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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capítulo II: El adolescente, sus sueños y la realidad

- 1 –

 

Un día, al pasar por la pequeña plaza donde está enclavada la parroquia, aledaña a la fuente de agua para beber que abastece al pueblo, Manolo ve a un grupo de personas y unos jóvenes cuya edad está entre la nuestra, sus hermanos mayores y la suya. Los habitantes la visitan puntualmente todos los domingos en la mañana para asistir a la Santa Misa, con sus trajes de gala y su devoción, más ese día no lo era. Los jóvenes estaban allí parados muy quietos, enseriados y en fila, con caras asustadas. A su alrededor, las madres y los padres llorosos. Retuercen ellas sus pañuelos, mientras las rudas manos de los labriegos se crispan en puños que quieren ser una protesta muda, un castigo o un golpe a lo Inevitable. Frente a ellos, un señor muy serio, con una chaqueta muy vistosa, lee de un papel algo que mantiene preocupados a todos. Manolo se acercó y preguntó qué es. Nadie quiere responderle, pero él insiste, asustado por aquello que conmociona a simple vista a todos. Por fin, alguien le responde:

—¡Ay, hijo!... ¡es el sorteo!...

Vuelve a inquirir sobre esa palabra que nada le dice, hasta que le responden con angustia en la voz:

—Es el sorteo para ver quienes sirven en el ejército de Su Majestad para combatir a los insurrectos en Cuba.

Aquellas palabras le suenan como algo incomprensible. A los doce años no se comprende nada de lo que nos hablan fuera de lo conocido y trivial.

—“Insurrectos”, “Cuba”… ¡Por Dios!, ¿qué cosa es eso que suena tan lejano, ¿por qué están todos tan angustiados?¿Por qué están todos tan preocupados?

Vuelve Manolo a indagar y le contesta entre sollozos una señora entrada en años:

—Hijo, son nuestros muchachos que serán soldados para pelear en una guerra lejana, muy ajena a todos nosotros. Muchos de ellos serán “quintos” que pelearán en América.

—¿América?, ¿y eso, qué es? —dice—, ¿y qué son “quintos”...? —vuelve a preguntar.

Y la señora lo mira como pidiéndole que se calle, pero por fin le contesta:

—Niño, mira para la fila de jóvenes formados, cada quinto muchacho que está allí irá a pelear a América, al otro lado del mar.

No le responde dónde resulta ser eso, porque acaso tampoco lo sabe, y se aleja apresuradamente a otro ángulo de la plaza, lejos de sus insistentes y para ella dolorosas preguntas.

Manolo sigue entonces su camino. Empieza a preguntarse desde su fantasía: “¿soldados?, ¿pelear?, ¿por qué?...” Aprieta el paso. Teme haberse retrasado. Al llegar ve a nuestra madre, con una mirada inquisidora. Permanece allí en la puerta, esperándolo impaciente. Entre sus manos el paño muy blanco con que tapa el almuerzo y el vino para nosotros. Tan pronto lo ve, le espeta:

—¿Dónde estuviste, Manolo?, ¿no te importa que se enfríe el almuerzo de tu padre y hermanos?, ¡gamberro!

Manolo agarra el bulto sin decir nada y sale corriendo hacia la huerta, para acudir donde papá y nosotros permanecemos desesperados y hambrientos esperando nuestra ración.

Al llegar nos ve recostados debajo del pinar. Sin dirigirle la palabra nos levantamos raudos, tomamos los recipientes y empezamos a degustar el almuerzo. Es tanto lo que le exigen nuestros estómagos, que no tenemos tiempo de pelearle por la demora que sabemos que es por su culpa y el silencio al recibirlo demuestra nuestra reprensión. Pero él ni se da cuenta de eso y se le acerca a padre y, como tratando de pararse lo más gallardo posible, imita un saludo militar. Está remedando lo que hizo aquel que leyó el papel a la muchedumbre, y a otro señor más serio y de más edad, que al parecer era como padre en la casa: era el que mandaba para que todos cumplieran sin chistar. Entonces como un payaso nos cuenta lo que vio y oyó en la plaza del pueblo y dirigiéndose a padre concluye petulante:

—Quiero ser un “quinto”, quiero combatir a los insurrectos en nombre de Su Majestad, el Rey, para ganarme honores y ser la envidia del pueblo.

Padre detiene la cuchara en el plato que sostiene con una mano y con la otra le larga un manotazo, que gracias a Dios no lo alcanza. Entonces ruge colérico:

—Usted a estudiar, ¡gamberro!, y déjese de payasadas, que quien le teme a los truenos y a los rayos no aguanta escuchar el tronar de los cañones. No sabe de qué habla, ¡imberbe!, recoja todo esto y vaya para la casa… ¡Ah!, y no pase más por allí, por la plaza, eso no es de su incumbencia… y a nosotros no nos interesa servir de esa forma al Rey, bastante le damos con lo que producimos con el sudor de nuestro trabajo, lo que aquí damos es más honesto que lo que se obtiene con las guerras...

