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Cumanayagua, Cuba,
   

AYER, HOY Y SIEMPRE: LOS BEATLES

CUBARTE

 

(A propósito del homenaje a Los Beatles, el 8 de diciembre de 2008 en la Casa de Cultura Habarimao)

Por Reynaldo Fernández

¡1962! El mundo asiste al nacimiento de un fenómeno sin precedentes dentro de la cultura universal. Cuatro jóvenes rompen con los cánones establecidos por las disqueras norteamericanas y británicas. Una nueva forma de hacer música inundaría con un ritmo contagioso los medios de difusión del mundo entero. Quedaban atrás los días de gloria de Elvis Presley, Paul Anka, Chuck Berry, los Platters… Cuatro jóvenes de Liverpool, vistiendo distinto, peinándose distinto, pensando distinto, revolucionarían la música y el sistema de estrellas establecido hasta entonces. La salida al mercado del sencillo Love Me Do aquel 5 de octubre de 1962, sería el comienzo de una historia, que 45 años después, todavía no acaba. Mucho se ha dicho, mucho se ha escrito, a favor y en contra, pero ellos nos legaron la obra musical más trascendente del siglo XX. Después de John, Paul, George y Ringo, ya nada sería igual. Ellos han sido el hilo conductor que ha unido a abuelos, padres e hijos, porque sin proponérselo establecieron un antes y un después.
    Canciones que nos subieron a un submarino amarillo y nos llevaron hasta un cielo con diamantes de la mano de un sargento Pimienta para luego aterrizar sobre un campo de fresa y seguir sintiéndonos aquellos jóvenes de los 60 que guardábamos la esperanza de que todo iba ser distinto y el mundo necesitaba que le dieran un chance a la paz porque los horrores de Viet Nam ya no tenían cabida, y aunque su lema era hacer el amor no la guerra, muchos seguían jugando a la muerte y no con soldaditos de plomo, y entonces cantábamos: “Todo lo que necesitas es amor”. Pero no se comprendía ese himno, porque se pensaba en blanco y negro, pero Los Beatles seguían haciendo travesuras y se les quemaban sus discos en piras gigantes por rabiosos fundamentalistas del cristianismo, que no permitían competencia con Jesucristo. Y el tiempo pasó, y hoy los seguimos teniendo en nuestras vidas, aun más que en nuestros recuerdos, aunque todavía están en la memoria “Ana”, “Y la amo”, “Penny Lane”, “A Hard Day´s Night”, “Hey Jude”, “El llanto de mi guitarra”, “El tonto de la colina”, “El largo y tortuoso camino”… y tantas y tantas otras que nos lanzan a una época de mágicas nostalgias cuando en Cuba casi clandestinamente, oíamos aquellos acetatos traídos a escondidas desde algún lugar lejano, por algún marinero o furtivo viajero. Y ya cuando se hicieron legales, bailábamos hasta el amanecer con el “Twist and Shout” en aquellas inolvidables descargas en las fiestas quinceañeras, donde solo se bebía “saoco” y no sabíamos entonces que con el “peace, love and freedom” realmente no se cambiaba nada. Pero Los Beatles volvían a la carga creativa y nos inventaban nuevas metáforas, tal vez bajo la sombra de algún barbitúrico, pero no nos importaba, aunque nos aseguraban que eran enemigos por sus pelos largos y poses estrafalarias, y tampoco nos importaba. Sabíamos de sus desavenencias por los desnudos intempestivos de Lennon y Yoko, fría y enigmática ella como una máscara kabuki. Luego vendría el fin que no creímos, porque los habíamos visto juntos, rozándose los talones cuando cruzaban la cebra de una calle londinense, y aquello del último concierto sobre la azotea de la EMI era pura propaganda. Pero continuábamos aferrados a aquel viaje mágico y misterioso, y aunque ya cada uno de “los inquietos chicos de Liverpool” era historia por separado, los seguíamos viviendo juntos, a pesar de que una pistola caliente nos arrebatara al más desafiante y contestatario de los cuatro. Después, vino la develación de una estatua de John en un parque de La Habana, y el robo de sus espejuelos se hizo más famoso que el mismísimo nombre del escultor.
    Por eso quisimos recordarlos en Cumanayagua. Fue un homenaje sin muchas luces. Sin grandes intérpretes. No hubo discursos, ni conferencias magistrales, ni estatuas develadas. No se rebautizó una calle, pero allí estuvimos. Solo un encuentro de amigos que padecieron los mismos infortunios y hoy gozan de la misma fidelidad hacia los británicos inmortales. Fue un 8 diciembre distinto en la ciudad entrerriana, con imágenes desempolvadas de los cuatro melenudos: poesías, algunas guitarras desafinadas para oídos expertos, pero no para nosotros que nos estremecimos cuando se les arrancaba los acordes de “Yesterday”, “I’ll Follow the Sun” y “Something”. Nada pudo ser mejor aquella noche que escuchar: “Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz”. Y al final, un minuto de silencio a las 11:07 p.m., hora exacta de la muerte de Lennon, iluminados solo por las velas encendidas traídas por jóvenes rockeros, como tributo a su espíritu de hombre justo que aún nos ronda en los destierros del alma.
    Ya puedo morir en paz. ¡Ringo, George, Lennon y McCartney, gracias por la inspiración sempiterna! Que así sea.

Reynaldo de la C. Fernández Chávez (Trinidad, 1957). Médico especialista en Rehabilitación. Investigador sobre temas culturales. Tiene en proceso de edición el libro “La huella perenne” (Ediciones Mecenas).

 

 

 

 

 

 

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