradecida de su hombre… Siempre, desde muy niño, mi hermano Manolo fue un pertinaz soñador.

También nuestro Manolo tiene un gran secreto en su vida, algo que lo acompaña desde niño y trata de disimular, de ocultar a toda costa, incluso de mí que soy su confidente, porque se inhibe de vergüenza ante los demás, fundamentalmente ante sus amigos. Él lo oculta, y cree que engaña a todos, pero todo el mundo sabe de su debilidad: su terror a los escasos pero potentes truenos que caen en Islas Canarias.

Recuerdo una tarde…

¡Cómo sonaban esos truenos, Dios mío…! El restallido era ensordecedor y a él sobre todo le da miedo, mucho miedo. El relámpago le infunde más pavor aún. Pero él disimula ante nosotros y ante algunos amigos, y pavoneándose de su nula valentía, nos dice, como infundiéndose valor a sí mismo:

—Nada, que no les temo nada a los rayos…

—¿Ah, sí? ¿y por qué brincaste y tiemblas? —le dijo alguno.

—Es que de pronto me sorprendió el ruido…

Alardea empinándose en sus 12 años, pero enseguida corre a besar la medalla de la Virgen Afortunada que guarda en su bolsillo, pidiéndole a escondidas de todos, en un rincón, que lo proteja de ese demonio que ilumina y mata bajando del cielo.

Como era el más pequeño debía atender entre sus deberes familiares el de llevarnos a papá, a José, a Graciliano y a mí, los alimentos al campo donde trabajábamos la tierra, la dura tierra de nuestra pequeña parcela, algo lejos del hogar. Pero a él se le olvidaba el deber cada día, y era común escuchar aquel llamado imperioso de mamá:

—Manolooo…, ven a buscar el almuerzo de tu padre y hermanos…

Entonces sale del granero, su escondite favorito, su castillo que lo protege del rayo, y de mala gana sale cumplir el encargo, pensando que por qué sus otros dos hermanos no tuvieran menos edad para que lo hicieran ellos. Ahora tiene que ir él, bajo la lluvia, con el temor a ser alcanzado por un rayo… ¡Qué lata que sus hermanos sean mayores! Así lo piensa, pero reconoce que de verdad nosotros trabajamos a la par que papá, lejos del hogar…; pero siempre concluye protestando: bueno, pero al menos ellos no tienen que andar llevando estos encargos, y con ese peligro del Cielo… Y obedece a mamá, porque él puede protestar, como a veces nosotros, pero cumplimos las órdenes de los viejos. Así era antes, que ya no es así, por desgracia…

Se va guareciendo de la lluvia, debajo de los dragos que circundan el polvoriento camino, ahora convertido en un lodazal oscuro y pegajoso que le dificulta el camino. ¡Raaaa!... restalla otro trueno que le hace temblar de pies a cabeza, más por el inconfesado miedo que por el frío contacto de la lluvia que le cala los huesos. Se agacha inconscientemente y se persigna varias veces. En eso pasan unos muchachos, mayores que él, y ríen de su temblor y de sus miedos y socarronamente le gritan:

—¡Ratónnn!...

Les contesta a pedrada limpia. Dispara los proyectiles con renovada furia y estos huyen riendo a carcajadas, complacidos por su cruel burla. Las piedras caen lejos y Manolo se conforma pensando que “total, se las tiré sin querer darles, realmente”… Continúa su camino bajo la lluvia pertinaz; pero en breve, finalmente, ocurre el milagro muy común en estas tierras tan resecas y sedientas de agua: se va el chaparrón de pronto y con él los truenos. Sale un sol espléndido, para Manolo, ¡justiciero!, porque secará sus ropas de aquí a donde estamos nosotros laborando y le quitará de encima de su cabeza esos truenos que lo aterran, ¡vale Dios que lo aterran de verdad! Ahora empieza a ser feliz de nuevo.