Aquella escena se me quedó grabada, tanto como el relato anterior que mi hermanito me repitió varias veces, de su primer encuentro con la realidad de los malditos sorteos de los quintos…

Manolo regresó a casa confundido. Fue pensando por el camino: “¿Por qué se encolerizó así nuestro padre con él?, ¿qué sabe él de las guerras que en nombre de la Corona española se libra en esa América? Además, se aturdía pensando, ¿qué cosa es eso?, ¿una ciudad?, ¿un país?, ¿dónde queda? ¿Será una isla igual que la nuestra?, ¿por qué pelean?, ¿será por una discusión como la de él Nicodemo?, pero más grande de seguro…” Decide que buscará la gran “bola del mundo” que hay en la escuela de Don Gaspar, o preguntarle a él mismo, pero tiene que acabar de saber todo de ese lugar y esa guerra… Así va pensando y caminando. De pronto vio venir un carruaje por el camino. ¡Eran los señores que hablaban a la muchedumbre! Tras ellos vio a numerosos soldados en briosos caballos, y en una carreta, amontonados, casi rompiéndose los huesos con los baches del camino, los elegidos para la guerra. Manolo se queda alelado mirándolos cabizbajos, algunos llorosos, y casi lo atropella la carreta.

“Seguro los llevan para otro pueblo —piensa— a seguir su misión, a cumplir su destino. Van a conocer otros lugares… los envidio…”

En eso, Manolo ve una mano moviéndose que desde la carreta lo saluda tímidamente, como si temiera que lo vieran saludándolo. Se sorprende, no lo puede creer, ¡es Abel, el hermano de Nicodemo!

“Ahora sí no habrá quién lo aguante. ¡Su hermano mayor, va para la guerra! Él será el que ahora siempre llegue a la escuela contando algo novedoso. Su hermano es un valiente, un soldado que regresará victorioso y lleno de riquezas de América. Gritará a los cuatro vientos y se pavoneará ante todos. ¡Caramba! —piensa temblando de rabia—, seguro que Caridad, la nieta de Don Gaspar, se fijará ahora en él, más que en mí… ¡eso sí que no!” Inadvertidamente, crispa los puños y decide: “¡Eso no lo permitiré, si es preciso para ello, cuando tenga edad, en el sorteo que hagan, seré el elegido. Así se lo pediré encarecidamente a la Virgen Afortunada, para que me complazca en ese ruego, y así Caridad se fijará en mí como soldado conquistador de nuevos mundos, y entonces Caridad será mía, siempre mía!...”

“Qué bárbaro, —pienso en voz alta— este hermano mío es un soñador empedernido…, sí señor”.

- 2 -

Manolo llega a la casa loco de contento por su maravillosa idea de que lo escojan en el sorteo. Lo comenta con madre y ésta le responde colérica:

—Válgame Dios, hijo, ¡qué de estupideces dices! No sabes de qué hablas. A las guerras nunca nadie quiere ir, y lejos de su pueblo menos aún. Lo que tienes que hacer es estudiar, hacerte un hombre de bien y entonces ayudarás en la felicidad de tu familia y de tu hogar. Ese es el destino que debes buscar, no pensar en ser soldado, conquistador de glorias y de riquezas ajenas… Mira, “ajila”, ve para el campo y dile a tu padre que nos traiga unas mazorcas de la punta de mái para la comida. ¡“Ajila”, ¡gamberro!

Manolo corre a cumplir su encargo. Se dispone a regresar al campo de donde acaba de llegar. Mientras, madre lo ve partir raudo, su rostro afloja su tensión de un instante antes y ya con una sonrisa en los labios, piensa: “Lo que es la inocencia, pensar en guerras con esa edad, ¡válgame Dios!...”, y continúa en los quehaceres de la casa.

Manolo corre para llevar el recado y regresar rápido al hogar siempre plácido. De pronto, siente ya cercano el galope de un caballo a todo correr. Queda aturdido, parado en medio del camino y ve espantado que un soldado montando un brioso corcel se le encima a gran velocidad. Se queda quieto en medio del polvo que levanta las patas de la bestia y el soldado tiene que hacer un giro brusco con su cabalgadura para no embestirlo. Este le grita contrariado:

—¡Qué “tolete” eres, muchacho!, ¿no ves que el caballo casi te pasa por arriba?

Y de pronto, de un brusco ademán, tira de las bridas y para en seco casi a su lado al animal, que salpica con sus espumarajos a mi hermano. El equino, jadeante y nervioso, trata de zafarse del freno que con mano firme retiene el soldado. Este le pregunta:

—¿No has visto pasar por aquí a un joven que va corriendo hacia el pueblo?

