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Por Nicolás Águila
Siempre tuve dudas con la identidad de los integrantes de los dúos. Quiero decir que, por ejemplo, nunca he tenido claro cuál de los dos del famoso dúo era Simon y cuál era Garfunkel. Igual me pasaba con Lidia y Clodomira, así como con Las Grecas. De estas no sabría distinguir a Tina de Carmela. Podría argüir que uno no vio sus fotos o vídeos antes de salir de Cuba, pero es que también me pasaba con Tom y Jerry, los graciosos personajes de aquellos muñes que veía desde fiñe. Nunca llegué a saber si Tom era el gato o el ratón. Con Laurel y Hardy, tres cuartos de lo mismo, aunque como les llamábamos El Gordo y el Flaco nos resultaba muy fácil diferenciarlos. En cambio, no tenía ese problema con Los Compadres, porque Lorenzo Hierrezuelo, el divertidísimo Compay Primo, se mandaba un feo inconfundible. Ni tampoco con Olga y Tony, obviamente. Y ni siquiera con Clara y Mario. Por otro lado, a Caraeglobo y Soplete los distinguía uno del otro por la gracia narrativa de Armando Calderón. De ampanga, queridos amiguitos.
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Por Pepe Sánchez
CUM LAUDE
Para Iris
Aparta tus ojos de delante de mí,
Porque ellos me vencieron.
(Cantar de los Cantares 6:5)
Te he cantado en hexámetros que el mismo
Virgilio alabaría. Tanto llamo
por ti en las noches, que eres como un ramo
de sulamita y mi mejor abismo.
Mi cuerpo, en el gimnasio, ha renacido
en el duro ejercicio de la espada;
he probado en las artes todo y nada
por encontrar razón de lo vivido.
Cuando más listo me he creído, menos
busco y encuentro y más de lo nombrado
hay en tus ojos, como un mar de estrenos.
Los años forman cerco en una lenta
marcha hacia nuestra Ítaca y lo amado.
Y así este tiempo de otros tiempos cuenta.
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Por Mayda Palazuelos
En mi hombro está la monita Yambu. Ella nunca va a crecer más de una cuarta. Y creo que en esta ocasión se van a cumplir las predicciones de mi amigo y coterráneo, el poeta Orlando Víctor Pérez Cabrera, cuando hace muchos años me dedicó estas décimas:
Tu casa: un edén
Mayda Vives, me han contado
de tu vida buenas nuevas
y del camino que llevas
para mejorar tu estado.
Eso mucho me ha alegrado
y es entonces que me explico
que al felino Federico
una entrevista le hicieron
y que las garras salieron
por la prensa del gatico.
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Por Alexey Ruiz
A la sombra de la desdicha
cambié de piel:
más tenue, tatuada,
con las monedas del Aqueronte.
En el ocaso
Tirando a lo profundo
mis sueños de adolescente.
Todo el cuerpo expuesto,
marcado por sombras
que endurecen mis sentidos.
El mañana se construye sobre tu cuerpo
para reclamar lo tuyo.
La muerte rueda marcada por mí,
se traga el destino.
Alzando el último sepulcro.
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Por Nicolás Águila
Desde el manto freático hasta las diez y media pasado meridiano me llega el agua isotónica, límpida, del Hanabanilla salutífero de mi infancia escambraica, a caballo del tiempo, como imitación de sí misma o como réplica de su copia en la mutación especular. Y es entonces que la musa importuna bebe las conclusiones del espanto. En el estribo mutuo la suerte y la desdicha pisan su cortesía, se saludan y luego se distancian.
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Por Nicolás Águila
Se nos encangrejó la guagua y a caminar se ha dicho. El hambre arreciaba aquel viernes santo a las tres de la tarde sin bacalao a la vizcaína (que mi abuela cocinaba con papas a la criolla), mientras yo arrastraba las botas cañeras recién estrenadas, ¿o es que eran botas rusas todoterreno, de las que te estrangulaban el pie? Llegando a la curva de la muerte, la Curva de las Cañabravas, la que tenía un puentecito estrecho justo a la mitad y luego lo quitaron porque invitaba al desastre, rompió de repente la lluvia al descampado, torrencial y traicionera. Y yo sin capa y sin paraguas —sin ti, para más inri, que ya te habías ido de mi lado, del pueblo y del país, pero no de mis sueños—, sin bacalao y sin ti y con los papeles mojados que me empapaban el alma en la cuneta de la vieja carretera de las curvas mortales, donde por la noche lloraban los muertos oscuros sin descanso y se agolpaban las almas en pena en tétrico aquelarre. Contaba la gente de mi pueblo que en ocasiones señaladas, hacia medianoche, allí mismo salía una mujer esbelta toda vestida de blanco, con una larga cabellera gris y una vela encendida en la mano. Paqueteros que eran mis paisanos.
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Por Félix Corona
Todos pasan
vistiendo la sonrisa de andar,
en las manos
un retazo de lluvia.
Gaviotas y óxido
para un viaje a la sal.
Hay, en el desnudarse,
un ejercicio latente
del vuelo,
ritos de paso
a la infancia pretendida.
Óxido en esta sal
y un viajar de gaviotas.
Desnudarte en la lluvia que aprendo,
revuelo de manos,
canto ritual, barcos y andares:
atardece lo que mientes.
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Por Pepe Sánchez
SOCRÁTICAS
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
Rafael Alberti
Lo primero es un viento favorable,
ser el gurú que escribe tu destino,
la ruta sobre el mar, tu sol latino.
Mantener firme la pasión, lo amable.
Y seguir construyendo un puente estable
sin ver que otros hicieron el camino,
que es difícil en tierra ser marino
y al final todo puerto es memorable.
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Contigo, sin ti, una voz
en la luz de mi memoria,
para siempre en nuestra historia,
libre, profundo, veloz;
nostalgia como una higuera
en naturaleza pura.
Algunos dicen: locura.
Yo sé, Luis, de qué manera
se alimentaba esa hoguera,
de todos los males, cura.
Yo sé de esa luz que baja
por los trillos, las cañadas,
regreso en las madrugadas
junto al cantor que no faja,
perdida su última lid.
Como la guitarra luego
se hará refugio en el fuego
que consume el corazón,
hacer perder la razón
y te inmortaliza, Luis.
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El reverso de la cara,
las pupilas del corazón
sangran por los labios
y cobijan mi garganta
con dulzor de hipocresía.
Como póster del demonio
está diseñado el sonreír,
y cuando da en el blanco de la frente
se disfraza el ángel de la bondad.
¿Qué bondad, Lucifer, si me apuñalas
con fino holán?
¿Por qué la vértebra de tu puño
clava la lengua en mi cruz
y me ataca el tejón?
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