Al final ve el valle donde sembramos plátanos, tomates y más arriba pastorean las cabras y las vacas, lejos de los sembrados de cereales y de vid, que también atendemos papá y mis hermanos. Allá están las buenas bestias rumiando el pasto seco que logran arrancar de la tierra con sus certeras dentelladas. Al ver pasar a Manolo levantan cansadamente sus cabezas para después, tranquilizadas, continuar comiendo, rumiando su apetitoso bocado que se le torna a Manolo, caprichosamente, un verde pasto jugoso y brillante, como el que sueña todas las noches. Dormido ve así las resecas tierras del patrimonio de la familia, cubiertas por una capa vegetal espesa, brillantemente verde. Pastizales esplendorosos vienen a su mente en sus sueños, como si la noche lo transportara a una tierra bendita que lo hace sentir feliz, muy feliz de su destino. Tierras maravillosas, llenas de encanto y de dicha. ¿Existirán realmente en este mundo? Se lo pregunta y seguidamente recuerda lo que dice el profesor Don Gaspar: que allende los mares existen tierras llenas de bosques, lindas, exuberantes, plenas de riquezas y de misterios aún por desentrañar, conquistadas por los soldados de la Corona en nombre del Rey, para bien de España, y por supuesto de Canarias también… Al despertar de tales quimeras se asoma y comprueba la verdad, pero no siente pena, ve sus tierras resecas pero queridas, trabajadas con amor por su padre y sus hermanos y a veces también por él, y el terruño lo gana por el cariño.

Ahora nos ve, verdaderamente. Permanecemos debajo de un pinar donde escampamos de la lluvia reciente, en espera de su almuerzo que él nos trae ahora presuroso, cuando sabe que lo vemos. Lo recibimos alegremente y comemos el refrigerio que envía mamá: nuestro pescado preferido, el chernes, de gran textura y sabor; viene acompañado de mojos compuestos con cilantro verde y picón; más “papas arrugás”, como llamamos a las patatas sin mondar cocinadas con agua de mar; utiliza la papa “negra”, por supuesto, que es considerada la mejor. Y de postre, el arroz a la miel, todo acompañado con queso Mojoreno, de la isla de Fuerteventura, que a papá tanto le gusta, y a mi también.

Comemos apresuradamente, con mucho apetito, y tomamos el vino casero que mamá hace de uvas. Con el dorso de la mano nos limpiamos los labios, y es entonces que ya satisfechos, miramos burlonamente a Manolo, y le digo:

— ¿Y qué, cómo te ha ido hoy con los truenos?

Papá, acaso queriendo detener la chanza, interviene:

—¡No, hombre no! ¡Que nuestro Manolote no le teme a nada, hombre! Seguro que desafió la buena lluvia de primavera, para refrescarse la mollera de lo que le enseña Don Gaspar en la escuela…

—Jajájajá…

Todos reímos la gracia de papá, damos los últimos lengüetazos al almuerzo y quedamos un rato más sentados recuperando fuerzas para seguir arañando la tierra para sacarle los frutos que necesitamos para subsistir. ¡Es más fácil sobrevivir que vivir en nuestra isla!

Mientras, Manolo se tira de bruces en el suelo, aprovechando la sombra de los pinares que circundan los sembrados, entrecierra sus ojos y sueña… Después sabré por él mismo que sueña con la tierra prometida, allende los mares, donde el verdor de su naturaleza da frescura a la sombra de los árboles. Ve alegres pájaros de colores muy vivos revoleteando y cantando sus trinos con elegancia, pero…

—¡Carajo! —se sobresalta de pronto—, ¿lloverá mucho? —, y colige—: ¡De seguro que sí y con muchos truenos! Se incorpora, y con la realidad a la vista ¡se le rompe la ilusión!...

—¡Ay, carajo! ¡Ay de la vida!, ¡qué feliz fuera sin truenos y relámpagos que bajan del cielo como una luz cegadora que ilumina y mata!… —lo expresa mentalmente y se llena de resentimiento—: …¡Rediez! ¡Diablos!... ¿Por qué tiene que haber algo malo en toda la vida? Mi madre siempre nos dice que es malo maldecir, que eso es de herejes y que los truenos son relámpagos divinos que bajan del cielo por orden de Dios para castigar a los que no creen en él, y para los que maldicen a diario por cualquier motivo, porque desoyen lo que dice el cura, que los buenos cristianos ni maldicen, ni blasfeman… Pero, ¡qué diantres!...

