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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez Influencia canaria en la nacionalidad e independencia cubanas

Influencia canaria en la nacionalidad e independencia cubanas

Por Andrés García

(Cuarta parte)

XIII

Nuestra linda ciudad del mar, Cienfuegos, pudo ser fundada por canarios, según consta en el artículo de Francisco G. Navarro, del 3/4/2009 en el periódico 5 de septiembre sureño, donde plantea que el Rey de España sanciono el 4 de abril de 1727 una Real Orden que aceptaba la propuesta de Don Manuel García Barrera, quien alentaba la empresa de fortificar el acceso al puerto de Jagua y armar un poblado con 100 familias traídas desde Canarias. Por cierto, algunos de aquellos posibles colonizadores salieron desde las Islas Afortunadas, pero con tan mala suerte que perecieron en un naufragio y el proyecto de Manolo García se fue a pique.

EN UN informe de 1896 se puntualizaba que en los sitios de labor de la colonia cienfueguera, predominaban los españoles y los naturales de Islas Canarias. El flujo de inmigrantes canarios a la región cienfueguera fue significativo en estos años, favorecido en gran medida por De Clouet quien los caracterizaba como “….generalmente laboriosos y de buena índole”. Todo hace indicar que los primeros llegaron desde Luisiana, EU, otros desde islas Canarias, pero el grueso desde otras jurisdicciones cubanas, preferentemente las colindantes con Trinidad y Santa Clara. La mayoría se dedicaría a las faenas agrícolas. Entre los colonos de origen canario estaban, Antonio Casanova Facundo, Francisco Morales, Juan Gordillo, Agustín Suárez Márquez y su esposa Rosalía Martínez, Salvador Antonio Rodríguez, Antonio González, Bartolomé Alemán y Antonio Herrera.

Martí resaltó siempre el concurso de los inmigrantes de las Islas Canarias en la Guerra de los Diez Años. Porque, junto con el criollo — negro y blanco —, el africano, el español comprometido con la libertad, el chino y combatientes de otras nacionalidades, el canario obedeció a voces y clarines del Ejército Mambí, en la revolución fraguada en el ingenio Damajagua. Y el isleño repite su presencia en la contienda que, preparada por Martí desde Estados Unidos, se manifestó el 24 de febrero de 1895, (se prolongó durante 3 años 5 meses y 20 días), y terminó con la oportunista y conquistadora intervención del ejército norteamericano en 1898. Los canarios volvieron a vestir los harapos y comieron de la mesa enclenque y ocasional del mambí. Anexo 7.

Durante el fin de semana anterior al 24 de febrero, muchos se movilizaron en Oriente y al amanecer del 24 comenzaron a operar; ese mismo día se combatió en varios lugares de la provincia. Los insurrectos lograron sostenerse en el campo oriental, pero en Occidente los alzamientos iniciales fracasaron. A pesar de esto, el hecho político-militar se consiguió: Cuba entró en guerra revolucionaria por su liberación, y en pocos meses una enorme masa popular se sumó a ella.

Dicho en las palabras del Manifiesto del 25 de marzo, firmado en Montecristi, República Dominicana, por José Martí y Máximo Gómez, jefe militar de la insurrección: “La Revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra… para bien de América y del mundo”.

De “guerra boba” podría llamarse a las primeras seis semanas, con Oriente y el país suspendidos a la espera de la llegada de los líderes; mientras, el gobierno colonial trataba de atraer los alzados a la legalidad, con la activa complicidad del Partido Autonomista. Una política inteligente, pero demasiado tardía. Los burgueses de Cuba se opusieron a la revolución. El 3 de marzo el Círculo de Hacendados ―los dueños de los centrales azucareros— publicó una condena de la insurrección en duros términos.

Pero al arribar Antonio Maceo a Cuba miles se fueron al campo a servir bajo la bandera del gran caudillo popular, y al llegar Martí se firmó en el terreno ―y con su sangre― el carácter de revolución radical, nacional, popular y democrática de la nueva guerra.

Seis meses después, la revolución combatía también en el centro de la isla, se había dado una Constitución y un Gobierno para la República en Armas, y una fuerte columna invasora salía de Oriente a llevar el fuego de la guerra a todo el país, unificar los esfuerzos y la organización militar revolucionaria, e impedir que la metrópoli hiciera la guerra con las rentas de la isla. Realizada en noventa días, la invasión fue una hazaña extraordinaria. Salió de Mangos de Baraguá el 22 de Octubre de 1895 y terminó en Mantua el 22 de Enero de 1896.

Durante la Invasión se manifiesta una de las tantas anécdotas que engrandecen al Ejército Libertador Cubano; Al llegar las fuerzas mambisas a la provincia de Camagüey, hacen campamento en la Finca La Matilde en Najasa, que fuera la residencia campestre de los Simone, suegros del Mayor General Ignacio Agramonte, en dicho lugar había una pequeña partida de soldados españoles que huyen ante la presencia mambisa y dejan escritos en la hoja de una de las ventanas unos versos injuriosos sobre las huestes cubanas, debajo de una bandera española.