—No, señor —contesta Manolo tímidamente.

El soldado lo mira fijamente, como dudando de si no lo engaña, y soltando las bridas del caballo, lo espolea y continúa su vertiginosa carrera hacia el pueblo.

Manolo lo sigue con la vista, intrigado. De pronto ve desprenderse de un drago que hay al lado del camino, a Abel, que asustado le comenta:

—¡Ufff!, por poco me agarra.

Manolo se espanta. Lleno de miedo grita:

—¡Abel, ¿tú estás loco?, ese hombre te busca como endemoniado…

Este se encoge de hombres y contesta:

—No me importa, yo no quiero ir a la guerra, no me gusta ser soldado.

Y sigue su camino hacia el pueblo, a su casa, sin pensar que de seguro ahí es donde primero lo buscarán para que cumpla con lo dispuesto por el Rey, ir de soldado a cualquier colonia en este mundo, a defender las conquistas y las propiedades de la Corona española. Y Manolo, desde su inocencia, se regocija de que Abel no vaya a la guerra. Así Nicodemo no podrá vanagloriarse y pavonearse de que tiene un hermano soldado de la Corona española… Ahora tiene un hermano huido, que ha “ahuecado el ala”, para no pelear.

—Es un cobarde —dice para sí, complacido—. Y continúa su camino. De pronto siente un sonido desconocido para él, que restalla como un relámpago y un olor penetrante a azufre invade el camino. Después, silencio. Y de nuevo uno, dos, tres veces se escucha el ensordecedor ruido. Después un silencio que lo asusta. No se siente ni el trinar de los pájaros. Y de nuevo el galope del caballo, ahora mas lento, sosegado. Y ve reaparecer por el recodo del camino al soldado en su cabalgadura, pero esta vez lleva algo amarrado, arrastrado tras sí. Cuando se acerca observa horrorizado que lleva a una persona a rastras, amarradas sus muñecas por una larga cuerda que termina sujeta al pico de la montura del caballo de aquel soldado. Por un instante ve a su coterráneo, a su vecino, ¡a Abel! que con la cara descompuesta por el miedo, le balbucea entre sollozos:

—Dile a mis padres que los amo, que no los olvidaré nunca…

El soldado tira duro de la cuerda y Abel pierde el equilibrio cayéndose de bruces y es arrastrado por el caballo; logra levantarse y dando traspiés sigue ahora corriendo detrás del jinete y su cabalgadura, dando tumbos, zigzagueando de un lado a otro del camino, hasta que se pierden en el mismo recodo donde aparecieron por primera vez aquel jinete y su caballo a todo galope. Resulta una visión espeluznante para Manolo.

Fue así como desde entonces, desde sus tempranos 12 años, comenzó a odiar. Como me lo diría con pasión: A odiar a aquel soldado, que brutalmente trató así a Abel. A odiar aquel sonido desconocido que desde entonces ya pudo identificar como de disparos de un arma de fuego, que escuchó una, dos, tres, veces. A odiar la violencia para llevarlo a hacer lo que él no quería. Obligarlo a emprender un viaje, quizás sin regreso, porque comprendió la posibilidad de la muerte, por primera vez. A odiar lo que marcaría la vida de tantos jóvenes de Canarias. Niños y jóvenes como él. Como cualquiera de nosotros. Niños que solo un poco más adelante, cuando tuvieran edad para ello, podían ser llevados a la fuerza a participar en una guerra que no les incumbía. Quizás a matar a otros jóvenes desconocidos, pero seres humanos como ellos…

Y ya no le importó a Manolo que Nicodemo se vanagloriara ante todos en la escuela, de tener un hermano soldado. Ahora sentía mucha pena, desde su corazón de niño, que le estuviera pasando esto a Abel, que siempre había sido bueno con los demás, que no abusó nunca de los más pequeños… Aquella escena horrible lo había hecho madurar en apenas unos minutos. Comprendió claramente la necesidad de hacerles caso a nuestros padres. Comprendió que debía aprender mucho de los cuadernos y libros y de las clases de Don Gaspar. Él debía llegar a ser el hombre de ley que querían nuestros viejos. Le avergonzaba ser un “tolete” que ni siquiera sabía qué era América, ni entendía por qué debía pelear la guerra de otros, y que solo le quedara la posibilidad de trabajar la tierra, arañándole los frutos.

Aquella escena, aquellos disparos, aquella tragedia, le hizo a Manolo trazarse firmemente su destino. ¡Sería maestro! Maestro igual que Don Gaspar. Maestro para enseñar a todos los niños más pequeños que él, de su pueblo o de otros pueblos, para que nadie tenga que ir a las guerras, como su “amigo” Abel. Que ya lo sentía su amigo de verdad. Que nadie por no saber de letras y números se viera en el destino de Abel y de tantos Abel que hay en el mundo. Se propuso en el fondo de su corazón enseñar a los demás. Los enseñaría él, el niño que les teme a los truenos y a los relámpagos, pero que sabrá mucho de letras y números. ¡Sí, señor!