Terminado el almuerzo, recoge los cachivaches y parte de regreso para ayudar a la madre en la casa. Va por el camino de vuelta recordando sus obligaciones. Recuenta: “Después, a recoger las cabras que traerán mis tres hermanos mayores del pastoreo en la pradera seca, ¡lo mismo de siempre!, guarecerlas en el corral para que pasen la noche en la seguridad de la casa. Asegurarme de que tengan agua. Dormir un poco y mañana bien al amanecer, de nuevo ayudarla en el ordeño matinal, para tener leche fresca en el desayuno y preparar los quesos, que tenemos que vender a los vecinos, o intercambiar por otros comestibles... Con lo que me gusta a mí el requesón de leche de cabra, que también encanta a mi madre y a mis hermanos. Pero hay que venderla y dejar algo, si queda… Y después, debo ir a la escuela de Don Gaspar…”

Se le enseria el rostro al recordarlo, pero sabe que debe hacerlo…: “Papá siempre dice que al menos un hijo suyo tendrá que ser letrado, que para eso se rompe el lomo trabajando, al igual que los hermanos mayores. Y yo fui el elegido, dicen que por ser el más inteligente de la familia…, pero eso es porque soy el único que toma estudios… esto lo saben todos…”

Manolo recibe este reconocimiento paterno con mucha humildad y modestia, no alardea de ello, solo trata de estar a la altura de lo que dice papá, porque ¡ay de él si no llega a complacerlo!

“Me mata a golpes de seguro”, piensa. Pero no se puede ser tan ordinario con la familia, eso mi padre no lo perdonaría jamás”.

Transcurre así su vida muy monótona en el pueblo. Algunas noches oír las mismas historias de los padres, y los días festivos escuchar la música folclórica canaria de una extraordinaria personalidad y belleza. Manolo y nosotros, sus hermanos, y qué decir de los padres, nos recreamos con los sorondongos, las folías, las malagueñas, las isas, y esas deliciosas seguidillas, durante las canturrias y tonadas que entonan los poetas.

¡Papá se luce de verdad!…, más aún cuando improvisa para nuestra madre. Ahí a ella se le enciende todavía la mirada. ¡Cómo le brillan sus lindos ojos azules!

En estas canturrias, Manolo y sus amigos se ponen a espiar a nuestro hermano Graciliano, que enamora con Rosa, la “currita”, la encantadora muchacha que este pretende. Siempre que está con ella se le ve con muchos bríos y ansias de tenerla. Ella le corresponde, “y se lanzan miradas de fuego”, como dice mamá. Así, entre risas entrecortadas, miraditas furtivas y roces imperceptibles de sus manos, pasan toda la velada. Manolo se pregunta si él conocerá algún día el amor… Me cuenta:

—Dice mamá que soy muy joven para eso, que primero tengo que estudiar y después de hacerme un hombre de bien que ayude a la familia, podré pensar en amoríos y mujeres, que primero tengo que dejar de tenerle miedo a los truenos, y a los rayos, que si no es así cómo podré defender a la novia, que será después mi mujer, y a los hijos. Que los hombres casados no le tienen miedo ni a los truenos, ni a los rayos, porque como sentencia siempre: “eso es un castigo divino para los que no creen en Dios…” Pero, ya me siento capaz de amar a una mujer, lo que todavía no sé bien a cuál…

—¡Qué culicagao eres! —le digo y reímos.

Ya Manolo va a cumplir casi 12 años. Discurre el año 1890 y continúa preparándose bien. Es adicto a las letras, pero aborrece las cuentas que Don Gaspar “quiere meterme en la cabeza a toda costa”, como él expresa. Cada vez que le corresponde esta asignatura, Manolo siente que preferiría ser como nosotros, sus hermanos, trabajar la tierra… “para así poder reunir algún dinerito para cuando llegue el momento, desposar a una linda isleña que me llene de hijos y de felicidad…, pero no, mi padre tiene otros planes para mí, primero estudiar y después que sea un letrado, y solo entonces, que me enamore y trabaje duro para poder mantener a una familia. ¡Qué lata!...”

