Por Rolando Revagliatti

Una anciana baja al pavimento y vuelve a subir a la vereda, sosteniéndose en un Ford Falcon bordó estacionado sobre J. A. Pacheco de Melo (y casi avenida Pueyrredón). El semáforo está descompuesto. Muchos taxis ocupados. Otra anciana, aferrada a una mujer con anteojos ahumados, cruza Pacheco de Melo, y recién entonces la primera, la amedrentada, emprende el esfuerzo superior de cruzar, más bien descuajeringándose.

Hoy, en análisis, me quedé en el repaso sustancioso y pormenorizado de mis padecimientos físicos. Y en que ayer conocí al médico de la familia de Susy, especialista en huesos. Le llevé las radiografías de espalda y rodilla derecha que me saqué a fines de septiembre por indicación del traumatólogo de la obra social, quien, además, determinara tratamiento kinésico en base a masajes, onda corta, ultrasonido, lámpara y ejercicios.

Por Rolando Revagliatti

Alberto Luis Ponzo 121.- Rolando Revagliatti:Quienes deseen saber más de vos, Alberto, tendrán posibilidades si te buscan en la Red. Encontrarán muestras de tu poesía, otros reportajes y videos. Y podrán advertirte en fotografías con tu esposa y compañera de más de seis décadas, Alba Correa Escandell (1918-2008), de nacionalidad uruguaya, que además de profesora universitaria fue poeta y narradora. ¿Nos referimos a ella?

Por Edgar Allan Poe

Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis bien mi alma no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.

Por María Pizarro

poema 1

A todas las distancias fui.
En todas las estaciones
apagué un cigarro,
mientras desvanecían los recuerdos
y te borraba.
Iba y venía de tu agenda
a la papelera,
de tu corazón a mi olvido,
constante en el viaje:
me llaman soledad.

Por Niels Hav

La palabra guerra está prohibida en Rusia,
afortunadamente.
Palabras como ansiedad, gritos y bombas
deberían estar también prohibidas.

La cosa más tonta es pensar.
La palabra invasión ya ha sido eliminada.
El número de las bajas del ejército no existe.
No hay que mencionar el llanto de los soldados.

Por Neil Gaiman

Este es otro cuento que comenzó a vivir a partir del Penguin Book of English Folktales de Neil Philip. Lo estaba leyendo en la bañera y me topé con un cuento que ya debía de haber leído mil veces. (Aun conservo la versión ilustrada que tenia a los tres años.) No obstante, esa lectura numero mil y uno fue la que me cautivo y empecé a pensar en el cuento, de principio a fin y al revés. Me rondó por la cabeza durante unas semanas y entonces, en un avión, empecé a escribirlo a mano. Cuando el avión aterrizó, ya tenía dos tercios escritos, así que me registré en el hotel y me senté en una silla en un rincón de la habi­tación y continué escribiendo hasta que lo terminé.

Lo publicó DreamHaven Press en un folleto de edición limitada cuyos beneficios eran para el Fondo para la Defensa Legal de los Comics (una organización que defiende los derechos de la Primera Enmienda de los creadores, editores y vendedores de comics). Poppy Z. Brite lo reimprimió en su antología Love in Vein II ("Vetas de amor II").

Por Alberto Luis Ponzo

Desde las manos salgo.
Mis palabras son uñas
sobre la tierra, dedos
torpes y fatigados.

Desde ellas
siento lo que sucede
y me sostengo para mirar,
cavar secretamente el horizonte,
empezar a creer en lo que digo.

Por Silvia Zárate

Carga en su espalda la ancestral tristeza del oprimido,
en la sangre le corren ríos de mestizaje que lo laceran,
sus pies agrietados se confunden con los de la tierra,
heridas secas como su esperanza.
Las manos curtidas de trabajar la madre tierra
no esperan nada.
Porta en sus ojos negros dos recias obsidianas
herencia de los antiguos mexicanos.
La sangre le hierve ante la injusticia
y emula al gran Cuauhtemoc.

 

Ser o no ser, he ahí el dilema. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con solo un puñal.

Por Rodica Grigore

En un interesante estudio titulado Death Without Weeping (Muerte sin llanto – 1989)[1], Nancy Scheper-Hughes analizó en detalle, desde una perspectiva antropológica, las fuerzas que determinaron y mantuvieron el subdesarrollo y la pobreza en Brasil y en el continente latinoamericano en general. Especialmente durante el último siglo, muchos ámbitos (barrios, ciudades o regiones enteras) faltan de perspectiva y esperanza, y esta realidad es determinada en gran medida por la violencia manifestada en todas sus formas en este mundo, pero también de algunas de sus consecuencias, entre las que destacan el desarraigo, el exilio