Y Manolo entonces, aquel día siguió su camino, apresuradamente, para comunicar el triste recado de Abel a su familia, dispuesto de esta forma a hacerle justicia al hermano de Nicodemo y a prometerles a nuestros padres que se haría maestro como Don Gaspar…

¡Cómo recuerdo aquel día! Manolo llegó a la casa y contó a nuestra madre con vivos detalles lo ocurrido. Esta se santiguó y partió corriendo a casa de Abel a contarle a su madre lo sucedido. Nada más llegó a la casa, y al minuto se escuchó un doloroso grito que rasgó la tarde, seguido de profundos sollozos. Era la madre de Abel, que desesperadamente se postró ante el pequeño altar casero a rezar por su hijo, arrodillada ante la imagen de la Virgen de la Candelaria. Su hijo, que ha sido llevado a la guerra obligado por las circunstancias, por la pobreza, por no tener las 1500 o 2000 pesetas en metálico para poder eximirlo del servicio, para evitar que el muchacho participe en el macabro sorteo, aquel sorteo donde el fatídico número 5 de su posición casual en la fila lo marcará en los siguientes ocho largos años con la cruz del servicio militar, fuera de su pueblo, de Canarias, amenazado cada minuto con una muerte brutal e injusta. No sería el único que sufrió semejante desgracia…

- 3 –

Han pasado cinco largos años. En su transcurso, Graciliano mi hermano, se ha casado con María, la linda “currita” que pretendía desde muy joven. Viven cerca de la casa de nuestros padres. Él sigue trabajando en las labores agrícolas; ella, igual que las demás mujeres del pueblo, atiende la casa y las cabras, y ya tienen 3 lindos hijos: Carmen, Amaranto y Angelito, tres sobrinos que Manolo disfruta desde sus 16, casi 17 años.

Su vocación para la preparación del magisterio que ha emprendido y desarrolla en su último año, resulta un estímulo más para encariñarse con los sobrinos. Tiene muchas deferencias con ellos y ayuda a su cuñada en su crianza cada vez que sus obligaciones se lo permiten.

Manolo está próximo a concluir su carrera de magisterio. Resulta, por sus calificaciones y su temperamento, el candidato con más posibilidades para aspirar a la plaza de maestro que Don Gaspar está al entregar, por su avanzada edad y por achaques de sus enfermedades. Solo espera el buen viejo que su alumno predilecto se gradúe para entregarle el aula y a sus nuevos alumnos, tan bulliciosos e intranquilos como los de la generación de Manolo.

Concluyendo su Carrera él nos ayuda aún a nosotros, su padre, sus hermanos, (José y yo), en las faenas del campo cada vez que puede, pero también en el hogar materno y el de nuestra cuñada, y de vez en cuando va a la escuelita a apoyar la labor de magisterio que Don Gaspar ejerce, para aliviar un tanto a su profesor aquejado de sordera avanzada, aunque continúa siendo el maestro inflexible y respetado. Es un respeto rayano casi en el miedo, que ven en Manolo una tabla salvadora que los despojará de la férrea forma de educarlos del viejo maestro. Sueñan en sus mentes infantiles con largos recreos y salidas tempranas de clase, el abandono del uso de la vara “justiciera” de Don Gaspar.

Sospechan que Manolo no sea tan duro de carácter. En realidad sus métodos de enseñanza son más ortodoxos, ama su profesión, porque en su fuero interno anhela entregarse en cuerpo y alma a la educación de esos niños. Quiere que en el mañana sean hombres de bien que puedan oponerse a las injusticias, a las guerras y que la ciencia y la técnica modernas ocupen lugares esenciales para desarrollar su isla y su patria. Y yo admiro a mi hermano menor y siento que se me agranda el cariño por él. Por su parte, él seguirá superándose. Irá a la Universidad de La Laguna, el alto centro docente fundado hacia finales del siglo XVIII en la vecina isla de Santa Cruz de Tenerife. Deberá hacerse todo un profesional en la Carrera de Letras. Aspira a obtener los grados de Licenciado en Derecho Civil y Canónico y en Filosofía y Letras, que le permitirá llegar a ser Profesor Universitario, Periodista, Abogado, Editor de libros y revistas, Orador, Conferencista… Así lo dice con orgullo sano. Son sus sueños.

Los de mi otro hermano, José, y los mismos míos son distintos. Lo de nosotros es trabajar y tratar de salir adelante económicamente y más adelante casarnos tan pronto tengamos algunas mejores posibilidades materiales. Creo que nos faltan más sueños.

 

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