Tales son los planes de papá, y son los pensamientos ahora de Manolo.

¡Qué diferentes de los que le guarda el destino! El cruel destino “que no perdona a los pobres, por ser tan pobres y pertenecer a un protectorado español, donde el gobierno de España manda, y sus súbditos solo pueden y tienen que obedecer”. Así también acostumbra a decir, siempre con amargura, nuestro padre.

- 3 –

La escuela es de paredes gruesas, pintada con cal blanca y con tejado de barro. A ella asiste un grupo numeroso de párvulos, endemoniadamente ruidosos e intranquilos, llenos de ansias reprimidas de muchas cosas, inasequibles la mayoría, y siempre con unas ganas tremendas de que Don Gaspar toque la campana que anuncia que ¡nos vamos a casa! También añoran el tiempo del recreo, donde se divierten como locos, aunque a veces pueden pasar cosas… El patio donde juegan tiene algunos árboles delgados, pero lo suficientemente buenos para ocultarse tras ellos y lanzarse piedras. Casi siempre es un duelo “todos contra todos”. Las piedras de naturaleza volcánica abundan, pesan poco y son buenas para lanzarlas, aunque tienen filos aguzados.

En eso mi hermano Manolo es “el rey”. Tres veces, durante el curso ha acertado con esos guijarros a otros tantos compañeros de aula, y siempre se ha repetido la escena. El “alcanzado” corre hasta el profesor, llorando, con alguna sangre goteando indiscreta de su cabeza, y mientras Don Gaspar lo atiende, inquiere sobre el autor. Generalmente es acusado, aunque exponen la accidentalidad del suceso. Casi nunca es el maestro quien acude a dar las quejas a nuestros padres. Habitualmente es la madre del herido. Y ya sabe Manolo que cuando regresa al hogar tiene que escapar del castigo de papá que no entiende de “accidentes”, sino de culpas. Poco le vale contar del inocente entretenimiento, del juego de las piedras voladoras. Ahí está papá buscándolo para ajustarle las cuentas. Solo que en las dos últimas ocasiones, llegaron primero a la casa, parche a la cabeza, los propios heridos buscando a su amigo para jugar, aunque mediante otros entretenimientos menos peligrosos, pero en realidad absolviéndolo de culpas, y justifican la inocencia de la falta que atribuyen a la casualidad, al hecho de que Manolo podía haber sido el lesionado…

De todos modos fue Don Gaspar el que resolvió el asunto que se repetía. Con su inventiva para estas cosas decidió a que los que tocaran una piedra del patio para lanzársela a otro niño, el castigo sería recolectar mil de esas piezas tan tentadoras, acumularlas en una esquina para más adelante trasladarlas en carretillas, y de esta manera, a la vez que castigaban a los infractores, iba quedando limpio el patio de tales pequeños obstáculos peligrosos.

Otro día, ocurrió otro incidente de distinta naturaleza. Transcurría el recreo. En ese momento se acerca a Manolo su amigo Nicodemo, intranquilo y muy travieso. Llega con una sardina reseca en una cajita de madera, de esas en que vienen las avellanas a la bodega del gallego José. Nos jura que es la más grande que ha pescado su padre, y posiblemente entre todos los pescadores de Gran Canaria. Jura que la robó para que la viéramos, más bien para pavonearse de su tesoro ante todos los muchachos.

—Mira, Manolo, qué grande es. Seguro que es la más grande que se ha pescado en Las Palmas.

—Pues dice Mundo que él las ha visto mayores —le contesta.

—Eso es mentira, si sus padres no pescan, son del campo, como el tuyo.

—Pero bueno, a ellos les gusta pescar también.