El entonces Comandante Loynaz del Castillo, en la otra hoja de la ventana pinta la bandera cubana y debajo escribe unos encendidos versos en respuesta viril a la afrenta, que titula, “A Maceo”, al ser mostrados al Titán de Bronce le dice al autor: Será el Himno Invasor; sí, quítele mi nombre, y recorrerá en triunfo la República”, busca a Dositeo para que le ponga la música. Al compás de esta marcha entró el 24 de febrero de 1899 el Mayor General Máximo Gómez a La Habana al frente del Ejército Libertador Cubano. Anexo 8

El pueblo en armas formó el Ejército Libertador, la mayor y más fuerte institución creada hasta entonces por el país, y en una tremenda guerra irregular combatió con éxito al ejército más grande que haya pasado nunca de Europa a América, un cuarto de millón de soldados, y a sus auxiliares cubanos. Unos cincuenta mil combatientes, doscientos cincuenta mil ciudadanos en los territorios rurales bajo control mambí o en disputa, en un país de quizás 1,9 millones de habitantes, son las cifras frías de la contienda. Anexos 9 y 10

Ellas apenas nos asoman al cuadro vivo de la abnegación, el heroísmo, el sacrificio en masa, los duros trabajos cotidianos, la disciplina, el hambre, la enfermedad, la sangrienta represión, la falta de medios, que fueron arrastrados por los que decidieron llamarse cubanos y cubanas, los ciudadanos de una república en armas que se alimentaba sobre todo de un ideal. Anexo 11

El último acto del colonialismo que había comenzado cuatro siglos antes fue horroroso. El gobierno de España decidió llevar a cabo una política feroz de concentración rural forzada en poblaciones, y de asesinatos de prisioneros y civiles. Esa guerra total prácticamente inventó los campos de concentración, y la población murió en masa, de inanición y enfermedades.

La guerra le costó a Cuba cerca de 400 000 vidas, y 85 000 jóvenes de España —de la leva de los pobres—, murieron en aquella aventura criminal.

Durante la Guerra del 95 (1895/1898), fallecieron en los campos de Cuba, victimas de la guerra, un total de 38 000 españoles; de ellos, 845 defunciones fueron de hijos de Islas Canarias, para un 2,22 %. De este total estaban inscriptos:

611 de Canarias, para un 1.62 %

118 de La Palma, para un 0,31 %

116 de Tenerife, para un 0,31 %

Muertos por las enfermedades, el crudo clima tropical, en combate contra los mambises o a causa de las heridas recibidas; esto es sin contar los que fallecían posteriormente, ya sea en su traslado a España, o en sus ciudades, pueblos, o aldeas de origen; donde les esperaba un futuro incierto y lleno de vicisitudes.

En las filas del Ejército Libertador, en las del Partido Revolucionario Cubano, y en las de los núcleos clandestinos, actuaron miles de canarios. Si los canarios eran el 41% de los españoles que lucharon junto a los mambises cubanos, y los españoles eran unos 15 mil, hay razón para afirmar que esta participación fue destacada.

De los 69 718 mambises de la Guerra de Independencia de Cuba, dos mil fueron españoles y canarios (2.87 % ). (Tomado del Artículo: “Canarias en José Martí”, escrito por la Dra. María Caridad Pacheco González).

Y de todos los españoles caídos sirviendo a Cuba en las filas insurrectas, el 43,2 por ciento era de origen canario.

Y sugiere cuánto de hidalguía, de arrojo, de abnegación impulsaba al isleño en la manigua. La muerte no lo detenía en el empuje o la carga mambisa frente a los cuadros peninsulares de donde partía el plomo repetido de los máuseres o asomaban los cuchillos calados de los fusiles.

Al oír los mambises el clarín llamando al “toque de degüello”, ponían en práctica “la carga al machete”, utilizada por primera vez por las huestes cubanas el 4 de noviembre de 1868 contra una columna española de más de 700 hombres al mando del coronel Quiroz que había salido desde Santiago de Cuba para tomar Bayamo. Llegan al caserío de Baire y es ahí cuando el entonces sargento del ELC Máximo Gómez, una vez comprobada la falta de armamentos, arremete por primera vez con ese instrumento de trabajo contra la bien armada columna española. Convirtiéndose así el machete en un arma mortal en manos de los mambises, que causaba pavor a las tropas españolas de solo oír el clarín llamando el “toque a degüello” en el fragor del combate. Anexo 12

José Martí, que tantas síntesis de hombres y de cosas de Cuba elaboró, condecora el espíritu rebelde, justiciero, del canario con esta caracterización:

"No hay valla al valor del isleño, ni a su fidelidad, ni a su constancia, cuando siente en su misma persona, o en los que ama, maltratada la justicia (...)".

Líneas más abajo, el Apóstol puntualiza, ubica el espacio épico:

"¿Quién que peleó en Cuba, dondequiera que pelease, no recuerda a un héroe isleño?". (Tomado del articulo; “Estrellas isleñas en el ejército mambí”, escrito por Luís Sexto).

Y resulta simbólico que el 5 de diciembre de 1896, en el ingenio demolido de La Merced en La Habana, dos días antes del combate de San Pedro en Punta Brava, donde cayera en combate el Titán de Bronce, Antonio Maceo y Grajales, Lugarteniente General del Ejército Libertador de Cuba, este firma el certificado con el nombramiento de Alférez al soldado español Plácido Vázquez, que anteriormente había combatido bajo las órdenes del General español Arsenio Martínez Campos en la zona de Colón, y se lo entrega personalmente; convirtiéndose esta en la última orden de ascenso otorgada por el “Titán de Bronce” a un oficial del Ejército Libertador Cubano.


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