—Sí… ¿y en qué pescan, en una cáscara de sandia?, si no tienen botes, ni avios de pesca… —y ríe estrepitosamente, cosa que molestó mucho a Manolo, que le grita airado:

—No te rías de mi padre, que aunque es del campo y no tiene bote, logra que vivamos mejor que tu familia; al menos no tenemos siempre ese olor a pescado que siempre tienen tú y toda tu gente…

La familia del padre de María, madre de Manolo, había tenido gran prosperidad económica con la reproducción y comercialización de la cochinilla, muy usada en esa época como colorante para teñir telas, pero a partir de 1871, se empezó a fabricar carmín con colorantes químicos y entonces la demanda de cochinilla casi desapareció y con ella la bonanza de muchas familias canarias, que vieron desplomarse su principal fuente de sustento por ese entonces.

Ese es el origen de la rivalidad entre pescadores y agricultores.

Nicodemo se para como una fiera y le recrimina:

—Yo no tengo peste a pescado, yo huelo rico porque para ello me baño con jabón, no como en tu familia, que lo hacen con las “tusas” de las puntas de mái que cosecha tu padre.

Manolo no le aguanta eso y se lían a golpes. La muchachada grita ensordecedoramente alrededor de los dos contrincantes, apoyando a uno u otro indistintamente. Gozan de la repentina batalla campal, incluso los llaman por los nombres de “Jacinto” y “Don Pepe”. Estos son los dos luchadores reconocidos del pueblo en la tradicional lucha canaria que se baten en la playa, en la fina arena, en las competencias del pueblo. Esa denominación de los campeones locales les da más bríos y cada contendiente, cada cual quiere ser el invencible con quien los han comparado. La lucha se torna más bravía, pertinaz y enconada, pero es entonces cuando llega e interviene Don Gaspar y “a leña limpia”, manejando diestramente su vara, que él llama “La Justiciera”, los separa y les dice a todos que se les acabó el recreo, que están castigados y que hablará con sus padres.

Ahí termina la primera gran batalla de Manolo, que a sus 11 años interviene para salvar la honra de la familia. Uno contra otro, limpiamente, a puñetazos justicieros como la vara de Don Gaspar. De su primera lid, el amigo sale con su cara enrojecida, y él con un ojo magullado…

El maestro da por zanjado el incidente, aunque recuerda que irá a decirlo a sus padres, y continúa su clase:

—Bien, alumnos, continuemos ahora con la clase sobre nuestro municipio. Presten mucha atención porque al final de la lección haré preguntas. Y ¡ay! de aquel que no sepa responderlas. ¡Ay de aquel!

Repite con solemnidad su advertencia Don Gaspar, y al compás de cada última sílaba de sus palabras, la vara justiciera del severo maestro restalla sobre su buró con golpes secos que resuenan más en los oídos que en la conciencia de sus alumnos. Explica entonces Don Gaspar :

—El nacimiento del municipio de San Bartolomé de Tirajana tiene su origen en el poblado aborigen de Tunte, lugar en el que se asientan, tras la conquista, diversos pobladores de variado origen europeo. A partir de este momento se produce el repartimiento de tierras y aguas entre la población. Tras la conquista se levanta una ermita en honor a San Bartolomé, que se convertirá en parroquia alrededor del año 1535. Poco a poco el nuevo núcleo de origen europeo irá creciendo hasta que acabe superponiéndose a Tunte, con el nombre de San Bartolomé de Tirajana. El templo parroquial será derribado tres siglos después para levantar una nueva edificación. Uno de los hechos que debemos destacar de este siglo fue la concentración de terrenos por parte del Condado de la Vega Grande ostentado por la familia Del Castillo…

El viejo maestro no se percata de la poca atención de muchos de los muchachos, que escuchan la historia de su lugar de origen como si escucharan llover. Pero Don Gaspar continúa:

—Tras la Conquista y la implantación del modelo económico europeo, la agricultura y la ganadería serán base fundamental para el sustento de los pobladores de San Bartolomé, si bien dentro de la agricultura debemos destacar el protagonismo del cereal de secano, en especial la cebada, segundo en importancia después del trigo como base alimenticia de la sociedad del municipio.

Varios alumnos se miran entre sí, ríen, se hacen muecas y alguno hasta lanza pedacitos de papel hechos bolitas ensalivadas. Pero el profesor continúa su letanía:

—El Municipio de San Bartolomé de Tirajana es el mayor de la Isla de Gran Canaria, cuenta con una superficie de 334,70 km2, similar a la Isla del Hierro. Era, hasta bien entrado el siglo XX, un amplio condado dedicado a la agricultura, a la pesca y a la ganadería. Hoy está compuesto por una variada gama de bellos y variopintos núcleos rurales, así como diversos núcleos urbanos, y ¿saben cuáles son esas casas y asentamientos?... las de ustedes mismos y sus familiares, vecinos y amigos.

Mira a los muchachos para ver el efecto causado por sus palabras, y continúa:

—Desde la costa a la parte más alta de San Bartolomé hay 40 kilómetros. Este pequeño paraíso está enclavado en la pequeña parte del sur de la isla, limitado por el Norte con los Municipios de Tejeda y San Mateo y Valsequillo; al Este con el Municipio de Santa Lucía; al Oeste con el Municipio de Mogán, y por el Sur con el océano Atlántico. ¡Apréndanse eso bien, para que sepan decir dónde viven ustedes, y para que lo encuentren en el mapa! ¡Y se lo voy a preguntar en los exámenes! Los núcleos rurales se caracterizan por sus construcciones artesanales de casas típicas canarias blancas, como podemos observar en Ayacata, Artedara, Fataga y Juan Grande. De los núcleos urbanos cabe destacar: San Bartolomé (Tunte), Santa Águeda, Cercados de Espino, Cercados de Araña, El Tablero, San Fernando de Maspalomas, San Agustín, Playa del Inglés, Castillo del Romeral y Aldea Blanca…

Todavía prosigue hablando de otros temas alusivos a su municipio hasta que, ¡al fin!, termina el maestro su clase y comienza con las preguntas a los alumnos.

—Vamos a ver, señor Nicodemo, usted que es tan guapo y belicoso con sus demás compañeros, dígame usted, ¿cuántos núcleos urbanos tiene nuestro municipio?

—¿Ehhhhh!, bueno señor, creo que…

—¿Creo?, —pregunta seriamente el profesor. ¿Cómo que creo?, ¿no los acaba usted de oír, o es que tienes la cabeza hueca?

—Jajajajajá, —ríe la muchachada, que calla inmediatamente al oír el golpe característico de la vara justiciera sobre el buró del profesor.

—Bueno, es que no me acuerdo —y diciendo esto se encoge, esperando el casi seguro golpe de la vara de Don Gaspar.

—Vaya qué contrariedad —ruge Don Gaspar—, rápido para liarse a golpes con un compañero de clases, y bruto como una mula para responder una pregunta de la clase recién recibida, ¡qué pérdida de tiempo con usted, Don Nicodemo!, ¡qué pérdida de tiempo!…

Manolo se encoge en su asiento esperando su pregunta; trata de memorizar todo lo que acaba de oír, que ha ido copiando en su cuaderno a medida que el maestro lo explicaba, para complacer su casi segura pregunta que, efectivamente, no se hace esperar.

— Dígame usted, Don Manolo, ¿qué superficie tiene San Bartolomé de Tirajana?

El muchacho, avispado, responde con voz segura:

—Tiene una superficie de 334 “y un piquito” de kilómetros cuadrados, similar a la Isla del Hierro, y además, señor, los núcleos urbanos son : San Bartolomé (Tunte), Santa Águeda, Cercados de Espino, Cercados de Araña, El Tablero, San Fernando de Maspalomas, San Agustín, Playa del Inglés, Castillo del Romeral y Aldea Blanca, y…

—Basta, basta, hombre, está bien, está bien… —le contesta Don Gaspar, sin molestarse en esbozar una sonrisa que muestre su complacencia con uno de sus alumnos más aventajados de la clase. Pero le corrige:

—Pero nunca más vuelva a decir una cifra y agregar eso de “un piquito”, porque piquitos tienen los pajaritos y no los números…

Así termina el martirio de las preguntas, y todos se dan cuenta de que el sabio maestro lo ha hecho para dar una clase de cívica y buen comportamiento a todos, fundamentalmente a Manolo y a Nicodemo, que han violentado la disciplina con su trifulca. Y agrega antes de soltarlos:

—Como Nicodemo no respondió a mis preguntas, voy a mandar a buscar a sus padres para contarles lo ocurrido, se faja con otros y no atiende en clases. Y como Manolo respondió relativamente bien, esta vez me callaré su mala conducta, pero si se repite no le valdrá nada… Quédense los dos.

Toca entonces la campana y salen los muchachos en una desenfrenada carrera, donde libros y gorras saltan por los aires ante los encontronazos. Nicodemo y Manolo se quedan sentados, petrificados ante la mirada inquisidora de Don Gaspar, que se les acerca y mirándolos con sus ojillos cansados les dice:

—Bueno, muchachos, por esta vez los perdono, nada diré a los padres de ninguno de los dos, pero solo si se dan la mano como buenos cristianos y prometen que no ha pasado nada.

Se levantan sonriendo, agradecidos de la bondad del viejo maestro, quien acota de nuevo:

—¡Ay de ustedes si vuelven a liarse a golpes! ¡Ay de ustedes, gamberros! —así les recrimina Don Gaspar, muy serio, con autoridad. Y ellos se dan las manos, pero en la mirada que se cruzan, solo Nicodemo y Manolo saben que se están diciendo:

—¡Ya nos veremos de nuevo! ¡Esto tiene segunda parte. Sí, señor!

Todo esto lo supe de primera mano, porque Manolo me lo confió en detalle, así como el incidente posterior…

Salió mi hermano como un bólido, y al hacerlo, a la salida de la escuela tropieza con Caridad, la nieta de Don Gaspar, que le trae su almuerzo, y casi le tumba el magro alimento del maestro.

Y se dice: “¡Válgame Dios!, si eso ocurre sí no me salva nadie de la queja, ni de la paliza de mi padre…”

Entonces, al disculparse, con la boina entre las manos, se cruzan una furtiva mirada. Manolo apreció, por primera vez, aquellos grandes ojos de miel de Caridad. Sintió al mirarse en ellos, algo que nunca había sentido hasta ahora. Fue como un corrientazo, un escalofrío que le bajó desde la nuca, siguió por su espalda y le oprimió sus pulmones haciéndole la respiración difícil. Sus manos comenzaron a sudar y solo logró balbucear:

—Perdona, Caridad…

Y ella, también turbada, respondió como gorjeo de ave canora:

—No es nada, Manolo, no te preocupes.

Ella continúa para entrar a la escuela, pero antes de trasponer la puerta se voltea y coincide con semejante movimiento de Manolo. Se encuentran de nuevo sus miradas, se sonríen ampliamente y ella, tímidamente, aunque con más desenvoltura que él, le dice adiós con su manita blanca.

—¡Es el saludo que más me ha emocionado en mi vida de doce años! —me confesó Manolo y lo recordará más tarde—. Radiante de felicidad siguió corriendo para la casa, donde madre de seguro ya tiene preparado el almuerzo para nuestro padre y nosotros, sus hermanos mayores.

Pero aquel encuentro fortuito, aquella colisión intrascendente en lo físico, tuvo cierta repercusión en lo emocional en ambas criaturas. Que a los once-doce años también se sueña. Y Caridad sintió un despertar. Como Manolo…

La muchachita, también próxima a los 12 años, era realmente linda, aunque sus ropitas inapropiadas, limpias pero muy humildes no fueran un marco propiciatorio para enaltecer aquella belleza. Ya había sentido y escuchado velados piropos que le hacían sospechar… ¡que gustaba a los muchachos! Y comenzó a recordar, hizo un breve repaso de sus recuerdos, como si aquel encontronazo sin consecuencias le sirviera de acicate para las emociones profundas.

Caridad le deja a su abuelo Don Gaspar los envases con los alimentos y se marcha. Camina un tramo de regreso al hogar, pero se sienta en un tocón al lado del camino, bajo la sombra de un árbol no muy corpulento y medita. Recuerda: “¡Yo les gusto a los varones! ¡Y desde que era una niña!” Lo piensa y se sonríe. “¡Cómo si yo no fuera una niña todavía!, se dice. “Cuando era chiquitina todos decían que era bonita, pero nunca les hice caso, porque eso se les dice a todos los niños. Aunque parece que yo tenía conciencia de mi desarrollo, porque recuerdo que una tarde que estaba sentada en la sala de la casa de una vecina que daba una fiestecita, sentados en dos asientos, uno frente a otro, allí yo y aquel vecinito que me atraía, aunque ya no me acuerdo cómo se llama, porque se fueron de aquí hace tiempo, mirándonos y riéndonos sabrosamente, no sé de qué, queriendo entrar en confianza con mi amiguito, lo sorprendí con una pregunta que raramente hace una persona del sexo femenino:

“—¿A que no adivinas la edad que yo tengo?

“—¿Tú?..., pues no sé, vaya…

“Lo vi como incómodo en el cómodo asiento, lo miré con malicia y se la dije. Le pregunté entonces:

“—¿No me crees? —y él se apresuró en contestarme:

“—Sí, estoy seguro de que dices la verdad… porque esos increíbles ojos castaños tuyos no pueden mentir…

“¡Así mismo me ha contestado aquel muchacho cuando le dije mi edad: seis años! Seguí creciendo. Entonces empezaron a llegar a mis sentidos palabras sueltas, miradas cargadas de deseo, que yo adivinaba sin saberlo de verdad, pero lo intuía, piropos que me acosan desde que me empezaron a nacer los senos, muy temprano, a los diez años. Y con casi doce que tengo ahora, esos comentarios han despertado tempranamente mis emociones. La primera vez fue una tarde que yo estaba por la fuente del pueblo, esperando mi turno para cargar un balde con agua. Yo acababa de cumplir los once y estaba con una sayita y una blusita algo apretada, porque me las compraron cuando cumplí los nueve. Bueno, por allí pasaba un vecino, cuarentón ya, que tiene dos hijos monísimos y se me quedó mirando insistentemente, y solo me dijo una palabra al cruzarse conmigo, así en voz muy baja, con una entonación admirativa. Fue una sola palabra, estirando las vocales:

“—¡Niiiñiiitaaa!

“Fue el primer piropo. Mío solo. Para mí. Y juro que me lo sentí. Después han sido palabras al descuido. Frases expresadas a mi paso, junto con miradas atrevidas que mis sentidos recogen. Y hasta a veces algunas alusiones a mis encantos, que me hacen sonrosar. Yo los miro muy seria y como insultada. Pero en el fondo me agradan mucho. Aunque, la verdad, nunca han sido dichas por muchachos, sino por hombres ya maduros… pero es que éstos son los que saben apreciar los encantos femeninos, por eso me conturban y me hacen sospechar que ¡le gusto a los varones! ¡A los hombres…! Ahora mismo, Manolo me ha mirado como comiéndome con los ojos… ¡Y me he sentido muy feliz!...”

¿Cómo supe de esos pensamientos de Caridad? Ella se lo confesó a Manolo dos o tres años después, un día que se encontraron camino del pueblo. Ya convertida ella en una señorita bien formada, virtudes que mi hermanito apreció, y ni corto ni perezoso la abordó, conversaron sentados en la grava corta y se besaron para el primer acto de amor de ambos, que, niños aún al fin, no desarrollaron la relación y la olvidaron. ¿La olvidarían ciertamente? Pero eso fue después. Y ahora, Manolo, camino adelante, tras el encuentro con la nieta de Don Gaspar, también sin sospecharlo, sus pensamientos viajan en pos de la chiquilla.

“Qué linda se ha puesto esa chiquita! Hasta el otro día era una niñita pudorosa, y ya hasta me mira y me dice adiós con la mano, ¡y me sonrió tan lindo! ¡Y ya se le ven dos puntitas gordas que para comérselas…! ¡Ay, mi madre, si Don Gaspar nada más se huele que me estoy fijando en esas cosas, me mata a palos con su vara justiciera…”

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